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viernes, 26 de diciembre de 2025

José Zorrilla y Maximiliano

 


José Zorrilla y Maximiliano 


En el empinado castillo azteca de Chapultepec, allí comimos en una galería, desde la cual veíamos el indescriptible panorama del valle de Anáhuac, en cuyo centro la capital parece una ciudad de marfil de un abanico chino, destacándose sobre el fondo azul de la laguna de Texcoco. 

Quien no ha visto a México desde Chapultepec, no ha visto la tierra desde un balcón del paraíso: Maximiliano se saciaba contemplando aquel fragante y gigantesco canastillo de flores, puesto al pie de los nevados picos de la Sierra Madre que le devuelve por el aroma fresco de sus jardines de Iztapalapa, el cedrineo perfume de sus alerces, cimbradores y de su retorcidos enebros. Allí, en aquella galería, exclamó una tarde el infeliz príncipe austríaco, respirando a pleno pulmón aquel aire salubre, y dilatando sus pupilas azules a aquella luz tibia y transparente: "Así deseo yo que me dé Dios luz y aire, para morir bendiciéndole". ¡Y Dios le oyó! 

Aquella tarde en que yo le acompañaba, comenzaba ya confundir su luz con la neblina parda del crepúsculo; teníamos ya vacías las tazas del café y fumaba Maximiliano, no comprendiendo que yo le despreciara sus elegidos vegueros, y entreteníale yo con el relato de cuentos y pormenores de costumbres del país, sin darnos ni él ni yo cuenta ni de quiénes éramos ni de cómo el tiempo se nos pasaba, cuando nos interrumpió la señal de su telégrafo particular, que la hizo de atención. 

Maximiliano no podía menos de apercibirse, por más que a nadie pudiera confesar sus recelos, de que su Imperio no tenía aún, ni podría tener nunca, sólido fundamento. Él no había ido nunca por su gusto, ni menos por ambición de mando ni de riqueza, a ocupar el carcomido trono de los aztecas: una voz misteriosa, la de la poesía del pueblo, le había dicho que por la pluma de un italiano aún hoy desconocido como la voz de una Sibila, que: 

Il trono fracido de Moctezuma 

è nappo Gallico colmo di spuma, 

Y aquellos tres pareados, esculpidos en su memoria, le cosquilleaban alguna vez en el fondo de la conciencia; aunque no creyera posible la predicción del último, que él interpretaba cuando más por una lejana y tan digna como necesaria abdicación. Maximiliano era cristiano sincero y  católico sin restricciones; pero como alemán era también un tanto supersticioso, y no reunía nunca trece a su mesa, ni le gustaba que cayera en martes el santo de su mujer, o que se hiciera en tal día a la mar el buque en que partía una persona estimada; no era, pues, posible que la fatídica predicción de los tres pareados italianos se borraran de su memoria ni desertaran de su conciencia; él mismo me los recitó una vez, después de hacerme yo el ignorante de ellos; y si en ellos no hubiera él pensado, no me lo citara, por más que lo hiciese en tono de broma y afectando no darles importancia.”

En Sedán, después de quemar las banderas, ya preso con su emperador, Pierron tuvo todo el tiempo de recordar al otro, al difunto Maximiliano en su último encuentro, al momento de la despedida: 

"Y a las 5 de la tarde del miércoles concluíamos de comer y entrábamos en su despacho de la torre del mediodía del palacio de los Virreyes, donde con la cordialidad de un amigo y el cariño de un hermano me entregó un paquete de notas. 

A las seis menos cuarto se levantó de la silla para despedirme, y me abrazó; él era de aventajadísima estatura, y mi frente llegaba apenas al lugar en que latía su corazón, contra el cual me estrechaba: sentí que los ojos se me inundaban de lágrimas; y cuando me condujo hasta la puerta, yo no pude articular palabra; apretóme la mano, y diciéndome: "Hasta la vuelta, y puede usted escribirme por mi gabinete civil", me despidió. Atravesé el inmenso salón vacío en que la puerta de su gabinete se abría, y al llegar a la puerta de aquel, sintiendo yo que aún me esperaba en la del este, me volví a hacerle el último saludo. Estaba efectivamente sonriéndome bajo el dintel de aquella puerta; los rayos del sol poniente, que por el balcón del gabinete que tras ella y sobre la plaza se abría, iluminaban por detrás su figura inmóvil, que destacaba sobre aquel fondo de resplandor de incendio: su cabeza rubia parecía cercada de una aureola de luz purpúrea, y nunca he podido olvidar esta coincidencia supersticiosa. 

