La Historia de Mexico y de los mexicanos como se ha escrito: a través de diarios, de proclamas, de actas, de folletos, de libros. Los testimonios, los datos fríos, los análisis, las letras espontáneas de los corridos. Finalmente, nuestra historia. ¡No nos pierdas la pista!
Ayer comimos en Tacubaya, donde la familia Cortina, especialmente las mujeres, se encuentran en un estado de gran ansiedad. Acababa yo de escribir estas palabras cuando con tremenda sorpresa, empecé a sentir como si me jalaran para arriba y para abajo, junto con la silla y la mesa. De improviso, todo comenzó a moverse; el cuarto, las paredes y aun el suelo se balanceaba como las olas del mar. Me creí, al principio, víctima de un vértigo, pero casi en el acto me vino a las mientes que se trataba de un terremoto. Todos corrimos, o más bien haciendo eses, alcanzamos a llegar al corredor, donde los criados, arrodillados, rezaban y persignábanse con una celeridad nunca vista. Duró el temblor cerca de un minuto y medio, y creo que no causó más perjuicio que el susto consiguiente y cuarteaduras en las paredes viejas. Mientras duraba el temblor, todo México se arrodilló; hasta los pobres dementes de San Hipólito, en donde se encontraba Alex de visita en compañía del Señor … Desde ese momento tengo la sensación de mareo. Se espera que se repita el temblor dentro de veinticuatro horas. ¡Qué horroroso debe ser un gran terremoto! Qué horrible es sentir que se mueve la tierra firme y que nuestra confianza en su estabilidad se desvanece, y pensar que los elementos de destrucción que se agitan bajo nuestros pies son aún más veloces y poderosos para destruir que los que están por encima de nosotros. Todavía me río cuando recuerdo la cara que puso un pobre y joven dependiente que acababa de entrar a la casa con un paquete de cartas para Calderón. Este no se arrodilló, optó por sentarse en los peldaños de la escalera, tan pálido como la muerte, y parecía tener “cara de crema” como el criado de Macbeth, y en terminando el temblor se encontraba el muchacho tan mareado, que sin decir esta boca es mía tomó las de Villadiego para llegar a tiempo a la calle. La guacamaya, lanzando un chillido desgarrador, voló de su percha, y ejecutando un vuelo en zigzag en el aire, fue a caer en las agitadas aguas de la fuente del patio.
(Tomado de: Madame Calderón de la Barca – La vida en México)
(1870-1925). Publicó, de 1893 a 1895, en El Demócrata, su novela Tomóchic, basada en los sucesos ocurridos en 1892 en la Sierra de Chihuahua, a consecuencia de las predicaciones de Teresita Urrea, “La Santa de Cabora”, que exaltó a los indios en pro de un mundo mejor. Dio a luz, en 1916, una novela autobiográfica, Las miserias de México, y en 1923, ¿Águila o Sol?, en la que dibuja, con humor e ironía, es decir, no exento de tristeza, algunos aspectos de la época.
