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miércoles, 4 de febrero de 2026

Conquista de Chiapas y Guatemala


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Conquista de Chiapas y Guatemala 

por Pedro de Alvarado


Otro de los capitanes de Hernán Cortés, el duro y arrojado Pedro de Alvarado, emprende la conquista de las tierras situadas al sureste de México-Tenochtitlan. De esa expedición hay varios testimonios. Aquí se ofrece el del propio capitán Alvarado, autor como Cortés de cartas en que refiere episodios de su conquista.


Y deseando calar la tierra y saber los secretos de ella, para que su majestad fuese más servido, y tuviese y señorease más tierras, fui a un pueblo que se dice Atiepar, donde fui recibido de los señores y naturales de él, y ésta es otra lengua y gente por sí; y a puesta del sol, sin propósito ninguno, remanesció despoblado y alzado, y no se halló hombre en todo él. Y porque el riñón del invierno no me tomase y me impidiese mi camino, dejélos así, y paséme de largo, llevando todo recado en mi gente y fardaje, porque mi propósito era de calar cien leguas adelante, y de camino, ponerme a lo que me viniese hasta calar a ellas, y después dar la vuelta sobre ellos, y venir pacificándolos. E otro día siguiente me partí y fue a otro pueblo que se dice Tacuilula, y aquí hicieron lo mismo que los de Atiepar, que me recibieron de paz y se alzaron dente a una hora. Y de aquí me partí y fue a otro pueblo que se dice Taxisco, que es muy recio y de mucha gente, y fui recibido como de los otros de atrás, y dormí en él aquella noche; y otro día me partí para otro pueblo que se dice Nacendelan, muy grande; y temiéndome de aquella gente, que no la entendía, dejé diez de caballo en la rezaga, y otros diez en el medio del fardaje, y seguí mi camino; y podría ir dos o tres leguas del dicho pueblo de Taxisco cuando supe que había salido gente de guerra y que habían dado en la rezaga, en que me mataron muchos indios de los amigos, y me tomaron mucha parte del fardaje y todo el hilado de las ballestas y el herraje que para la guerra llevaba, que no se les pudo resistir. 

Y luego envié a Jorge de Alvarado, mi hermano, con cuarenta o cincuenta de caballo, a buscar aquellos que nos habían tomado, y halló mucha gente armada en el campo y él peleó con ellos y los desbarató y ninguna cosa de lo perdido se pudo cobrar, porque la ropa ya la habían hecho pedazos, y cada uno traía en la guerra su pampanilla de ella; y llegado a ese pueblo de Nacendelan, Jorge de Alvarado se volvió, porque todos los indios se habían alzado a la sierra; y desde aquí torné a enviar a Don Pedro con gente de pie, que los fuese a buscar a las sierras, por ver si los pudiésemos atraer al servicio de su majestad, y nunca pudo hacer nada, por la gran espesura de los montes; y así, se volvió; y yo les envié mensajeros indios de sus mesmos naturales, con requerimientos y mandamientos, y apercibiéndolos que si no venían los haría esclavos; y con todo esto no quisieron venir ni los mensajeros ni ellos. E al cabo de ocho días que había que estaba en este pueblo de Nacendelan, vino uno que se llama Pazaco, de paz, que estaba en el camino por donde habíamos de ir, y yo le recibí y le di de lo que tenía, y les rogué que fuesen buenos. E otro día del mañana me partí para este pueblo y hallé a la entrada de él los caminos cerrados y muchas flechas hincadas; y ya que entraba por el pueblo vi que ciertos indios estaban haciendo cuartos un perro, a manera de sacrificio; y dentro en el dicho pueblo dieron una grita, y vimos multitud de gente de tierra, y entramos por ellos, rompiendo en ellos hasta que los echamos del pueblo, y seguimos el alcance todo lo que se pudo seguir; y de allí me partí a otro pueblo que se llama Mopicalco, y fue recibido ni más ni menos que de los otros; y cuando llegué al pueblo no hallé persona viva, y de aquí me partí para otro pueblo llamado Acatepeque, adonde no hallé a nadie, antes estaba todo despoblado. E siguiendo mi propósito, que era de calar las dichas cien lenguas, me partí a otro pueblo que se dice Acaxual, donde bate la mar del Sur en él, y ya que llegaba a media legua del dicho pueblo, vi los campos llenos de gente de guerra de él, con sus plumajes y divisas, y con sus armas, ofensivas y defensivas, en mitad de un llano, que me estaban esperando, y llegué de ellos hasta un tiro de ballesta, y allí me estuve quedo hasta que acabó de llegar mi gente; y desque la tuve junta, me fui obra de medio tiro de ballesta hasta la gente de guerra, y en ellos no hubo ningún movimiento ni alteración, a lo que yo conocí; y parecióme que estaban algo cerca de un monte, donde se me podrían acoger; y mandé que se retrajese toda mi gente, que éramos ciento de caballo y ciento y cincuenta peones y obra de cinco o seis mil indios, amigos nuestros; y así, nos íbamos retrayendo; y yo me quedé en la rezaga, haciendo retraer la gente; y fue tan grande el placer que hubieron, siguiendo hasta llegar a las colas de los caballos, las flechas que echaban pasaban en los delanteros, y todo aquesto era un llano que para ellos ni para nosotros no había donde estropezar. Ya cuando me vi retraído un cuarto de legua, adonde a cada uno le habían de valer las manos, y no huir, ni vuelta sobre a ellos con toda la gente, y rompimos por ellos.