La primera vez que le vi, entrando en la capital, bajo su manto rojo de púrpura y escoltado por su guardia palatina de uniforme rojo, me pareció que tras de sí dejaba un rastro de sangre; y la última me dejó la impresión de haberle visto circundado de fuego como si saliera o cayera en un volcán.”


(Tomado de Meyer, Jean - Yo, el francés. Crónicas de la Intervención francesa en México, 1862-1867, Maxi Tusquets Editores S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 2009)

jueves, 20 de noviembre de 2025

Sitio y rendición de Puebla, 1863

 


Sitio y rendición de Puebla, 1863


Fue un período extraño, después del apogeo de 1865. Nuestra victoria llegó demasiado tarde para servir de algo. El Norte había derrotado al Sur y ahora Norte y Sur se reconciliaban contra Francia y su emperador Maximiliano. Tuve tiempo de pensar en varios enigmas. Hay fuerzas y realidades más profundas que los regímenes. Son los pueblos los que hacen la fuerza y la debilidad de los regímenes. Pensamos que el pueblo mexicano era débil cuando la debilidad era la de su régimen. Al atacarla hicimos fuerte a esa República y de Juárez un héroe nacional que admiramos; como admiré a los generales Mejía y Ortega en Puebla. Los hombres de mi generación vieron el drama de 1870 y no podemos dejar de lamentar que el Mariscal Bazaine no haya imitado la noble actitud del general Ortega. ¿Por qué no copió la carta de Ortega a Forey? Me la aprendí de memoria. Ese general mexicano nos dio una lección que no entendimos sino hasta después de Sedán y Metz: cómo asumir la derrota, después de haber hecho todo su deber, intentando lograr la victoria. No, no supo encontrar las palabras, entregó las banderas…


“Orden general del cuerpo del Ejército de Oriente del día 17 de mayo de 1863, a la 1 de la mañana.

No pudiendo seguir defendiéndose la guarnición de esta plaza, por la falta absoluta de víveres y por haber concluido las existencias de municiones que tenía, al extremo de no poder sostener hoy los ataques que probablemente hará el enemigo a las primeras luces del día, según las posiciones y puntos que ocupa, y conocimiento que tiene de la situación en que se halla esta plaza; oído además por el señor general en jefe el parecer de muchos de los señores generales que forman parte de este ejército, cuya opinión va de absoluta conformidad con el contenido de esta orden, dispone el mismo señor general en jefe: que para salvar el honor y el decoro del cuerpo del ejército de Oriente y de las armas de la República, de las cuatro a las cinco de la mañana de hoy, se rompa el armamento que ha servido a las divisiones durante la heroica defensa que han hecho de esta plaza, y cuyo sacrificio exige la Patria de sus buenos hijos, para que dicho armamento no pueda, bajo ningún concepto, utilizarlo el ejército invasor. A la misma hora el señor comandante general de artillería, dispondrá que se rompan todas las piezas con que esté armada esta plaza. A la hora ya citada, esto es, de las cuatro a las cinco de la mañana, los señores generales que mandan divisiones, a cuyo celo y patriotismo queda encomendado el cumplimiento de esta orden, así como los que mandan brigadas, disolverán a todo el ejército manifestando a los soldados que con tanto valor, abnegación y sufrimiento defendieron la ciudad, que esta medida, que se toma porque así lo marcan las leyes de la guerra y de la necesidad, no los excluye de seguir prestando sus servicios al suelo en que nacieron y que por lo mismo, el citado señor general en jefe se promete que cuanto antes se presentaran al supremo gobierno, para que en torno suyo sigan defendiendo el honor de la bandera mexicana, a cuyo efecto se les deja en absoluta libertad y no se les entrega en manos del enemigo. 