[…]
Se dan en él las características de lo que será la narrativa de la Revolución: testimonio y autobiografía. De ambos tienen sus libros, ninguno tan sorprendente como el primero, escrito a los veinticinco años. Es evidente la influencia naturalista, tal como no podía menos de ser, pero no fue ni la faz socializante de Zola ni la imperturbable de Maupassant; las condiciones del país no eran las francesas. Pudo retratar la realidad condicionándola a la política mexicana, sin gritar su verdad (también Zola sufrió procesos) porque el poder tenía aquí métodos más expeditivos. Según los documentos que se refieren a sus servicios en el ejército mexicano, desde el Colegio Militar hasta su baja definitiva, no fue nunca espejo de disciplina. Posiblemente por su pobreza entró en el servicio activo, como subteniente, en 1889. Teniente en 1892, tomó parte en los sucesos que relata en Tomóchic. En el proceso que se inició al año siguiente, con motivo de su publicación en El Demócrata, negó ser el autor, y el fino periodista Clausell, que dirigía el periódico, se declaró responsable. Absuelto, Frías fue dado de baja en el ejército. Volvió otra vez a colaborar en el periódico de su amigo lo que motivó su encarcelamiento en 1895; varios artículos (Desde Belén) tienen interés. Liberado siguió malviviendo como periodista y autor de unos textos semihistóricos que no merecen recordación más que por los grabados de Posada. Fue luego a Mazatlán como director de un periódico, allí escribió varias novelas, hasta que tuvo que salir huyendo en 1909, por razones políticas. Colaboró con el régimen de Madero, fue villista, dirigió el órgano oficial de la Convención de Aguascalientes. El carrancismo lo condenó a muerte; el general Obregón lo nombró cónsul de México en Cádiz (1921-1923) donde escribió su última novela ¿Águila o Sol? Regresó a México, trabajó en la Secretaría de Relaciones; murió en Tizapán sin acabar su novela El diluvio mexicano. Su obra, autobiográfica, es característica de la pobreza en la que vivió; periodista, trabajador incansable, idealista, amigo de la verdad y la justicia; sus héroes envejecen a su propia medida hasta aparecer como un viejo grueso, miope, mustios los ideales de la juventud, por la experiencia que le hizo comprender que no siempre triunfa la bondad ni la justicia. ¿Águila o Sol?, muy lejana naturalmente del genio idiomático de Valle-Inclán, es un “esperpento”, anterior en tres años a Tirano Banderas. Presenta futuros hombres importantes de la Revolución –sucede en 1910- con sus nombres, en situaciones inventadas, con intención satírica. Salvador Azuela dictaminó acerca de Tomóchic, con propiedad: “Exalta la sobriedad, el amor a la tierra, la independencia de carácter y la valentía de los indígenas, tratados con tanta saña por las fuerzas federales. La novela de Heriberto Frías, escrita con poderosa vitalidad, pero con desaliño, se lee con mucho interés. Hay pasajes que dejan huella muy viva; de tal suerte pinta con trazos inolvidables a las soldaderas del ejército, que pasan por las páginas de Tomóchic con toda su grandeza y miserias. La obra deja en el lector una impresión realista de verdad en el relato y de justiciera indignación que el autor comunica." En sus otras novelas, hay trazos que las une a las de la Revolución; su gusto por lo popular, refranes, corridos, canciones, dichos que ofrecen cierta explicación del catolicismo de las huestes revolucionarias al recordar, por ejemplo, en La vida de Juan Soldado (1918), un corrido de la guerra de Tres Años:
Virgen de Guadalupe Madre republicana: Tú proteges al indio Contra el encomendero Y los ricos traidores. ¡Que viva el indio Juárez…!
De la misma manera que reproduce el de Adiós mamá Carlota, en el que ya se apuntan las finalidades de la Revolución al hablar de “amos ruines”:
Que roban a la patria Sus aguas y su tierra.
En el prólogo de Miserias de México escribió, juzgándose con sinceridad: “Aquí hay poca literatura y mucha verdad…” En sus artículos se encuentra una clara visión revolucionaria.
Heriberto Frías merece y espera reivindicaciones.
(Tomado de: Max Aub – Guía de narradores de la Revolución Mexicana)
Ontario, Canadá, 1900-Ciudad de México, 1977. Fotógrafo en más de 200 películas. Luego de trabajar en Hollywood, llegó a México para filmar Santa (1931). “Cuando fotografío siempre tengo un pintor en la mente. Empecé con Tintoretto que, aunque fotográficamente es casi imposible, igual que Orozco obtiene la perspectiva a base de luz. En la fotografía se usa la composición, que se tiene que adaptar lo más que uno pueda, pero sin exaltarla. La única posibilidad de hacer una película artística es contar con una historia bien construida dramáticamente, para que cause un efecto emocional.”
