martes, 10 de abril de 2018

María Antonia Peregrino, Toña la Negra

María Antonia Peregrino, "Toña la Negra"




Nació el 11 de diciembre de 1910 en la ciudad de Veracruz. Comenzó cantando por afición mientras estudiaba la carrera de medicina. Finalmente la música la envolvió a tal grado que abandonó sus estudios. En 1931 se encontró en México con Agustín Agustín Lara, quien descubrió en ella a una de sus mejores intérpretes. El compositor le dedicó entonces una canción especial, Lamento jarocho. Con esta canción Toña inició su carrera artística debutando en el Teatro Esperanza Iris el 31 de diciembre de 1932. Luego cantó en el Teatro Politeama. Su éxito la llevó a actuar en la radiodifusora XEW. Realizó posteriormente varias giras por el continente americano y los Estados Unidos. Participó también en la filmación de varias películas nacionales, entre ellas: María Eugenia, Conga roja, Humo en los ojos, Revancha, Mujeres en mi vida, y La mulata de Córdoba. "Toña la Negra" es considerada como una de las intérpretes más fieles al estilo de Lara y una especialista en las canciones de inspiración tropical de los años treinta. Murió en 1982 en la ciudad de México.



(Tomado de: Moreno Rivas, Yolanda - Historia de la Música Popular Mexicana. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Alianza Editorial Mexicana. México, D.F., 1989)

lunes, 9 de abril de 2018

Pedro Ascencio Alquisiras


Existe confusión acerca del nombre de este insurgente. Algunos autores lo llaman Pedro Alquisiras Ascencio y otros aseguran que su nombre fue Pedro de la Ascención Alquisiras, el que sus partidarios y la leyenda popular simplificaron a Pedro Ascencio. También hay duda sobre si nació en Acuitlapan o en Tlataya (aquélla de Guerrero y ésta del Estado de México), y sobre el año de su nacimiento, que algunos sitúan en 1778. Murió combatiendo en Las Milpillas, Morelos, en 1821. Era indio puro y además de su lengua, el tlahuica, hablaba el mazahua y el otomí.



Vivía del comercio con minerales y desde fines de 1810 se unió al movimiento de Independencia, formando una partida insurgente que atacó a la guarnición del Monte de las Cruces. José María López Rayón lo hizo capitán de caballería. Se convirtió en guerrillero famoso, por su bravura y su habilidad. Sirvió a Morelos y a la muerte de éste se fortificó en el cerro de la Goleta, desde donde incursionaba por las ciudades y comarcas cercanas. En el cerro de San Vicente derrotó a Iturbide y en los llanos vecinos al cerro de la Goleta destruyó una formación de tropas recién llegadas de España. Sus acciones llegaron a ser legendarias y mantuvieron viva la idea de la insurrección, al igual que las de Vicente Guerrero en el sur, cuando ya casi todos los jefes habían muerto o habían pedido el indulto.




El virrey mandó cercar el territorio dominado por Alquisiras y las tropas realistas destruían las siembras de los indios para que éstos dejaran de apoyar al jefe guerrillero, pero todos se mantuvieron firmes y en la batalla de Cerromel derrotaron decisivamente a las fuerzas que los atacaban. En 1819, Iturbide obtuvo la autorización del virrey para un plan de campaña que se proponía atacar a fondo y en forma simultánea a Guerrero y Pedro Ascencio, empleando todos los recursos necesarios. Ascencio copó a la retaguardia del ejército de Iturbide en la cañada de Tlatlaya y lo destruyó casi totalmente.




Algunos historiadores afirman que este fracaso convenció a Iturbide de que no era posible vencer militarmente al movimiento rebelde y lo indujo a buscar un entendimiento con Guerrero, al mismo tiempo que reforzaba la lucha contra Ascencio. Este, ignorante de las negociaciones, continuaba combatiendo y el 2 de junio de 1821 marchó sobre Tetecala, donde encontró fuerte resistencia. Al día siguiente, en una acción destinada a impedir la llegada de auxilios realistas, Alquisiras halló la muerte. Su cabeza fue cercenada y en la punta de una lanza fue llevada a Cuernavaca y expuesta públicamente, con un letrero que decía: “Cabeza de Pedro Ascencio”. En su memoria llevan su nombre Almoloya de Alquisiras y Sultepec de Alquisiras.


