miércoles, 5 de febrero de 2020

Peyote, raíz diabólica


X. LA “RAÍZ DIABÓLICA”
EL PRIMER cacto alucinogénico representado en el arte antiguo de América es un miembro alto y columnario de la familia cereus, el trichocereus pachanoi, que contiene mescalina y es llamado San Pedro por los curanderos de la costa del Perú (Sharon, 1972). El San Pedro ha sido identificado a través de las efigies funerarias de barro y en los textiles pintados de Chávin, la más antigua de una larga sucesión de civilizaciones de los Andes que data aproximadamente del año mil a. c. También ha sido representado en el arte ceremonial de las posteriores culturas moche y nazca, que confieren al psiquedélico cacto sagrado, del oeste de Sudamérica, un rango cultural de cuando menos tres mil años.
Pero el miembro alucinogénico más importante, química y etnográficamente más complejo, de la familia de los cactos (en términos de su historia; de la atención popular, científica, religiosa y legal; y de su utilización cultural desde épocas antiguas hasta el presente) es el lophophora williamsii, mejor conocido como “peyote”, un cacto pequeño, sin espinas, nativo del desierto de Chihuahua.
A pesar de su hábitat desértico relativamente limitado (que se extiende desde la cuenca del río Bravo en Texas hacia la alta meseta central del norte de México ubicada entre las sierras Madres Oriental y Occidental hasta la latitud aproximada del Trópico de Cáncer), el peyote tuvo mucha estimación en gran parte de la antigua Mesoamérica, y sus representaciones artísticas más antiguas, halladas en piezas de cerámica mortuoria del México occidental, datan de los años 100 a. e. al 200 d. e.
El peyote es aún altamente valorado por muchos indios, y para una población indígena, los huicholes, permanece, como en las épocas prehispánicas, en el centro mismo de un sistema chamanístico de religión y ritual que, insólitamente, ha permanecido libre de influencias cristianas mayores.
Finalmente, el cacto divino de los huicholes y de pueblos más antiguos se ha convertido en el sacramento de un nuevo fenómeno religioso: el culto pan-indio de peyote, originado por una profunda crisis espiritual y sociocultural en el siglo XIX, se extendió de la frontera de Texas hasta sitios tan lejanos como las llanuras canadienses, hasta integrarse en la actualidad como la Iglesia Nativa Americana, con un cálculo estimado de 225 mil miembros. Su notable historia, y la de la larga lucha de los indios, antropólogos y libertarios civiles para que el peyote ganara un status legal en contra de leyes estatales y federales científicamente absurdas y constitucionalmente cuestionables, está documentada en The Peyote Cult, de La Barre. Publicada por primera vez en 1938, esta obra clásica de la antropología ha sido puesta al día repetidas veces y fue reimpresa recientemente en 1969 y de nuevo en 1974. En este capítulo y en el próximo, a partir de mi experiencia personal trataré de mostrar algo de la forma y significado del “peyotismo” en su contexto indígena mexicano que ciertamente ha contribuido a su manifestación norteamericana (si es que a fin de cuentas no representa su ancestro).

UNA “FÁBRICA DE ALCALOIDES”
El peyote es identificado popularmente con su alcaloide mejor conocido, la mescalina, pero en realidad ésta sólo es uno de más de treinta alcaloides distintos que hasta la fecha se han aislado, junto con sus derivados de las aminas, de esta notable planta, que Schultes (1972a) correctamente llama “una verdadera fábrica de alcaloides”. La mayoría de estos constituyentes pertenecen a las feniletilaminas y a las biogenéticamente emparentadas isoquinolinas simples; y casi todos son, de una manera u otra, biodinámicamente activos, con la mescalina como el principal agente que induce visiones (pp. 39, 40). Pero el peyote es una planta alucinogénica muy compleja, cuyos efectos incluyen no sólo imágenes brillantemente coloridas y auras débilmente resplandecientes que parecen rodear a los objetos del mundo natural, sino también sensaciones auditivas, gustativas, olfatorias y táctiles, junto con sensaciones de falta de peso, macroscopia y alteración de la percepción del tiempo y del espacio. A causa de la interacción fisiológica de los distintos alcaloides en toda la planta, Schultes advierte en contra de un paralelismo demasiado próximo entre los efectos de la mescalina sintética, como los descritos tan elocuentemente por Aldous Huxley, y las experiencias psíquicas de los peyotistas indios.
