La generación del Ateneo
En 1910, un grupo de inquietos intelectuales heterogéneo en cuanto a la edad y aún a la tesitura espiritual, pero hermanados por el ideal de renovar la mentalidad de los intelectuales mexicanos, fundaron el Ateneo de la Juventud (llamado también Ateneo de México). Los principales animadores del grupo fueron Antonio Caso, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Carlos González Peña y Pedro Enríquez Ureña, el gran dominicano que no conoció fronteras para su ferviente y generoso humanismo americanista.
La meta inicial de estos hombres fue la de renovar las perspectivas de la inteligencia mexicana, superando el estereotipado y ya inoperante positivismo, cuyas premisas fundamentales (la sujeción inexorable del mundo de las leyes de la "causalidad" y el "determinismo", junto con la ambición, insostenible ya, de "unidad científica" conforme a las leyes y métodos con que trabajaban las ciencias naturales) sentíanlas caducas.
En lugar de estos principios, que limitaban la comprensión del mundo en toda su complejidad y que, por lo mismo, impedían conquistar la verdad profunda de las cosas, los ateneistas se adhirieron con entusiasmo a ciertas líneas del pensamiento europeo de su época, a las que sentían más certeras y fecundas: el intuicionismo, que legitimaba la impresión de que la pura razón no es válida para penetrar en las capas más remotas y profundas de la realidad, la idea de mutación (inclusive de la materia misma) y, en consecuencia, el concepto de evolución creadora con todas sus insospechadas consecuencias en el cambio de la vida y del espíritu.
De estos principios surgen, naturalmente, una nueva idea del mundo y una nueva idea de la libertad. La idea de un mundo que debe ser reinterpretado constantemente, y la idea de una libertad auténtica -puesto que el espíritu del hombre no está sujeto a las leyes naturales-, la libertad creadora.
De hecho, esta meta inicial se vio muy pronto estrechamente vinculada a una paralela renovación de las ideas estéticas, la cual fue a recalar en un cambio apreciable de los principios de valoración de la creación artística concreta. El área más beneficiada con esta última manifestación del espíritu renovador de los ateneistas fue el de la cultura literaria, la cual resultó conmovida -especialmente a impulsos de Enríquez Ureña y de Alfonso Reyes por una nueva visión del fenómeno literario en sí, lo mismo que por nuevos criterios para su estudio y su valoración. Al mismo tiempo se actualizó y ventiló el gusto literario: a la devoción decimonónica por las letras francesas se agregó un ágil contacto con los autores españoles, sobre todo los del Siglo de Oro. Además se volvió a tener muy en cuenta el valor estético y formativo de las letras clásicas.
Si bien la dramática convulsión nacional que trajo aparejada la Revolución mexicana interrumpió demasiado pronto la labor en equipo del Ateneo, el magisterio individual de sus miembros más calificados y perseverantes continuó despertando inquietudes y orientando vocaciones hasta bien entrada a la década de los cincuenta. En el campo de la literatura, el impulso inagotable de Alfonso Reyes es un ejemplo cabal de este magisterio.
(Tomado de: Magis, Carlos - La cultura literaria. Historia de México, tomo 12. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1974)

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