(Tomado de: Encilopedia de México)

domingo, 8 de abril de 2018

Pedro Vargas Mata

Pedro Vargas Mata



Pedro Vargas nació en san Miguel Allende, Guanajuato en 1906, fue el segundo de los trece hijos de José Cruz Vargas y Rita Mata de Vargas. A  los 6 años de edad comenzó a cantar en el coro de la iglesia de su ciudad natal. A los 13 años se trasladó a la ciudad de México y al terminar sus estudios preparatorios se inscribió en la carrera de medicina, misma que abandonó para dedicarse al estudio del bel-canto. El futuro “tenor continental” inició su carrera artística en 1928 en el teatro Esperanza Iris formando parte del elenco de la ópera Cavalleria Rusticana de Mascaggni. En 1930 se convirtió en ganador del concurso Ann Harding por su interpretación del célebre vals de Carlos Espinosa de los Monteros. En 1928 viajó por primera vez a los Estados Unidos como solista de la orquesta típica de Lerdo de Tejada y en el mismo año grabó en Chicago su primer disco con una canción titulada Primer amor de Lerdo de Tejada. En 1936 realizó su primer viaje artístico a América del sur, iniciando una serie de exitosas giras a los países de centro y Sudamérica.



Durante más de 50 años, Pedro Vargas fue probablemente el cantante más popular y cotizado en México, su afinada voz de tenor se escuchó en todos los medios de difusión; fue artista fundador de la estación XEW en 1930, de la televisión en 1950 con el programa Estudio de Pedro Vargas y apareció en más de 40 filmes. El aspecto más trascendente de la carrera de Pedro Vargas fue su larga e ininterrumpida actividad como intérprete: Pedro Vargas estrenó y dio a conocer infinidad de canciones de los autores de la época de oro de la canción mexicana: Gonzalo Curiel, Agustín Lara, María Greever, Mario Talavera, Esparza Oteo, Tata Nacho, etc.



El célebre tenor conocido también como El Samurai de la canción actuó en la Casa Blanca ante los presidentes Franklin D. Roosevelt, John F. Kennedy y Richard Nixon y fue muy destacada su amistad con Getulio Vargas, presidente de Brasil. Recibió condecoraciones importantes de Brasil, Cuba y Panamá. Falleció en 1989 a la edad de 83 años.

(Tomado de: Moreno Rivas, Yolanda - Historia de la Música Popular Mexicana. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Alianza Editorial Mexicana. México, D.F., 1989)

sábado, 7 de abril de 2018

Ignacio Cabero y Cárdenas

Ignacio Cabero y Cárdenas



Ignacio Cabero y Cárdenas fue un mexicano íntimamente vinculado a la independencia de Colombia. Llegó al puerto de Cartagena el 29 de julio de 1778, fecha en que cumplía 21 años de edad. Iba en el séquito de Antonio Caballero y Góngora, quien pasaba del obispado de Mérida de Yucatán al de Santa Fe de Bogotá. Al igual que él, otros 10 jóvenes yucatecos formaban parte de la comitiva del prelado: José Rafael Caraveo, Joaquín Cascava, Pedro Bolio y Torrecilla, José Domingo Duarte, Pedro Guerra Villafañe, Esteban María León, José María León, Antonio Mendoza, Francisco Medina y Alejandro Villena. En 1782, por muerte repentina del virrey Pimienta, tomo posesión Caballero y Góngora del virreinato, en cuya secretaría desempeñó Cabero las funciones de oficial mayor, supliendo al secretario en sus ausencias. El trabajo que realizó al redactar las instrucciones que el arzobispo-virrey dejó a su sucesor fue calificado de magistral y sirvió de modelo para ulteriores relaciones de esa índole.

Llegó a ser diputado en 1804 y vocal de la Primera Junta Independiente de Cartagena, la cual presidía, cuando en 1811 se juró la separación de Colombia de España. Ese cuerpo, con la adición de 6 diputados y los delegados de las provincias, se transformó en Junta Suprema de Gobierno, primera corporación de su clase en América que proclamó su absoluta independencia respecto de la colonia española. Cabero permaneció al frente de esa junta hasta 1812, en que pasó comisionado a Jamaica para organizar el abastecimiento de Cartagena, a cuyos defensores, asediados por Pablo Morillo, logró enviar varias flotillas con víveres y pertrechos.


En diciembre de 1815 impidió que Simón Bolívar viajase rumbo a esa plaza a bordo del bergantín Doyle, el cual fue apresado por los españoles en el baluarte de Santo Domingo, cuando ya los patriotas se habían rendido. De este modo salvó la vida del Libertador. Tomada Cartagena por el enemigo, Cabero participó en un intento de reconquista y luego siguió luchando, hasta que en 1820 regresó al puerto cuando ya se había consolidado la victoria de Bolívar. Al término de la guerra se le nombró administrador de la aduana de Santa María, pero hacia el final de su vida no consiguió ningún empleo estable y murió olvidado por todos, el 22 de agosto de 1834.