Aunque la iglesia Católica no titubeó en emplear las medidas más ásperas para exiliar el peyote del uso nativo como “raíz diabólica” —llegó incluso al extremo de igualar el consumo del peyote ¡con el canibalismo!—, el culto del cacto sagrado sobrevivió a la represión colonial; los poderes sobrenaturales y terapéuticos que se le atribuían antiguamente quedaron, sin embargo, intactos.
Una razón fue, por supuesto, el aislamiento físico de algunos de los grupos que más estimaban el peyote. Los huicholes y sus primos cercanos, los coras, por ejemplo, continuaron disfrutando una libertad relativa de la dominación española, incluso después de que su abrupto territorio en la Sierra Madre Occidental fue, nominalmente, puesto bajo el dominio militar y eclesiástico de la colonia alrededor de 1722. Se establecieron misiones, pero los indios se opusieron exitosamente a la conversión. Hubo una cierta aculturación, pero física e ideológicamente los huicholes continuaron siendo relativamente autónomos, y esta condición se hizo aún más pronunciada después de la Independencia mexicana. Este aislamiento de la corriente principal sociológica y religiosa del México posthispánico explica en gran medida por qué los diez mil huicholes preservaron mucho más de su herencia religiosa pre-europea de lo que lo hicieron otros indios mesoamericanos.
En el México moderno el peyote ha estado al alcance en muchos mercados herbolarios como una planta medicinal de gran estima. Y los huicholes (que por encima de otros pueblos indígenas consideran sagrado al peyote —en realidad, divino— y que lo ingieren durante actos ceremoniales) no han impuesto sanciones, legales o éticas, a causa de su uso extrarritual. Ellos lo emplean terapéuticamente para combatir una variedad de males físicos; se toma para aliviar la fatiga, y a menudo se le consume sólo para obtener sensaciones psíquicas agradables. Pero jamás se le considera meramente “una droga” ni se le equipara con otros productos químicos que los huicholes paulatinamente han llegado a conocer vía los servicios médicos que el gobierno lleva hasta los indios más remotos. Insisten mucho en que asuntos de esa importancia no deben confundirse. Un reportero cometió el error de llamar “droga” al peyote cuando entrevistaba, en mi presencia, a un chamán huichol, y éste, indignado, respondió: “La aspirina es una droga, el peyote es sagrado.”

“MESCALINA”: DENOMINACIÓN INEXACTA
Debo mencionar aquí que tanto “mescalina” como “peyote” son en realidad denominaciones erróneas. El lophophora williamsii es llamado en ocasiones “botón de mescal” (de allí, mescalina), pero no tiene nada que ver con la variedad del agave del cual se destilan las fuertes bebidas alcohólicas conocidas como mezcal y tequila. “Peyote” se deriva del náhuatl peyótl, pero ese término no sólo ha sido aplicado al lophophora williamsii sino también a varias otras plantas no relacionadas que tienen propiedades medicinales. Los huicholes lo llaman híkuri, y ya que así llaman también a muchas otras plantas pertenecientes a la familia de la lengua uto-azteca y nahua, híkuri es tal vez el nombre aborigen correcto.
El peyote, como la coca (erythroxylon coca) en los Andes, es un efectivo estimulante contra la fatiga, y como tal se le ha conocido desde hace mucho tiempo. De esto tenemos, entre otros, el testimonio de Carl Lumnholtz (1902), el etnógrafo noruego pionero en el estudio de los huicholes y de otros indios mexicanos, quien viajó mucho a través de la Sierra Madre en los últimos años del siglo pasado [siglo XIX]. En una ocasión, completamente exhausto y en el fondo de un cañón profundo, después de una larga marcha e incapaz de dar otro paso (para empeorar las cosas acababa de recuperarse de un ataque de malaria), sus amigos huicholes le dieron un solo híkuri:
...El efecto fue casi instantáneo, y ascendí la colina con gran facilidad, descansando aquí y allá, para llenarme de aire. (pp. 178-179.)
Aún más interesantes resultan las recientes pruebas de laboratorio que confirman que cuando los indios llaman “medicina” al peyote no lo hacen sólo en términos de un poder sobrenatural (“medicina de poder”, en la terminología de los indios de las Llanuras), sino más bien como un medicamento real. Los investigadores de la Universidad de Arizona aislaron una sustancia cristalina de un extracto de etanol de peyote que, descubrieron, manifestaba una actividad antibiótica en contra de un amplio espectro de bacterias y de una variedad de un hongo imperfecto, incluyendo cepas del staphylococcus aureus, que es resistente a la penicilina (McLeary et al., 1960:247-249).