Los señores generales, jefes, oficiales y tropa de que se compone este ejército, deben estar orgullosos de la defensa que han hecho de esta plaza, y si ella va a ser ocupada, es debido no al poder de las armas francesas, sino a la falta de víveres y municiones, como lo demuestra el hecho de que, hasta esta hora, toda ella con su respectivos fuertes se haya en poder del ejército de Oriente, a excepción del fuerte de San Javier y unas cuantas manzanas de las orillas de la ciudad. 

A las cinco y media de la mañana se tocará parlamento y se izara una bandera blanca en cada uno de los fuertes y en cada una de las manzanas y calles que dan frente a las manzanas y calles que ocupa el ejército sitiador. 

A la misma hora estarán presente los generales, jefes y oficiales del ejército sitiado, en el atrio de catedral y palacio de gobierno, para rendirse prisioneros: en el concepto, que respecto de este punto, el general en jefe no pediría garantías de ninguna clase para los prisioneros; y por lo mismo, los generales, jefes y oficiales ya citados quedan en absoluta libertad para elegir lo que crean más conveniente a su propio honor de militares y a los deberes que han contraído para con la Nación. Los caudales que existen en la comisaría, se repartirán proporcionalmente entre la clase de tropa. 

De orden del señor general en jefe -el cuartelmaestre general- Mendoza.”


Después que tomaron razón de esa orden los generales que mandaban divisiones y el comandante general de artillería, escribió el general G. Ortega una comunicación al general Forey, de la que transcribió copia al Ministerio de la guerra. Decía así: 


"Señor general: no siéndome ya posible seguir defendiendo esta plaza por falta de municiones y víveres, he disuelto el ejército que estaba a mis órdenes y roto su armamento, inclusive la artillería.

Queda, pues, la plaza a las órdenes de V. E. y puede mandarla a ocupar, tomando, si lo estima por conveniente, las medidas que dicta la prudencia, para evitar los males que traería consigo una ocupación violenta cuando ya no hay motivo para ello.

El cuadro de generales, jefes y oficiales de que se compone este ejército, se halla en el palacio de gobierno y los individuos que lo forman se entregan como prisioneros de guerra. No puedo, señor general, seguir defendiéndome por más tiempo. Si pudiera, no dude V. E. que lo haría. Acepte V. E...."

Los pueblos hacen los regímenes, la paz y la guerra, la fuerza y la debilidad, la enfermedad y la salud de los regímenes. Creció la República Mexicana, murió el Imperio, en México y en Francia. Juárez no se rindió nunca, ni cuando todo parecía perdido, como todo estaba perdido. Admirable tenacidad digna de Guillermo el Taciturno.


(Tomado de Meyer, Jean - Yo, el francés. Crónicas de la Intervención francesa en México, 1862-1867, Maxi Tusquets Editores S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 2009)

viernes, 12 de septiembre de 2025

Batalla de Santa Isabel, 1866


Muerte en Santa Isabel


El comandante Brian (de Foussieres Fonteneuille) Paul (1828-1866), era un hombre robusto, de barba y bigote cerrados y parecía de más edad que la suya. No tenía familia y manifestaba poca inclinación para las mujeres más allá de las exigencias del cuerpo. Eso sí, tomaba ajenjo y mucho, y se volvía entonces muy platicador. Generalmente bebía con el teniente Liberman. Brian aguantaba muy bien. Linberman no. En esa región de México sobraba el vino local y también el whisky que venía del Norte con los americanos de Juárez. Salido de Saint Cyr entre los últimos de su promoción, había pasado 15 de sus 19 años militares en el regimiento extranjero. Por cierto, no sé por qué la Legión decidió hacer del combate de Camarón otra derrota, algo como su símbolo. El combate de Santa Isabel, el primero de marzo de 1866, no fue menos catastrófico, ni los legionarios menos valientes. Hasta fueron más, bastantes más los que murieron en ese desgraciado encuentro. Pensándolo bien, digo tonterías. El capitán D'Anjou no cometió ningún error, se sacrificó para cubrir el convoy de pólvora sin el cual no se rinde Puebla, mientras que Brian sacrificó a sus hombres para nada, combinando errores y mala suerte y, quizá, ajenjo, a un peso la botella. 