El cronista Donaldo Bonna Herazo ha dicho de él: “Sorprende la sencillez, modestia y humildad de Cabero ante los hechos, que de 1811 a 1828 encierran la epopeya cartagenera, la más insigne y alta del Nuevo Mundo, que se desenvuelve entre conmociones populares, luchas de facciones, asedios, fusilamientos, hambre y abandono, sin que nada pudiera doblegar a aquel puñado de modernos espartanos que pelearon por la libertad con el temple de los grandes pueblos de la Tierra”.


(Tomado de: Enciclopedia de México)

miércoles, 4 de abril de 2018

Conchita Jurado o Carlos Balmori

 
Las increíbles bromas de Conchita Jurado

Por: Fernando Martí



El mejor día en la vida del licenciado Gabriel Martínez Montes de Oca fue también el peor. Los hechos tuvieron lugar en el casino militar de la ciudad de México, una noche de mayo de 1927.

Durante toda su vida adulta Martínez Montes de Oca había soñado con irse a vivir al Oriente misterioso. El día en cuestión creyó tocar su sueño con las puntas de los dedos: el excéntrico millonario español Carlos Balmori le ofrecía nombrarlo se representante personal en Japón con una dotación de 10 millones de pesos oro para gastos iniciales.

-¿Cómo ha dicho usted? -rugió Balmori- ¿Se ha atrevido a llamarme "gachupín infecto"? ¡Esa ingratitud y esa impertinencia le costarán la vida!

Chaparrito y esmirriado, de anteojos y bigotazos, siempre enfundado en largo gabán y tocado con enorme sombrero, Carlos Balmori no inspiraba mucho respeto por su figura -pero su fama generaba terror. Se sabía que el multimillonario (cuya fortuna equivalía a la de Rockefeller) era excéntricamente generoso con sus amigos pero que también solía ser cruel y hasta sádico con quienes osaban desafiarlo. Todo México sabía que el gran Balmori jamás aceptaba un no por respuesta y que no escatimaba ingenio ni dinero para hundir a sus enemigos en la ignominia.


La aparición

-No acepto excusas-cortó Balmori los incoherentes balbuceos del licenciado Martínez Montes de Oca-. De inmediato designaré a mis padrinos. Después de la primera reunión con la parte contraria, los padrinos de Martínez Montes de Oca volvieron con caras fúnebres:

-Balmori exige duelo a muerte -explicaron-.

A los pocos minutos, llegó un visitante inesperado: un famoso ebanista comisionado por Balmori para tomar las medidas de Martinez Montes de Oca y construirle esa misma noche el ataúd más lujoso jamás visto en México (y que Balmori pagaría). Las lágrimas estallaron en los ojos del infortunado. -¿Qué he hecho yo, qué he hecho...? - se atragantaba.

En ese instante se abrió la puerta y apareció Balmori: Nada, mi querido licenciado; usted no ha hecho nada. Solo estábamos haciéndole puerquito para que ingrese en nuestro círculo de balmoreadores. ¡Bienvenido!

Balmori se arrancó los bigotes postizos, se quitó el sombrero y el gabán y, matertnalmente besó a Martinez Montes de Oca en la mejilla izquierda. -Mi verdadero nombre es Conchita Jurado -confesó.

Conchita Jurado había nacido el 2 de agosto de 1865. En 1927, cuando Martines Montes de Oca fue balmorizado, era ya una dulce anciana de 61 años. Su sexo, su edad, su natural simpatía y lo frágil de su apariencia (medía 1.45 de estatura y pesaba 45 kilos) la libraron de ser asesinada por alguna de sus víctimas.

Martínez Montes de Oca fue uno solo entre más de 200 mexicanos destacados a quienes esta mujer primero balmoreó y luego balmorizó (es decir, convirtió en cómplices sedientos de vengarse en un tercero).

Desde la niñez Conchita dio pruebas de tener un talento histriónico devastador. Siendo adolescente, se disfrazó una vez con ropas de muchacho y engañó a su propio padre: se presentó a pedirle la mano de su hemana mayor y ya estaba por conseguirla cuando apareció la hermana y declaró que nunca antes había visto a aquel mequetrefe.

Su arte la absorbió a tal punto que ni tiempo tuvo para casarse. En vez de salir a ver aparadores como una chica normal, se iba a la Merced disfrazada de busca pleitos y, puñal en mano, asustaba a transeúntes despavoridos. Otras veces llegada de Europa en busca de marido, lograba invitaciones, encendidas declaraciones y regalos deslumbrantes. Así comenzó a refinar sus técnicas para la obra que sería la culminación de su vida: la creación de Carlos Balmori.