(Tomado de: Algarabía #142. Emilio García Riera – Las grandes películas de la Época de Oro. México, D.F. 2016)
Hay un animalejo que se llama Tláquatl o tlaquatzin, del tamaño de un gato, poco más o menos, y es pardillo oscuro; tiene el pelo largo y muy blando, y cuando son viejos cáensele los pelos; tiene el hocico largo y delgado, tiene la cara pintada, las orejas pequeñas, la cola larga y peluda, ningunos pelos tiene en ella; vive entre los maizales, entre las piedras hace cueva donde mora y donde cría sus hijos; tiene una bolsa entre los pechos y la barriga donde mete sus hijuelos, y allí los lleva a donde los quiere llevar, y allí maman. Este animalejo ni sabe morder ni arañar, ni hacer algún daño aunque le tomen, y cuando le toman chilla y llora, y sálenle las lágrimas de los ojos como a persona; cuando le toman los hijos chilla mucho, y llora por ellos. Este animalejo come maíz y frijoles, y raeduras de los magueyes que sacan de ellos cuando los agujeran para sacar la miel, y también come miel; y la carne de éste es comestible y sabrosa como la del conejo, ni los huesos de este animalejo, ni la cola son de comer; si alguno los come, aunque sea perro o gato, luego echa fuera todos los intestinos.
(Tomado de Sahagún, fray Bernardino de - Historia General de cosas de Nueva España. Numeración, anotaciones y apéndices de Ángel María Garibay K. Editorial Porrúa, S. A. Colección “Sepan Cuantos…” #300. México, D.F. 1982)
Vivía yo entonces a orillas del lago de Neuchátel, pero pasaba mis fines de semana en Ginebra. Como sede de la Sociedad de Naciones, la vieja ciudad de Juan Jacobo Rousseau se había convertido en capital política del mundo. Pero ¡qué mundo y qué política! Triunfaba la ilegalidad internacional: en China, en Etiopía, en España, en Checoslovaquia, en Austria, las traiciones se alternaban con las agresiones y la actitud de los diplomáticos en las asambleas ginebrinas se volvía cada vez más “diplomática”.
Enfrentarse con “realismo” a las nuevas situaciones creadas por las potencias totalitarias y evitar a todo trance mayores tensiones con Japón, Alemania e Italia –en otras palabras, la aceptación de los “hechos consumados”, el apaciguamiento a ultranza, la no intervención mal entendida, el cuidar ante todo el “equilibrio de las fuerzas”- era la tendencia de la equívoca política internacional seguida por Francia y Gran Bretaña, política que condujo directamente a la catástrofe. Una sola nación se opuso entonces a la hipocresía y a la cobardía de los gobiernos europeos: una nación americana, todavía no industrializada, que carecía del respaldo de una poderosa organización militar. Un país “cuya fuerza consistía en su derecho y en el respeto a los derechos ajenos”. Su presidente se llamaba Lázaro Cárdenas y su delegado en Ginebra, Isidro Fabela. Tuve la suerte de conocer a éste último la primavera de 1938, poco después de mi primer viaje a México. No ignoraba su actitud en defensa de Etiopía, cuando Víctor Manuel III sustituyó nominalmente al León de Judá, y admiraba el valor con que defendió a Austria, en las horas funestas del Anschluss, cuando ni una sola de las grandes potencias ni la propia Sociedad de las Naciones protestaron contra la supresión de un estado miembro de la Liga.