No fue sólo el responsable de su propia muerte, sino de la de 103 hombres. El destacamento francés quedó aniquilado, y todos los sobrevivientes -yo entre ellos- presos. Quizá no fue realmente culpable. A veces en el cuerpo expedicionario soplaba un viento de bravura loca, quizás soplaba para él en esos últimos días de febrero, en esa terrible primera noche de marzo, quizá su destino era llevar a su tropa a la catástrofe. Hacía frío. Lo veo todavía, montado en su caballo, con sus botas anchas y altas, muy altas, sobre su caballo alto, las riendas colgando a lo largo de su brazo, las manos en las bolsas para protegerse del frío, caminando delante de nosotros. Nos empujaba hacia lo desconocido una fuerza tan invisible como el viento en la noche fría. Veo también la cara algo adolescente del subteniente Royiaux, titiritando de frío, y las caras campesinas de nuestros alemanes y polacos, la tropa en su uniforme azul oscuro. Todos, casi todos murieron en esa mañanita, al mismo tiempo. La realidad no podría ser más nítida que mi recuerdo. Todo se me grabó, no olvido nada, no olvidaré, nunca. 

El 28 de febrero, al atardecer, Brian, comandante de las fuerzas de Parras, cuatro compañías del segundo batallón del regimiento extranjero, fue informado de que los liberales se encontraban a tres leguas de la ciudad, en la hacienda de Santa Isabel. Contra la opinión de todos los oficiales, decidió salir a medianoche con tres compañías y 400 mexicanos de las fuerzas rurales, entre ellos 90 jinetes, pero todos mal armados, con un solo cartucho en la bolsa y menos de 15 días de servicio. 

A paso rápido llegamos en 3 horas a la primera vanguardia del enemigo, quien se retiró a la primera descarga, y poco después nos topamos con el grueso de sus fuerzas, parapetadas en un peñón de unos sesenta metros de altura, arriba de la hacienda de mampostería, con terrazas. Tardamos una hora en reconocer la posición y los liberales no dejaron de disparar. Les sobraba parque. Éramos 185 legionarios, contando a los ocho oficiales, y 400 mexicanos contra dos mil hombres. Recuerdo el viento, ligero, ligero, y el olor que llevaba consigo, un olor a cuartos sin ventilación o a fogata, y de repente se me ocurrió que ese olor era el de la muerte o que el olor de la muerte debería ser algo semejante. Era de noche todavía. Brian decidió atacar. ¿Irresponsabilidad? Eso dijeron después: que no había esperado al despuntar del día para reconocer mejor el terreno y apreciar la fuerza adversa. Pero sabíamos que eran muchos, muchos más que nosotros, y Brian quería esconder nuestra inferioridad numérica y atacar protegido por los últimos momentos de oscuridad. En otras ocasiones habíamos hecho lo mismo y la sorpresa había derrotado a un enemigo tres o cuatro veces más numeroso. Pero no hubo sorpresa. Nos esperaban bien protegidos en las terrazas y detrás de los bancos de roca; además, nos disparaban desde arriba. 

La noche ya era más clara. Un perro aulló, otro le respondió y varios más. Cuando el capitán Moulinier menciona la posibilidad de retirarnos, Brian montó en cólera. Dicen que había tomado bastante, pero no me consta y además aguantaba demasiado bien. Eso sí, regañó fuertemente a Moulinier. Dijo que jamás había huido, que los mexicanos no eran tantos y que nos íbamos a tumbar tranquilamente con una buena carga de bayoneta, y que la caballería aliada terminaría su derrota. Dio la orden, gritó ¡La France!, grito que repetimos todos con entusiasmo, olvidando las tres horas de marcha forzada, y ¡a la carga! Corrimos, corrimos bajo una lluvia de balas, detrás de nuestro comandante, que había dejado su caballo y desenvainado su espada. Nos disparaban por delante, por atrás, por los lados, desde la hacienda y desde el cerro. Tres veces intentamos con esfuerzo sobrehumanos tomar la posición, tres veces fuimos rechazados con pérdidas crecientes. Los auxiliares mexicanos, ¿qué podían hacer sin parque y sin práctica? Nos abandonaron al inicio de la carga, menos el jefe Campos, prefecto de Parras, quién atacó una vez con 50 de sus hombres. Logró escapar en su buen caballo y no hay nada que reprocharle, bueno, sí, algo se le debió reprochar: se habían equivocado sobre la distancia y por eso Brian lanzó el ataque desde muy lejos; tampoco nos había dicho que una barranca cruzaba el camino antes de llegar a los muros de la hacienda, la cual nos impidió amenazar el flanco enemigo. Nuestra ala tuvo que replegarse al centro de nuestra línea de frente y nos encabestramos unos a otros. Perdí a mis hombres o mis hombres me perdieron a mí y llegamos en grupo compacto y desordenado, con la respiración cortada después de una carrera de 800 metros. Normalmente uno va al paso de carga durante 200 metros nada más. Sin embargo, tratamos de escalar tres veces el cerro.