Multifacético

A la muerte de sus padre Conchita, ya solterona, se fue a vivir a una vecindad de la calle de Cuauhtemotzín. No tenía nada en el mundo excepto un creciente grupo de amigos, los primeros balmoreadores. Entre ellos había varios periodistas que desde sus diarios respaldaban los inventos de Conchita.

Así cobró vida Balmori, un personaje escurridizo, misterioso, omnipresente. Un cronista de sociales escribió que no sólo era multimillonario industrial y financiero sino también noble, descendiente directo de los condes de Balmoral y compadre de Alfonso XIII, del zar Nicolás, de John Rockefeller, de Thomas Alva Edison y de Pofirio Díaz.

Otro plumífero escribió que Carlos Balmori tenía en su palacio de Coyoacán una prodigiosa alberca eléctrica, regalo que le había hecho su compadre Thomas Alva Edison.

En los círculos elegantes las andanzas de Balmori eran la comidilla de los insaciables. Balmori era al mismo tiempo una asceta que se retiraba al desierto a meditar y un lujurioso que hacía danzar un ballet de adolescentes desnudas en su palacio de Coyoacán. Era un filántropo que con sus millones fletaba 12 navíos cargados de alimentos para las víctimas de un terremoto en Pakistán, un anciano que compraba con cheques de 5 cifras los favores de tal o cual niña de sociedad y un pirata internacional, dueño de plantaciones de opio en Turquía, de lenocinios en Marsella, de bancos en Londres y de fábricas clandestinas de licor en el Chicago de la ley seca.


Orgías eléctricas

Todo mundo se desvivía por ser presentado a Balmori. Muchos lo lograban. La filosofía fundamental de las balmoreadas era que todo mortal tiene un precio, que toda virtud está en venta y que la desgracia ajena es el único consuelo que permite seguir viviendo con la ignominia propia.

La relación de las mejores balmoreadas abarcaría un libro (de hecho, el doctor Luis Cervantes Morales, secretario personal, médico de cabecera y uno de los inventores de Carlos Balmori, publicó en 1960 un copioso libro de recuerdos).

El mecanismo era siempre parecido. Los balmoreadores, ojos, oídos y servicio secreto de Conchita, seleccionaban un candidato: por ejemplo, un diputado que venía soñando desde meses atrás con asistir a alguna de las orgías que, se decía, organizaba Balmori con un grupo de alumnas de una elegante escuela de monjas en su alberca eléctrica de Coyoacán.

 De pronto, un prominente burócrata le brindaba la oportunidad.

-Debemos concentrarnos en casa del mayordomo de Balmori, en la calle de Cuauhtemotzín, donde el magnate enviará por nosotros-.

Cuando el grupo estaba reunido, el propio Balmori hacía su entrada sorpresiva. Era un hombre impulsivo, infalible juez instantáneo de caracteres fofos y que sufría, además, repentinos ataques de generosidad. Llevaba a un lado al diputado y le hablaba en tono urgente:

-Diputado, mis investigadores me dicen que usted es el hombre mejor capacitado en México para el puesto de entrenador erótico de mi ballet de jóvenes. Yo le pagaría a usted 50,000 pesos mensuales, aquí tiene usted 100,000 a cuenta; es un cheque contra el Banco de Montreal, y le daría una residencia cercana a mi palacio de Coyoacán. Por favor, no me diga que no.

El diputado no podía decir que sí ni que no; simplemente, perdía el habla.

-De paso, diputado -agregaba Balmori-, espero que el lunes vote usted en contra de ese ridículo proyecto del presidente. Con su voto el rechazo quedará asegurado.
El diputado era un protegido del presidente en cuestión y votar en la cámara en su contra sería su ruina moral y política. Pero decía: -¡Acepto!

Entonces Balmori se palpaba el pecho:
-Mi fistol? ¿?Dónde está mi fistol? ¡De este cuarto no saldrá nadie hasta que no aparezca mi fistol...!

Todo mundo conocía el fabuloso fistol de Balmori (que Conchita había comprado en la Lagunilla por 50 centavos). Se trataba de un regalo póstumo del difunto zar Nicolás a su compadre Balmori. Por peso y tamaño, decían los "conocedores", era el segundo diamante del mundo, pero por pureza de la luz y belleza del tallado la joya era la primera.



Los balmoreados

Balmori siempre andaba acompañado de fornidos guardaespaldas, a veces altos jefes de la policía o del ejército que habían sido previamente balmoreados. Tras breve búsqueda, el increíble diamante aparecía entre las ropas del diputado. El político era acorralado, convicto de robo y traición, venalidad, lascivia y codicia. Para la próxima balmoreada sería el más diligente de los cómplices...