Ahora la preocupación principal de Fabela era la situación de la España republicana. La lucha, cada día más desigual, se volvía estéril, debido a la “no intervención” que de hecho era, como dijo muy bien el Presidente Cárdenas, “uno de los modos más cautelosos de intervenir”, pues dejaba al gobierno legítimo en condiciones de absoluta inferioridad frente a los rebeldes y a sus aliados nazis y fascistas. A fines del mismo año el licenciado Fabela estaba turbado por la tragedia de los refugiados que vegetaban en condiciones pavorosas, en los campos de concentración improvisados por el gobierno francés cerca de la frontera. “El problema de migración a México de esos infelices es de una urgencia inmediata”, escribía al Presidente. Sabemos que pocos meses más tarde empezaron a llegar a Veracruz los vencidos. México tendió sus brazos a decenas de millares de republicanos que aquí rehicieron sus vidas. Ante la indiferencia del mundo y la cobardía colectiva, el general Cárdenas y el licenciado Fabela defendieron gallardamente los valores éticos fundamentales: libertad, justicia, humanidad. Es tan fácil pronunciar estas palabras, y tan difícil obrar en coherencia con ellas. Esta coherencia, a través de tantos años, es uno de los aspectos más positivos del clima, instaurado aquí por la Revolución. Al cabo de un cuarto de siglo, México sigue reconociendo el gobierno legítimo de España y no acepta el “hecho consumado”: actitud que singulariza a México en el mundo de conciencia algo elástica en que vivimos. Fabela como profeta La clarividencia política de Isidro Fabela en aquellos años demuestra que a su innato quijotismo aúna el sentido común de Sancho Panza. A principios de 1939 escribe a Cárdenas que la nueva guerra europea es inevitable: se llama Chamberlain “el apóstol negativo de la paz”; condena el antisemitismo nazi, que reduce a los judíos “que han contribuido al considerable progreso material y moral e intelectual del Estado alemán, y del mundo, a la condición de miserables parias, sin patria, sin paz y sin pan”; analiza las verdaderas causa por las cuales el Perú se ha retirado de la Sociedad de las Naciones: la afinidad de su gobierno con la ideología totalitaria de Hitler y Mussolini. Además de Quijote-Sancho, es profeta. Escribe al general Cárdenas que Hitler sumirá a su país en el peor de los desastres, condenándole a su posible desaparición como gran potencia; añade que si la conflagración se generaliza, la intervención de los Estados Unidos será decisiva en la hora culminante. Este es el hombre que me brindó su amistad en Ginebra; un hombre que ennoblece toda una nación. Allá en Suiza su valor civil y su postura tan distinta a la de todos los demás diplomáticos la había conquistado un respeto que, desde luego, repercutía sobre la nación que representaba. El licenciado Fabela me hablaba de México y de su Revolución, de la que había sido él uno de los protagonistas. Evitaba la hipérbole; pero aseguraba con la lucidez del vidente que en su nuevo clima social México adelantaría con un ritmo insospechado. Pocos años más tarde, él mismo contribuyó, como gobernador de su estado natal, a la industrialización de Toluca, Tlalnepantla y de Naucalpan. Su fe en la nueva generación de México no se fundaba en razones sentimentales, sino en el conocimiento de la historia: los mexicanos han logrado sobrellevar y dominar las crisis más duras de la conquista hasta la de la liberación del coloniaje; desde las de las intervenciones militares extranjeras del siglo pasado hasta la de la Revolución en la segunda y tercera década de nuestra centuria. Estaba convencido de que un pueblo de tan recia personalidad como el suyo, confluencia de ríos culturales europeos y americanos, dotado además de una sensibilidad nueva y singularmente aguda, diría pronto una palabra nueva al mundo. ¿En el arte? ¿En la ciencia? ¿En la filosofía? Estaba por verse. Por el momento, él, Isidro Fabela, interpretaba en Ginebra el pensamiento del gobierno y del pueblo mexicano, y lo expresaba contra el viento de los demócratas acobardados y la marea de los totalitarios ensoberbecidos. Cierto día don Isidro Fabela me preguntó si no me agradaría proseguir mi existencia en su país, esto era (son sus palabras), incorporarme a la vida nacional de México. Un cuarto de siglo después puedo decir que aquí he ensanchando mis horizontes, trabajando con pasión y enjundia en el campo que he elegido, el de la investigación; que mi vida ha sido aquí dichosa y llena de estímulos; en fin, que desde el primer día he sentido que pertenecía para siempre (¡qué palabra tan definitiva, y sin embargo es la justa!) a esta tierra suya y ahora también mía.