Ahí cayó herido el comandante y muerto a su lado el teniente Roiyaux.  Brian gritó y agitó su sable como si fuera a hablar a la columna, pero era tan fuerte el ruido de los disparos que no se oyó una sola palabra. ¿Se habría dado cuenta de que nos conducía a una muerte segura? Nadie lo sabrá porque en ese momento explotó una granada a su derecha y unas esquirlas dejaron su corazón al descubierto. El sable se le cayó de la mano, pero su brazo derecho seguía en alto; luego Brian se derrumbó y no volvía a ver ni su cadáver. 

Todos nuestros esfuerzos, 150 contra 2000, fracasaron; entre los liberales bien protegidos, unos 100 tenían el famoso rifle yanqui de ocho tiros ¡una maravilla! Nos retiramos después de haber perdido a más de la mitad de lo nuestros, ya no había caballería para protegernos y nos vimos rodeados por 600 jinetes; el teniente Schmidt, valiente entre los valientes, cayó en la bajada, acribillado, alentando aún a los soldados con su voz debilitada; tenía los dos brazos rotos cuando un balazo en la cabeza acabó con él. El capitán Cazes también. El capitán Moulinier, ya sin caballo, tomó el mando con la ayuda del teniente Rabix y la mía, los tres sin heridas. Varias veces intentamos formar el cuadrado pero era imposible, eran demasiado numerosos, como dijo un viejo soldado de Waterloo. Moulinier, al brincar una barranca, recibió quince balazos y lo remataron a sablazos. Quedamos Rabix y yo, intentando formar una línea de tiradores, pero el enemigo venía más y más; caímos en una tercera barranca, ya protegidos contra los sables de la caballería, pero ahora llegaba la infantería y nosotros adentro de la barranca y ellos fusilándonos desde arriba, por todos lados. Mataron a Rabix. Armé mi pistola para acabar pronto y no ser masacrado, hice una breve oración y de repente me acordé de mis padres. Entonces me levanté, preferí sufrir y sobrevivir por ellos. En ese instante se presentó un oficial enemigo que me pidió cortésmente mis armas. Sobrevivimos 82, 37 de los cuales heridos. Habían muerto 97 soldados y seis oficiales. Entre las filas liberales había un francés, un tal Albert, no sé si era su nombre o su apellido, un desertor del 62° de línea. Brian había sido capitán el regimiento 62° de 1861 a 1864. Dicen que Albert mutiló su cadáver. Sé que remató a nuestro médico, el buen Rustegho, herido, recogido por los mexicanos, en su ambulancia. Espero que el diablo se haya llevado al tal Albert. Los liberales, ellos se portaron bien, nos trataron como se trata a presos de guerra y no me quejaré nunca de ellos. 

Atravesamos a pie el desierto del Bolsón de Mapimí, sufriendo como ellos sed y hambre, pero siempre nos trataron bien. Los generales Treviño y Viesca nos perdonaron la vida cuando pudieron fusilarnos, puesto que desde el abominable decreto de Maximiliano teníamos instrucciones de no tomar prisioneros, de fusilar a los oficiales y soltar a los soldados. Quisieron hacer matones de nosotros. Duré preso nueve meses, libre bajo palabra en la ciudad de Monterrey, con oficiales austríacos; terminé de aprender el español a fondo, aprendí algo de alemán y de inglés. De no ser tan francés, me hubiera quedado en Monterrey con esas mexicanas tan bonitas. Y es todo lo que le puede contar Ernest Moutiez, en aquel entonces subteniente en el regimiento extranjero.