(Tomado de: González, Luis. El entuerto de la Conquista. Sesenta testimonios. Prólogo, selección y notas de Luis González. Colección Cien de México. SEP. D. F., 1984)

miércoles, 25 de abril de 2018

Pedro de Alvarado



Nació en Badajoz, Extremadura, España, en 1485; murió en la Barranca de Yahualica, Jalisco, en 1541.  De su infancia y años juveniles no se tiene noticia cierta. Sí se sabe que pasó a la Española (Santo Domingo) en 1510 en compañía de sus cinco hermanos y de ahí a Cuba, en donde se dedicó a labores del campo. Participó en la expedición de Juan de Grijalva al litoral del Golfo de México y en 1519 en la conquista de México, distinguiéndose por su bravura y audacia, su avaricia y crueldad con los indígenas, y su gallardía y buen parecer. “Fue de un lindo aire a pie y a caballo”, según dice de él el cronista Garcilaso de la Vega, y por el color rubio de su cabellera y barba, los indígenas le llamaron Tonatiuh, es decir, Sol, o Hijo del Sol, por lo cual lo admiraron y temieron, y, a la postre, lo odiaron. Fue uno de los capitanes más destacados en la hueste de Cortés. Durante 5 años participó con él en aventuras guerreras, en el trato con los indígenas y en la organización de ayuntamientos (Villa Rica, Tepeaca, México). Su crueldad y desprecio por los naturales quedó patente en numerosas ocasiones, muy particularmente en las matanzas de indios indefensos en Cholula y en el Templo Mayor de México-Tenochtitlan, en ausencia de Cortés. Este último hecho precipitó el regreso de Cortés a la ciudad, la muerte de Moctezuma II, la huida de los españoles por la calzada de Tlacopan y su derrota en la Noche Triste o Noche Tenebrosa como la llama el cronista Bernal Díaz del Castillo. En ella estuvo a punto de perder la vida ante el furioso ataque a la retaguardia que comandaba.
Distinguiose en el sitio y caída de Tenochtitlan (13 de agosto de 1521), como capitán de la fracción que atacó por el lado noroeste (La Lagunilla y Tlatelolco), donde se libraron los combates más recios.


De 1523 a 1526 realizó la conquista de Guatemala, desplegando enorme crueldad con los indios cakchiqueles. Regresó a México a fines de 1526, y en 1527 fue a España a reclamar la gubernatura del territorio recién conquistado. Allí casó y obtuvo el título de adelantado y el cargo de gobernador de Guatemala. Muerta su esposa Francisca de la Cueva, nieta del duque de Alburquerque, retornó a España a desagraviarse ante la Corte de numerosas imputaciones, y a contraer nupcias con Beatriz, hermana de la anterior. En 1538 se le confirmó en la gubernatura de Guatemala, a donde llegó nuevamente en 1539, para organizar una expedición al Mar del Sur (Océano Pacífico), durante la cual tocó las costas de Jalisco. A petición del virrey Antonio de Mendoza, acudió con su tropa a pelear contra los caxcanes y tecos en la gran rebelión de 1540. Al subir la Barranca de Yahualica, en territorio de Jalisco, el escribano Baltasar de Montoya rodó con su cabalgadura y arrolló en su caída a Alvarado, dándole en el pecho un golpe tan fuerte que no duró sino 3 días y expiró el 4 de julio de 1541.


Dos cartas-relaciones se conocen salidas de su pluma. La primera fechada en Utatlán el 11 de abril de 1524, y la segunda en Santiago el 18 de julio de ese año. Son los únicos testimonios presenciales de la conquista de Guatemala, aun cuando hay noticia de una Historia hecha por Gonzalo de Alvarado, según escribió Bernal Díaz del Castillo.


Las cartas-relaciones están escritas en castellano claro y comprensible, usando un leguaje popular. Hace hincapié en que se desenvuelve  en un terreno virgen, inhóspito y peligroso, arriesgando a cada paso la vida; y tiene, al igual que los demás relatos de los soldados-cronistas, un cierto sabor sociológico, al narrar las costumbres, las creencias y la manera de guerrear de los indígenas. Ambas cartas fueron enviadas a Cortés, quien las anexó a manera de apéndice en la Cuarta relación  (Toledo, 1525) que envió a Carlos V. El bibliógrafo español Andrés González de Barcia las incluyó en su obra Historiadores Primitivos de Indias (Madrid, 1749), con el título de Relación hecha a Hernán Cortés refiriéndose a las guerras de Chapolutlan, Checialtenango y Utatlán. Volvieron a imprimirse por Rivadeneira (Madrid, 1852), por Juan de Gavarrete en el Boletín de la Sociedad Económica (Guatemala, C.A., 1874), por A.W. Kuntz (Guatemala, 1913), con prólogo del licenciado Jorge Granados (Guatemala, 1934), y como apéndice del libro Don Pedro de Alvarado de Francisco Hernández del Castillo (1945). Hay traducciones de esas cartas relaciones al italiano, francés, inglés y alemán.


(Tomado de: Enciclopedia de México)