(Tomado de: Gutierre Tibón - México en Europa y en África)
Apenas hay un punto en el globo en donde las montañas presenten una construcción tan extraordinaria como las de Nueva España. […] La cadena de las montañas que forman la grande llanura del reino de México, es la misma que con el nombre los andes atraviesa toda la América Meridional; pero la construcción, o digamos el armazón de esta cadena, se diferencia mucho al sur y al norte del ecuador. En el hemisferio austral, la cordillera está por todas partes hendida y cortada, como si fuera por venas de minas abiertas y no llenas de sustancias heterogéneas. Si algunas llanuras hay elevadas de 2,700 a 3,000 metros, como en el reino de Quito y más al norte en la provincia de Los Pastos, no pueden compararse en extensión con las de Nueva España; son más bien valles altos longitudinales, cerrados por dos ramales de la gran Cordillera de los Andes. Pero en México, por el contrario, la loma misma de las montañas es la que forma el llano; de modo que la dirección de la llanura es la que va marcando, por decirlo así, la de toda la cadena. En el Perú, las cimas más elevadas forman la cresta de los Andes; y en México, estas mismas cimas, menos colosales a la verdad, pero siempre de 4,900 a 5,400 metros de altura, están o dispersas en la llanura, o coordinadas en líneas que no tienen ninguna relación de paralelismo con la dirección de la cordillera. El Perú y el reino de la Nueva Granada presentan valles transversales, cuya profundidad perpendicular es a veces de 1,400 metros. Estos valles son los que impiden a los habitantes viajar si no es a caballo, a pie, o llevados a hombros de los indios que se llaman cargadores. En el reino de Nueva España, al contrario, van los carruajes desde la capital hasta Santa Fe, en la provincia del Nuevo México, por un espacio de más de 500 leguas comunes; sin que en todo este camino haya tenido el arte que vencer dificultades de consideración. En general, el llano mexicano está tan poco interrumpido por los valles, y su pendiente uniforme es tan suave, que, hasta la ciudad de Durango situada en la Nueva Vizcaya, a 140 leguas de distancia de México, se mantiene el suelo constantemente elevado, de 1,700 a 2,700 metros, sobre el nivel del océano vecino; altura a que están los pasos del Montcenis, del San Gotardo y del gran san Bernardo. Para examinar este fenómeno geológico con toda la atención que merece, yo hice cinco nivelaciones barométricas. La 1ª, atravesando el reino de Nueva España desde las costas del Grande Océano hasta las del Golfo mexicano, desde Acapulco a México, y desde esta capital a Veracruz. La 2ª, desde México por Tula, Querétaro y Salamanca, hasta Guanajuato; la 3ª, comprende la intendencia de Valladolid desde Guanajuato hasta Pátzcuaro, en el volcán de Jorullo. La 4ª, desde Valladolid a Toluca, y de aquí a México; y la 5ª abraza los contornos de Morán y de Actopan. Los puntos cuya altura he determinado, ya por medio del barómetro, ya trigonométricamente, son 208; distribuidos todos en un terreno comprendido entre los 16° 50’ y 21° 0’ de latitud boreal, y los 102° 8’ y 98° 28’ de longitud (occidental de París). Fuera de estos límites, no conozco sino un solo paraje cuya elevación esté determinada con exactitud, es, a saber, la ciudad de Durango, cuya elevación, deducida de la altura barométrica, es de 2,087 metros. El llano de México conserva por consiguiente su extraordinaria altura, aun extendiéndose por el norte mucho más allá del trópico de Cáncer.