Con diversos señuelos fueron balmoreados, entre otros muchos, el entonces secretario de gobernación del DF, licenciado Enrique Delhumeau; el famoso empresario del toreo, Jesús Luna y Echegaray; el general Antonio Macedonio, jefe del 50 batallón de infantería (quien poco después se levantó en armas contra el gobierno y, por sus pistolas, obligó a un banco a pagarle el cheque falso que le había dado Balmori); el inspector general de policía Valente Quintana; el jefe del departamento jurídico de la Secretaría de Salubridad, Enrique Morales; el diputado Jorge Meixueiro, quien años después, por motivos que nada tuvieron que ver con Balmori, se suicidó en pleno recinto de la Cámara; los toreros Rodolfo Gaona y José Ortiz; y hasta, se asegura, el secretario de Educación Juan Marcos Peón Altamirano; el jefe del Departamento del DF, José Manuel Puig Casauranc y los presidentes Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles.

Balmori consiguió que hombres casados aceptaran divorciarse para contraer nuevas nupcias con la supuesta sobrina y heredera del magnate. Hizo que hombres con fama de honestos consintieran en presentarle a sus esposas a cambio de un alucinante cheque contra el Banco de Montreal. Logró que generales prominentes juraran traicionar a la patria, que políticos de renombre entraran en las más ruines maquinaciones, que policías se juramentaran para delinquir y jueces para prevaricar.


Menos la Inmortalidad

Por 3 veces Balmori consiguió, incluso, que conocidas damas aceptaran casarse con él por su dinero, y las respectivas ceremonias se efectuaron con todos los detalles, ante supuestos jueces y notarios. Cuando se revelaba la verdad las mujeres lloraban desconsoladamente, más por los millones esfumados que por el hecho de haberse casado con una fémina.

Todo se compra, todo se vende, menos la inmortalidad. Conchita Jurado y Carlos Balmori murieron a las 4 de la tarde del 27 de noviembre de 1931, sin un centavo en la bolsa, tal como habían vivido. Descansan en el Panteón Civil de Dolores, en una tumba sarcásticamente decorada con azulejos que tienen pintadas las mejores hazañas de Balmori.


(Tomado de: Contenido ¡Extra! Mujeres que dejaron huella. Primer Tomo. Editorial Contenido, S.A. de C.V. México, D.F., 1998)

martes, 3 de abril de 2018

Los Tres Caballeros


Los Tres Caballeros 



.El trío Los Tres Caballeros estuvo integrado por Roberto Cantoral, Benjamín Correa Pérez de León (requinto) y Leonel Gálvez Polanco. Actuaron por primera vez el primero de julio de 1952. Se han dedicado principalmente a la radio y el teatro de revista. Realizaron una gira de un año por los Estados Unidos. A su regreso, el 5 de septiembre de 1956, grabaron para la casa disquera Musart. Las primeras canciones que grabaron fueron: El Reloj



y La Barca,



ambas de Roberto Cantoral. Los hermanos Cantoral, Antonio y Roberto, formaron el grupo Los Cuatreros en el año de 1947. En 1954 compusieron el son huasteco Crucifijo de piedra.



 Roberto Cantoral se ha dedicado al bolero. Compuso Te perdono (1954, bolero), El preso número 9 (1955, huapango) y muchas otras. Antonio Cantoral se dedicó al estilo ranchero, falleció el 4 de noviembre de 1964 a los 36 años de edad.

(Tomado de: Moreno Rivas, Yolanda - Historia de la Música Popular Mexicana. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Alianza Editorial Mexicana. México, D.F., 1989)

lunes, 2 de abril de 2018

Santiago Vidaurri (Monterrey, 1864)



Don Santiago Vidaurri se hallaba en su casa, que también era el palacio del Estado de Nuevo León y Coahuila, que por cierto le pareció al matrimonio un caserón sin el decoro y la importancia que hacían presagiar su nombre. Don Santiago se hallaba sentado en un sillón de cuero que no pecaba de limpio ni de nuevo; un butaque como se decía entonces.