Los huicholes, para quienes el peyote es sinónimo de —y cualitativamente equivalente a— venado divino o del sobrenatural Amo de la Especie de los Venados, toman la planta alucinogénica principalmente de dos maneras. Una es el cacto fresco, entero o cortado en pedazos, en cuya forma equivale a la carne del venado. La otra es el cacto macerado o molido en un metate y mezclado con agua. La última combinación simboliza, entre otros significados, la simbiosis o interdependencia de las estaciones húmeda y seca, caza y agricultura, y hembra y macho (cacto y venado son masculinos; el agua, femenina).

LA BÚSQUEDA SAGRADA DEL PEYOTE
El peyote no es originario de la Sierra Madre, así es que los indios tienen que viajar grandes distancias a fin de obtener la dotación necesaria para las ceremonias, para el uso personal y para intercambiar con los indígenas vecinos. Este peregrinaje es por mucho la empresa más sagrada del ciclo ceremonial anual y también sirve como un rito de iniciación, así es que no todo huichol adulto ha sido participante, ni puede decirse que todos ellos han probado el peyote. El peregrinaje no es obligatorio, pero como en el caso del devoto musulmán que va a La Meca, es una tarea sagrada que conlleva un enorme beneficio potencial para la vida de uno y para el bienestar de la comunidad, y viene a ser una empresa a la cual muchos indios aspiran cuando menos una vez, y a la que los aspirantes a chamanes deben dedicarse un mínimo de cinco veces; algunos de los más viejos y más tradicionales de los huicholes la han llevado a cabo diez, veinte y, en casos raros, hasta treinta veces a lo largo de su vida.
Al final de esa marcha larga y ardua, a 450 kilómetros al noroeste del territorio huichol, en los altos desiertos de San Luis Potosí, se encuentra Wirikuta, el mítico lugar de su origen. Allí moran los seres sobrenaturales conocidos como los kakauyarixi, los Antiguos, los ancestros divinos, en sus sitios sagrados. Allí el híkuri, el cacto mágico, se manifiesta como el Hermano Mayor Venado, el mediador cuya carne divina permite no sólo al elegido, el chamán, sino también al huichol ordinario trascender las limitaciones de su condición humana: “encontrar su vida”, como dicen los indios.

LOS ORÍGENES MITICOS DEL PEYOTE
Recuerdo a un viejo mara’akame (término huichol que designa tanto al chamán que cura y al que canta, así como al sacerdote de los sacrificios) de gran renombre, de quien se decía que había llevado a cabo la dificultosa jornada no menos de 32 veces ¡a pie! Caminar la ida y el regreso era la forma tradicional, pero actualmente la mayor parte de los peyoteros huicholes utilizan cualquier transportación que esté a la mano: autos, camiones, autobuses, carretas y hasta el tren. Esto se acepta siempre y cuando los lugares sagrados que se hallen en el camino sean debidamente reconocidos con plegarias y ofrecimientos, y se cumplan todos los demás requerimientos rituales. El modelo fue establecido hace mucho tiempo, en tiempos míticos, cuando el Gran Chamán, Fuego, conocido como Tatewarí, Nuestro Abuelo, condujo a los dioses ancestrales en la primera búsqueda ritual de peyote. Se dice que el dios del fuego se les apareció cuando los peyoteros se hallaban sentados en círculo en un templo huichol, cada uno de ellos quejándose de distintos males. Cuando le preguntaron al Gran Chamán, Fuego, que adivinara la causa de sus padecimientos, éste respondió que sufrían porque no habían ido a cazar al Venado divino (peyote) en Wirikuta como habían hecho una vez antes sus propios ancestros, y por eso habían sido privados de los poderes curativos de la carne milagrosa. Se decidió entonces tomar arco y flecha, y seguir a Tatewarí para “encontrar sus vidas” en la distante tierra del Venado-Peyote.