(Tomado de: Humboldt, Alejandro de – Ensayo Político sobre el reino de la Nueva España. Estudio preliminar, revisión del texto, cotejos, notas y anexos de Juan A. Ortega y Medina. Editorial Porrúa, colección “Sepan Cuantos…” #39. México, D.F.,2004)
En lo que fuera la primera iglesia parroquial -ya desaparecida-, fue construido otro templo que llegó a llamarse de De Bracho. Al crecimiento de la población, se acordó en el año de 1567 erigir un templo más al centro, escogiéndose el lugar donde actualmente existe. Se comenzó a construir con los fondos de las cofradías, concluyéndola el 8 de septiembre de 1625. Sus habitantes, habiéndola encontrado muy pobre e indigna de su ciudad, acordaron derribarla para edificar la que ahora es la Catedral, habiendo sido solemnemente inaugurada con el acostumbrado boato y suntuosidad el 15 de agosto de 1752. La torre que mira a la plaza fue concluida el 5 de enero de 1782. Todo el edificio es una maravilla de la orfebrería arquitectónica mexicana.
(Tomado de: Casasola, Gustavo – 6 Siglos de Historia Gráfica de México 1325-1976. Vol. 2. Editorial Gustavo Casasola, S.A. México, 1978)
Es el más importante de la capital. Radica en la parte vieja, en terrenos del antiguo convento que le da nombre. Pero no se ciñe a un ámbito propio, de construcción adecuada, sino que se extiende y derrama por una porción de calles y callejones adyacentes que hacen imposible dominarlo en una visita.
Los mercados revelan en todas partes muchos pormenores de la población y de la vida, pero éste es particularmente rico en datos de importancia. Lo primero que sorprende es el silencio dominante en todo aquel conglomerado humano que por la índole de su comercio suele ser ruidoso. Ya en otro lugar hemos apuntado algo sobre ese silencio del indio. Como sobre sus modales suaves y finos. En este mercado no se grita, no se canta, no se despide con mal humor al visitante; nadie ríe, nadie pide. Si se invita a comprar, se hace con maneras modosas y tan simpáticas que se siente uno dolorido de no poder acceder a todas las ofertas.
Antes de penetrar en el edificio matriz del mercado, entre las apreturas de una calle obstruida por barracas, puestecillos, automóviles y peatones, topamos con el hombre del pajarito de la suerte. La jaula triple, donde tenía a sus tres pajaritos amaestrados, merecía una foto porque su forma, su color y adornos eran de un mexicanísimo agudo. Esta jaula, pintada con amarillo limón, pequeño mueble rococó, teatrito de singular arquitectura, estaba cubierto con su pequeño dosel de terciopelo para evitar insolaciones a los cómicos pajaritos.
Para poder avanzar y salir con bien de este laberinto es preciso un práctico, como en las ensenadas difíciles. Sin él nos pararíamos ante el primer montón de cosas y no llegaríamos nunca a los mejores. Inés Amor, esta mexicana inteligente y activa, nos llevó, a Pedro Salinas, el poeta, y a mí, a un corredor del mercado que parecía el templo de la magia, cubierto desde el suelo al techo con la más rica variedad de plantas aromáticas y medicinales, que uno puede soñar, más algún camaleón vivo, algunas alas de murciélago y algunos cuernos de macho cabrío. Delante del puesto número 380 campeaba un cartelón que decía: “Dominga Paredes, herbolaria. Vende toda clase de hierbas medicinales, explicando su procedencia de cada una de ellas. Cura toda clase de enfermedades. Especialidad en venéreas y del corazón.” Y en otro, lo que sigue: “Curo la diabetes y la úlcera del estómago, la tuberculosis, la sangre [este nombre acompañado de un manchón carmín], embriagues [así, con s], sin perjudicar el organismo.”
Mil aromas invitaban a comprar. Pero ¿para qué? La herbolaria nos sacó de dudas: “Para un baño tónico y aromático”. Y nos puso en un papelón varios puñados de estas hierbas: toronjil, hinojo, romero, azocopaque, santodomingo, pericón, azahar, hoja de higo, ruda, cedrón, rosa de Castilla y manzanilla.
La experta, la práctica, la conductora Inés nos empujó a otro corredor lleno de encanto, pasando sin detenernos ante los puestos de chiles variadísimos den tamaño, colores y calidades. Este otro corredor estaba especializado en objetos de caña, paja, petate, jarcia, junco y madera. Es decir, en canastos, cestas, sillas, anaqueles e infinidad de variantes.