Se puso en pie al ver a las visitas y éstas pudieron contemplar a sus anchas aquel cuerpazo que parecía los de esos cirqueros que suelen treparse en los hombros de otros para simular gigantes. Era cargado de hombros, de talle corto, de piernas larguísimas y de brazos de mono. Vestía pantalón y chaqueta de buen trigo negro, llevaba el chaleco desabrochado y usaba zapatones de gamuza negruzca sujetos con correhuelas, dejando ver los calcetines enormes y bastos, aunque limpios, y las pantorrillas flacas, semejantes a uno de esos palos que ahora usan para jugar no sé qué juego americano. La piel de la cara era amarillenta, la nariz grande y mal hecha, la frente calva y con una furia de pelo que te bajaba desde el occipucio, la barbilla menguada y tirando a separse del resto de la cara, las orejas grandes, la voz bronca y sin inflexiones.


Luego que las visitas se instalaron en sendos sillones de vaqueta don Santiago se restituyó a su butaque, no sin pedir permiso a los recién llegados para acabar de firmar.

-Es cosa de un instante; no me tardo nadita; ahora verán ustedes.

Y cruzó la pierna izquierda sobre la derecha, le dio dos vueltas alrededor de la espinilla, se colocó los papeles en el muslo y siguió firmando las cartas que le presentaba un escribiente mientras otro las retiraba y vertía arenilla sobre el charco de tinta negrísima, del más puro huizache, que habían dejado la cursiva con que don Santiago ponía su nombre y la engarabitaba rúbrica con que la remataba.


Sacó el general un pañuelo de olancillo, grandote y teñido de azul, se sonó a dos manos y cogiendo una gorra que yacía sobre la silla inmediata llamó con dos palmadas. Una mujer insignificante apareció en la puerta y saludó de mala gana a las visitas.


-Juana, hija, di que me traigan el chocolate; ya tengo en el estómago tanto agujero así -y señaló un círculo del tamaño de un asiento de silla.


-Dispénsenme; en este momento soy con ustedes -dijo mientras la criada llevaba un diminuto pocillo de chocolate con su correspondiente escolta de panes de manteca...


-¿Ustedes gustan? Los viejos tenemos estas servidumbres, ¿verdad? -y sopesó con un bizcocho el negro Caracas, coronado con un copetito de irisada espuma.


-Conque usted es hija de mi querido amigo don Canuto Delgado, y el señor, a lo que parece, yerno del dicho amigo... Bien, bien.


Se enjugó la jeta pelona y huérfana de barbas con la servil levita atestada de embutidos y relindos y lanzó un regüeldo que inútilmente trató de sofocar con el trapo...


-Por aquí – le dijo a la muchacha, que conducía tintineando un vaso lleno de agua limpísima  y un botellón de barro poroso.


Bebió el agua del vaso, acercó éste para que le echaran del cangilón, y poniendo la mano como abanico lanzó otro eructo más ruidoso que el primero. Luego extendió las piernas cuan largas eran, se caló la gorra, y conservando  tras de la oreja derecha la pluma de barbas azules, tiró de una hoja de maíz que se asomaba por el intersticio de la gorra y la frente, cogió tabaco de la tagarna, sacó yesca y eslabón y con el cigarrote entre los labios interrogó a los sujetos que estaban de visita:


-Conque vienen de Saltillo, ¿eh? Y qué tal, ¿cómo se portan los saltilleros? Yo he querido ir a ver a don Benito, he querido ir a verle; pero en éstas y en las otras se me ha ido pasando…


Dió un chupote al cigarro y continuó viendo ascender el humo por la espesa atmósfera del cuarto.


-Me dice aquí el licenciado que está resuelto a separarse del Gobierno y que ya no aguanta aquello; es natural, una persona de verguenza… yo soy liberal, soy La espada del Congreso, como me llamó El Nigromante, y la verdad es que se lo he demostrado al país.


Cuando todo estaba perdido, de esta tierra salieron los que le dieron el golpe a la reacción: Zaragoza, Zuazua y Quiroga estuvieron criados a mis pechos, y Escobedo, Treviño y Aramberri son como mis hijos; a todos los he mantenido a mis órdenes… bueno, pues tiene usted que yo estoy resuelto a que ésta palomilla que ha sacado de México don Benito no nos caiga aquí para arruinarnos… porque, ¿qué quiere usted? A mí mi trabajo me ha costado mantener esto en paz, y hasta ahora, gracias a Dios, en tan linda hora lo diga, vamos bien hasta donde es posible…  yo no digo nada del Presidente; sera un ángel, tendrá rositas; pero trae una percha de malosos  que da horror. Nada menos vienen con él unos cubanos, unos tales Quesadas, que son como las tres de la tarde. Ya, ya empezaron por aquí y francamente creo que no volverán a meterse en otra… en el rancho del Borrego quedó muerto un pelado llamado Villanueva, Francisco Villanueva, coronel y diz que gobernador de San Luis; yo no sé nada; no sé sino que mi compadre Santos Pinilla supo que venían echando el gato a retozar y les dio una zacateada como era su deber; a mí me avisó todo cuando ya estaba hecho, y cuando las cosas están así, ya ni llorar es bueno… y la verdad es que si no se aplican esos remedies todo se lo lleva Cristo: de la hacienda del Potosí se sacaron los mañosos una barbaridad de yeguas, y a la de Raíces llegó un coronel, Adolfo Garza , y cargó con no sé cuántas bestias… figúrese no más;  haberme costado tantísimo fundar el orden y la paz, que son los bienes que la divina Providencia nos ha concedido guarder por una especial distinción, y ahora exponernos a perderles… es cuanto se pueda ver… y lo que es mientras yo viva no ha de suceder que caigan sobre nosotros los hambreados de México, toda esa gentuza que con una mano atrás y otra delante viene a ver qué pepena, a ver qué se lleva… ¿No le parece, que hago bien?