(Tomado de Meyer, Jean - Yo, el francés. Crónicas de la Intervención francesa en México, 1862-1867, Maxi Tusquets Editores S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 2009)

lunes, 7 de julio de 2025

Frente a Puebla 22 de abril de 1863


 

Frente a Puebla, 22 de abril de 1863. 


“Su vigorosa resistencia hace el mayor honor a los mexicanos y prueba que una guerra de partidos puede volverse una guerra nacional. Los doce cientos de aliados del principio eran una intervención y bien hubieran podido llegar a México, pero nuestros veinte mil hombres son una invasión extranjera y todos los patriotas se levantan para rechazarla. Venceremos porque tenemos que hacerlo y porque así acabamos siempre, pero ¿a qué precio? Lo que no tiene par es la vanidad francesa. La primera vez, el 5 de mayo de 1862, nos preguntamos si ir a Puebla antes o después de tomar el café y subimos rifle al hombro a Guadalupe, un fuerte casi inexpugnable. La segunda vez, la nuestra pues, se sabe que habrá un sitio, se quiere el sitio para dar satisfacción a las tres armas y sabe a cuántas ambiciones y se llega con 50 piezas de artillería, de las cuales solamente doce son adecuadas para el sitio contra una plaza defendida por una docena de fuertes y doscientos cañones. ¿Se vio alguna vez un sitio paralizado por la falta de pólvora? Duramos varios días sin poder explotar ni una pobre mina. Nos quedaban apenas trescientos kilos de pólvora.”


Médico mayor Jules Aronssohn a su familia.


(Tomado de Meyer, Jean - Yo, el francés. Crónicas de la Intervención francesa en México, 1862-1867, Maxi Tusquets Editores S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 2009)

lunes, 23 de junio de 2025

Porfirio Díaz en Les Invalides, 1911




 1. Porfirio Díaz


Eran los primeros días de julio de 1911. El expresidente de México, exiliado en París, había cumplido el pasado 16 de septiembre 81 años. Ahora había recibido la visita de un general francés, Gustave Niox gobernador de Los Inválidos, quien lo había invitado a visitar la tumba de Napoleón. Porfirio Díaz se hospedaba en el Hotel Astoria en la suite 102, frente al Arco del Triunfo. 

El 20 de julio una escolta pasó por él y lo llevó a Les Invalides. 

Vestía una levita negra cruzada que en el ojal de la solapa izquierda mostraba la única condecoración extranjera que don Porfirio usaba: el botón rojo de la Legión de Honor, concedido muchos años antes por la República Francesa a su glorioso adversario. Recibió con beneplácito las muestras de deferencia y afecto de los viejos oficiales franceses; el intercambio de frases cordiales, brevemente franco-mexicanas, no duró mucho porque el general Niox invitó a empezar la visita, primero de la tumba de Napoleón, luego de la sala México del Museo Histórico del Ejército. 

Un gesto de Niox cambió el aire majestuoso y prudente de Don Porfirio. El general francés evocó la guerra de intervención. Al hacer un homenaje a los soldados muertos en defensa de su patria, tuvo también palabras para quienes defendieron con sus vidas el pabellón que les había sido confiado. Lo rodeaban algunos soldados más de la guerra de México, entre ellos el general Charles Lanes, que había participado en el sitio de Oaxaca como subteniente de un regimiento de zuavos bajo las órdenes del Mariscal  Bazaine. Don Porfirio respondió a las palabras de Niox evocando algunas anécdotas de la guerra de Intervención. Recordó con admiración el brío del comandante Henri Testard, abatido el 3 de octubre de 1866 en Miahuatlán, y que por instrucciones suyas había sido sepultado con honores en la cañada de los Nogales. Su perro, dijo, no dejaba que nadie se acercara al cadáver de Testard; fue necesario apaciguarlo para recoger la espada, que se mandó después a su familia por conducto de Bazaine. Al terminar los discursos, todos pasaron a la capilla de Los Inválidos. Ahí, en el momento de bajar por uno de los lados, el custodio de la cripta, un inválido condecorado, entregó las llaves al general Díaz para que abriera con su propia mano la puerta de bronce de la tumba de Napoleón. Don Porfirio descendió los escalones hasta llegar a la tumba, frente a la cual inclinó la cabeza por unos instantes. Tal vez en ese momento recordó que durante la batalla de Puebla había vencido a los franceses con los mismos fusiles utilizados por ellos al ser derrotados junto con el Emperador en la batalla de Waterloo. Niox caminó en dirección al general tomando entre sus manos la espada que llevaba consigo Napoleón en Austerlitz. Pronunció algunas palabras en francés para dirigirse después a Díaz en un español arcaico. 