A partir de este segundo corredor ya no pude ordenar mis observaciones. Sólo puedo decir que salimos a una calle, a cuyo fondo se veía una extrañísima iglesita barroca llamada del Cristo de Manzanares. Donde había patibularias y sucias imágenes entre centenares de lamparitas de aceite, paredes renegridas y altares sin lienzo. Sé que tuve en mis manos ojos de venado, secos y adornados con hilos y cuentas de plata, útiles contra el mal de ojo, y manitas de azabache que vendían las mismas mujeres para el mismo fin. Sé que observamos las llamadas encomiendas, que son portales para mercaderes, y notamos que en el interior de todas ellas lucían altarcitos con su correspondiente lámpara encendida. Sé que pasamos cerca del Callejón de la Pulquería de Palacio y que nuestros ojos se colaban por puertas con vistas a corredores superholandeses donde flameaban los lienzos colgados a secar y se movían mujeres y niños, entre hombres apoyados en bultos de mercancía.
Dando vueltas por puestos de frutas ricas y bajo letreros y muestras de tiendas pintorescas, objetos brillantes y mates, coloreados o desvaídos, fuimos a parar a unas barracas donde vendían soldaditos de plomo o apetitosos dulces más visitados por las moscas de lo que era menester. Pedro Salinas goza con todos los productos menores del pueblo artista y se detuvo a comprar chácharas plumíferas y de barro. Compró soldaditos de plomo y todo un bestiario de diminutas figurillas arcillosas tan toscas como gráciles. La vendedora nos ofreció unos banquillos muy bajos para poder examinar sus géneros extendidos en el suelo.
Y Salinas exclamaba a cada momento: “¿No es un encanto comprar así, en plena calle, sentado bajo un toldo y sin prisas ni abusos?” Todo el papelón lleno de figurillas costó noventa y cinco centavos.
Nuestro examen final fue el de los dulces. La dulcería es en México un tema tan cabal y tan extenso que tardaré varios años en medio documentarme para poder abordarlo. En este momento baja de su motocicleta un militar, compra un dulce hincado en un palillo, se lo pone en los labios monta otra vez y arranca veloz. Nuestros ojos escudriñan, saltan y comparan buscando los dulces más seductores de forma, color y jugosidad. Entre los puestos andan o duermen los perros. Hay dulcerías de éstas que preservan sus confituras con vitrinas, otras no. Despachan mujeres de abundantes carnes, que mientras no tienen parroquianos, amamantan a sus chamacos. El colorido de los puestos es variado pero, por si no bastan los colores de los dulces, cuelgan de las paredes abigarrados cartones de lotería con premios en juguetes entre tiras de plata y oro.
(Tomado de: Moreno Villa, José – Cornucopia de México y Nueva Cornucopia mexicana. Colección Popular #296, Fondo de Cultura Económica, S.A. de C.V., México, D.F., 1985)
Sacerdote azteca que con otro compañero encontró "el nopal sobre el cual está parada el águila" (Anales Mexicanos, no. 3), y de repente "se sumió en el hondo del agua verde". Veinticuatro horas después apareció en Chapultepec, donde estaban los aztecas, y les contó su aventura: en el fondo del lago había visto a Tláloc, quien le dijo: "Este es el lugar que han de poblar y hacer la cabeza de su señorío". (Torquemada I).
(1793-1836), colonizador de Texas. Se estableció en San Antonio Béjar, y en 1824 fue nombrado juez por las autoridades de Monterrey, con permiso para colonizar el territorio. Por aconsejar la creación de un gobierno independiente en Texas, el presidente Gómez Farías ordenó su detención en Saltillo, Coahuila, y su encarcelamiento en México. Al ser liberado en 1835, auspició una revolución ayudando a conseguir dinero, gente y apoyo político a la independencia de Texas. A pesar de ello, fue derrotado por Sam Houston en la campaña presidencial en ese estado.