-¿De manera, señor general, que usted piensa someterse a la intervención? –dijo María como queriendo sondear al viejo marrullero.

Vidaurri dió un chupetón al cigarro, sumió aún más las mejillas, echo humo por la boca y narices, quitó la ceniza con el dedo meñique, se repatingó en el asiento y dijo con socarronería:

-Eso, mi señora doña María, eso es mucho cuento. Aquí necesitamos la adopción de un pensamiento salvador, otros hombres y otras obras… si Juárez no se empeña en quitarle al Estado sus recursos, si no trata de arruinar a estos pueblos, que bastante sufren ya con la sequía, yo me pondré de su parte, pero en otro caso, ¡caramba!, puede creerme que… yo no sé, no sé qué hacer ni cómo averiguármelas.

-¿Y lo sabe don Benito?

-A don Benito ya se lo he dicho y puedo decírselo a usted, porque no es un secreto: anda ya de estampa en los papeles públicos. Si el Gobierno despide a su camarilla, todo está listo; si la conserva, no hay arreglo ni hay nada… ¿Qué quiere usted? Yo soy fronterizo y me pongo nervioso al ver que vienen los pisaverdes de la calle de Plateros a comerse lo que nosotros hemos ahorrado con tantísimo trabajo… pero que vengan, que vengan; ya sabré responderles como se lo merezcan.

-Entonces usted está contra Juárez –aventuró Brambila.

-¡Ave María Purísima…, sin pecado concebida! ¡Cómo había de estar contra don Benito! Es el Presidente legítimo y ya usted sabe que yo soy muy liberal: la espada del Congreso me llamó Nacho Ramírez, El Nigromante, ya le conoce… bueno, pues quien manda manda y cartucheras al canon, quepan o no quepan, ¿no le parece? Yo a don Benito le creo impecable, y por cierto que no todos tienen de él esa opinión…


-De modo que usted es juarista.

-Juarista soy, señora mía; pero eso no quiere decir que quiera hacer ronda con los tulices que acompañan al don Benito… Trae a un tal Quesadas, ése el cubano, el mismo de que le hablaba, que es más ladrón que las ardillas, y al tal Lerdo, que es un tinterillo más canalla… En fin, que no sé.

-Los franceses vienen dando garantías, tratan bien a las poblaciones, implantan Gobiernos duraderos y llaman a su lado a los hombres honrados en cada localidad. ¿Se inclinaría usted a los franceses?

-Hija mía; ¿pero qué voy a saber? Ya le he dicho que soy muy liberal, muy demócrata. Bueno; pues si el pueblo quiere defenderse yo me pongo a su frente y puede contar con que no queda un francés para remedio. Pero si el pueblo tiene ganas de franceses, pues no hay mas que hacerle su santísimo gusto, no hay más que darle francesitos hasta hartarle… Al enfermo, lo que pida.

-¿Y qué le parece a usted de la idea de mi padre de marcharse a la capital?

-Hija –respondió el Viejo echando yescas y guardando debajo de la camisa la bolsa con las herramientas-, hija, en eso no es posible dar consejos; su corazón, su carpintero.

-Pero ¿usted qué haría en su lugar?