-Mi general -le dijo-, en nombre del ejército francés os ruego que toméis esta espada.

Don Porfirio titubeo antes de aceptar 

-No podría quedar en mejores manos. 

*

El divisionario Gustave Niox (1840-1921) quien organizó la visita de Don Porfirio a la tumba de Napoleón y los encuentros con los veteranos de la Intervención francesa era un capitán de Estado Mayor de 23 años cuando llegó a México en 1862. Sirvió en el Estado Mayor General y en el Servicio Topográfico. Estuvo en los sitios de Puebla y Oaxaca antes de regresar a Francia el otoño de 1965 por una razón muy precisa: una sordera acelerada que le imposibilitaba participar en la guerra. Lo designaron al Servicio Histórico; recibió en 1867 los archivos del Cuerpo Expedicionario y fue encargado de su clasificación, que se ha mantenido tal cual hasta la fecha. Eso le permitió escribir una notable Historia de la expedición de México que no ha sido superada. 

Huérfano, becario, era hijo de un teniente coronel de caballería, y tan pronto regresó de México se casó con una prima de la isla de la Reunión. Con todo y sordera cayó preso en Metz con Bazaine y tuvo una muy brillante carrera. Ya jubilado siguió trabajando como comandante de Les Invalides y director del Museo Histórico del Ejército. Por eso pudo recibir a Don Porfirio. 


Porfirio Díaz: 

“Cuando ustedes empezaron de verdad la guerra, a finales de abril (1862), el general Zaragoza me ordenó tomar posesión de los territorios que ustedes debían desocupar, según lo pactado. Llegué cerca de Orizaba y mandé a mi hermano Félix a observar su retirada; los suyos lo atacaron a él y a sus cincuenta jinetes. Félix quedó preso -no tardó en evadirse- con los que no murieron. Así empezó la guerra. Cuando Lorencez marchó rápidamente sobre Puebla, me tocó atrincherar la tropa en las cumbres de Acultzingo para frenar su progresión; cumplimos y nos retiramos sobre Puebla donde los zuavos nos alcanzaron a los dos días. Me tocó defender la Ladrillera hasta que al final de la tarde los franceses exhaustos se retiraron en buen orden. No volví a pelear contra ustedes sino hasta marzo de 1863. Durante ese terrible sitio de Puebla, defendí la línea de San Agustín sin mayor problema. Nos acabó el hambre. Nos rendimos el 17, una rendición muy digna frente a un enemigo caballeroso. Dos días después tuve la oportunidad de escapar tranquilamente, saliendo por la puerta, confundido entre las visitas. Acompañé al gobierno de Juárez, cubriendo su retirada hacia el norte, hasta que me encargaron la defensa de la ciudad de Oaxaca. 

Recuerdo perfectamente el juego de las tres esquinas; los franceses construían un camino para llevar su artillería pesada a Teotitlán. Mi Ejército de Oriente adoptó entonces la guerra de guerrillas. Brincourt tenía toda la razón en lo que decía a Bazaine cuando le reclamaba libertad de maniobra.

El Ejército de Oriente en Oaxaca era la última gran fuerza organizada de la república, por eso Bazaine decidió hacer una campaña formal contra nosotros. Me preparé para un sitio, dejando fuera de la ciudad las dos brigadas de caballería. 

El 8 de febrero de 1865 hice personalmente la rendición de la ciudad; esa misma noche quedé en el cuartel de Bazaine en calidad de prisionero; habíamos negociado personalmente, cara a cara, la rendición. Ahí nos conocimos y seguimos siempre en muy buenas relaciones. ¿Cómo han podido ver en este hombre un traidor? Me consta que era un militar pundonoroso y un hombre de palabra.”


(Tomado de Meyer, Jean - Yo, el francés. Crónicas de la Intervención francesa en México, 1862-1867, Maxi Tusquets Editores S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 2009)