Estos dioses eran masculinos, pero, fieles a la creencia huichol de que sólo la unificación y el equilibrio adecuado de lo masculino y lo femenino garantizan la vida, en el transcurso del camino, en los pozos de agua sagrados del desierto, que los huicholes llaman Tateimatinieri, Sitio de Nuestras Madres, se les unió el componente femenino del Olimpo huichol, la Diosa Madre terrena del agua y de la lluvia, de la fecundidad y la fertilidad de la tierra, y de todos los fenómenos de la naturaleza, incluyendo la humanidad. En su aspecto animal estas diosas maternas son serpientes, una identificación simbólica que los huicholes de la actualidad comparten con los pueblos prehispánicos.
Cada huichol está familiarizado por completo con esta tradición del peyote y con el itinerario sagrado. Cada año, cuando las primeras puntas de la milpa y las primeras calabazas han madurado en los campos, se lleva a cabo una prolongada ceremonia entre los niños más pequeños, quienes son comparados con los primeros frutos de la agricultura, y para quienes el chamán mayor del grupo recita la historia en una canción repetitiva con el acompañamiento de su tambor mágico.
Yo participé en dos peregrinajes de peyote, en 1966 y después en 1968. Lo que sigue está esencialmente basado en el segundo de éstos, cuando en dos vehículos transportamos a dieciséis huicholes, incluyendo a cuatro mujeres y tres niños (el más pequeño de sólo siete días de nacido cuando iniciamos el viaje), desde Nayarit, en el occidente de México, a Wirikúta. Estos dos peregrinajes fueron conducidos por el ya fallecido Ramón Medina Silva, un artista y chaman carismático y dotado que durante varios años había vivido marginado de la tradicional sociedad de agricultura de subsistencia de los huicholes, aunque sin dejar de seguir firmemente comprometido con la validez de la religión y tradición huicholes. El peregrinaje de 1968 era el quinto que hacia, y culminaba su autoaprendizaje como mara´akarne. Él conduciría después dos más, uno de ellos enteramente a pie (en cumplimiento de un voto que hizo a los divinos ancestros por la curación de la artritis reumática de su esposa Lupe), antes de que ocurriera su muerte trágica, en junio de 1971, durante el tiroteo que tuvo lugar en una fiesta en la que se celebraba la limpia de los bosques de la sierra a fin de tener un nuevo campo para sembrar maíz. Tales fiestas usualmente conllevan mucha bebida, y ella fue la que lo llevó a la muerte. Entonces andaba por los cuarenta y cinco años de edad.
Como el etnógrafo alemán Konrad Theodor Preuss (1908) observó previamente en este siglo, el chamanismo y el ritual huichol, aunque comparten muchos elementos básicos, tienden hacia lo idiosincrático en la ceremonia en sí, y ni siquiera es probable que dos chamanes, aun cuando pertenezcan a la misma comunidad, lleguen a concordar enteramente en la interpretación de una particular tradición. No obstante, la estructura básica permanece. Así sucedió con la versión de Ramón en la búsqueda ritual del peyote: aquí y allá difería de otras descripciones que me habían hecho, pero en lo esencial concordaba notablemente con las que, basándose en las narraciones de los informantes, hicieron Lumholtz y otros estudiosos de la cultura huichol.

“SOMOS RECIÉN NACIDOS”
Absolutamente esencial para el éxito físico y metafísico de la empresa sagrada del peyote es un rito de purificación sexual, concebido para que los peregrinos retornen a un estado de inocencia prenatal. El rito requiere que todos los presentes, hombres y mujeres, identifiquen por su nombre y en público a todos y cada uno de los compañeros sexuales que han tenido desde la pubertad. Esto se aplica incluso a aquellos que no harán el viaje, y que se quedarán para cuidar que el divino fuego del hogar —una de las manifestaciones de la deidad del fuego— permanezca encendido durante todo el peregrinaje.
Para apreciar esto se debe saber que los polígamos huicholes, aunque defienden el ideal de la fidelidad marital, no se distinguen precisamente por su apego a él; que los participantes usualmente son extraídos de la misma, pequeña, comunidad, por lo general de casas más o menos emparentadas por sangre o matrimonio; y que el público, muy atento, las más de las veces está compuesto por los mismos compañeros sexuales cuyos nombres han sido públicamente proclamados. Sin embargo, es una exigencia absoluta que ningún presente, sea esposo, esposa o amante, muestre el menor grado de ira o celos. De hecho, tales sentimientos tienen que ser alejados de lo más profundo del ser (“del corazón de uno”, como dicen los indios), y las confesiones han de ser recibidas con buen humor, incluso alegremente. Por tanto, en vez de recriminaciones o lágrimas, en los dos ritos de purificación sexual que presenciamos hubo risas, exclamaciones, de aliento, y algunas veces oportunos y jococos recordatorios, por parte de maridos, esposas y otros familiares, de asuntos amorosos omitidos inadvertida o deliberadamente.