-¡Ay, mi señora doña María! ¡Qué difícil es ponerse uno en el pellejo del otro!... Pero, en fin, yo haría esto que no me compromete a nada: me largaba a México, seguía diciendo que era muy liberal y muy republican, y no aceptaba ningún destino del Imperio mientras no tuviera seguridad de que aquello estaba más firme que las quijadas de arriba, y a vivir… ¿Que triunfaban los intervencionistas? Pues yo me conservaría en mi apartamiento, con la seguridad de que me guardarían mis frijoles los tales; a nadie se mima más que a un enemigo… ¿Que triunfaban los republicanos? –lo cual pongo más en duda que la venida del Anticristo-. Yo sostenía que estaba en México para servir a la causa y que, no contando con recursos para seguir a don Benito, me iba a la capital a ejercer mi profesión con entera independencia… ¿Qué es su padre de usted? ¿Diputado? Pues de diputados está llena la capital. ¿No se han tapado las narices ministros, generales, adjudicatarios, parientes de Juárez y hasta amigos suyos, uña y carne como quien dice? Si quiere un mal consejo dígale que se vaya, que se marche. Al fin nadie le ha de pedir cuentas, y si se las piden, con no darlas es bastante. Que se vaya por donde se fueron Zarco, Zamacona, Berriozábal, el mundo entero; que no haga el papel de loco buscando lo que no ha perdido. Pero eso, allá él, allá él; yo cumplo con darle mi opinion de amigo. ¿Qué dice?

-Pues digo que cuanto usted nos acaba de comunicar se lo transmitiremos fielmente, y que estoy segura que mi padre lo aceptará al pie de la letra.

-¡Pero, por María Santísima, que no suene mi nombre, que yo no figure en eso! Ni una palabra, señora mía, ni una palabra, pico de cera.

-Pierda cuidado el señor Vidaurri, que en cuanto a secreto…

Y salió el matrimonio del cuarto del gobernador, que con su cigarrote entre los labios y envuelto en su sarape les despidió en la puerta deseándoles muy buen viaje.

El mismo día se restituyeron a Saltillo.


(Tomado de: Victoriano Salado Álvarez – Episodios Nacionales: La Emigración. Editorial Porrúa, S.A. Colección “Sepan Cuántos…” #471, México, D.F. 1985)



domingo, 1 de abril de 2018

Macedonio Alcalá

Macedonio Alcalá



Músico y compositor, nació y murió en la ciudad de Oaxaca (1840-1896). Fue violinista, director de orquesta y autor, entre otras composiciones, del popular vals Dios nunca muere, que los oaxaqueños consideran su himno regional. Lleva su nombre el principal teatro de Oaxaca.

(Teatro Macedonio Alcalá)



(Tomado de:Enciclopedia de México)

sábado, 31 de marzo de 2018

Hermenegildo Bustos

Hermenegildo Bustos


(Hermenegildo Bustos. Autorretratro)


Nacido y muerto en Purísima del Rincón, Guanajuato (1832-1907). Nevero de oficio, durante el invierno recogía la nieve que se formaba en las pencas de los magueyes, la enterraba en un pozo profundo, cubierto de paja, y la vendía en el verano, añadiéndole sabores de frutas. En sus tiempos libres pintaba y siempre firmó como “aficionado”; sin embargo, se sabe que estudió 6 meses total al lado de Juan N. Herrera.

(Retrato de Francisca Valdivia, 1856)

(Retrato de Dolores Hollos, 1864)


El descubrimiento de su obra se debe a Francisco Orozco Muñoz, quien logró reunir más de un centenar de pequeños óleos suyos sobre lámina y unos cuantos sobre tela. Para el templo parroquial de su pueblo pintó El Nacimiento de Cristo, Jesús ante Pilatos, La última Cena y El purgatorio; ejecutó también algunos retablos y dos bodegones donde representó las frutas que utilizaba para producir sus helados; pero lo verdaderamente notable son los retratos que hizo de sus parientes y vecinos, “lleno de carácter, de fuerza, de mexicanidad, hasta hacer de cada uno de ellos pequeñas grandes obras maestras”, al decir de Fernando Gamboa. Junto con José María Estrada, Bustos es el máximo exponente de la pintura popular del siglo XIX mexicano.






(Tomado de: Enciclopedia de México)



Lola Casanova

Lola Casanova




En el siglo XIX eran frecuentes las incursiones de indios seris en Sonora. En una de ellas se apoderaron de Dolores Casanova, hija de una familia prominente  de Guaymas. Según la tradición, el jefe seri Coyote-Iguana la convenció de que viviese con él y se convirtiese en la “reina de los seris”. Lola aceptó, tuvo con él tres hijos, y se convirtió, en aspecto y modales, en una mujer seri.



Posteriormente hubo conflictos entre ella y su esposo por asuntos de la jefatura tribal, pero Lola siguió con los seris hasta su muerte.



Lola Casanova es una película mexicana dirigida por Matilde Landeta. Fue estrenada en 1949 y protagonizada por Meche Barba y Armando Silvestre. Está basada en la novela homónima de Francisco Rojas González. (Wikipedia)


(Tomado de: Enciclopedia de México)