Como chamán oficiante y manifestación del viejo Dios del Fuego Tatewarí (quien se halla presente en el fuego ceremonial en torno al cual el grupo se congrega para personificar a los peregrinos originales, divinos, de las épocas míticas, pues cada peregrinaje recrea la primera búsqueda ritual del divino cacto), la tarea de Ramón consistía en aceptar la confesión de sexualidad y en “deshacer”, es decir, revertir, el paso del peregrino a través de la vida hacia la edad adulta, y en hacerlo regresar simbólicamente a la infancia y a un estado afín a ese espíritu. Los huicholes dicen: “Nos hemos vuelto nuevos, estamos limpios, somos recién nacidos.”
El tierno estado del “recién nacido” también se simboliza a través de una cuerda anudada que ata a los peregrinos simbólicamente uno con otro y, a través de su chamán, con la Madre Tierra misma. Como si desatara el ombligo, el chamán ata un nudo para cada compañero y después enrolla la cuerda en forma de espiral, que él añade a la parte trasera de su arco de cacería. Esta espiral es una metáfora del viaje al “lugar de origen” y el regreso subsecuente “este mundo” (es decir, muerte y renacimiento). 
El simbólico cordón umbilical cuyos nudos serán desligados a su regreso de Wirikuta no debe de confundirse con la cuerda de nudos-calendario, mencionada por Lumholtz (pero omitida en nuestros dos peregrinajes), ni con el cordel anudado que desempeña una función crucial en la obliteración de la sexualidad adulta, y que representa la cuerda a la cual el chamán ha “atado” la experiencia sexual de todos, y cuyo sacrificio en el fuego completa el rito de purificación.

EL PASO PELIGROSO
Habiéndose despojado, simbólicamente, de su condición y adulta y de su identidad humana, los peregrinos ahora pueden asumir verdaderamente la identidad de espíritus, pues así como su guía es Tatewarí, el Dios del Fuego y Primer Chamán, ellos se convierten en las deidades ancestrales que lo siguieron en la caza primordial del Venado-Peyote. De hecho, sólo como espíritus pueden “cruzar”, esto es, recorrer a salvo, el paso peligroso, el umbral de las Nubes Estrepitosas, que dividen el mundo ordinario del no-ordinario. Ésta es una de las varias versiones huicholes de un tema casi universal en la mitología funeraria, heroica del chamanismo.
Que en la actualidad este extraordinario paso simbólico se encontrara localizado a unos cuantos metros de una carretera densamente transitada en las afueras de la ciudad de Zacatecas, era algo que no parecía aportar gran cosa a los huicholes, quienes siempre, durante toda la marcha sagrada, actuaban como si el siglo XX y todos sus portentos tecnológicos no existieran, ¡aun cuando ellos mismos viajaban en un vehículo de motor y no a pie! En realidad, para nosotros nada ilustraba con tanto dramatismo la cualidad intemporal de toda la experiencia del peyote que ese ritual de pasar a través de un umbral peligroso que existía sólo en las emociones de los participantes, pero que para ellos no era menos real a pesar de su invisibilidad física.
Llegamos a las afueras de Zacatecas a media mañana. Acomodados en el orden propio que Tatewarí decretó en tiempos antiguos, los peregrinos procedieron en fila india hacia una cueva de cactos pequeños y de espinos que se hallaba a poca distancia de la carretera.
Escuchaban con atención arrobada cómo Ramón relataba los pasajes relevantes de la tradición del peyote, e invocaba, para la ordalía inminente, la protección y asistencia de Hermano Mayor Kauyumarie, una deidad-venado y héroe de la cultura que es el espíritu ayudante del chamán. En dirección de Ramón, cada uno tomó una pequeña pluma roja y verde de cotorra de un montón que se hallaba en el sombrero de paja de un matewáme (alguien que nunca ha asistido previamente a un peregrinaje de peyote, o sea, un neófito no iniciado), y la ató a las ramas de un espino en un rito propiciatorio que tiene sus analogías entre los indios pueblos del suroeste de los Estados Unidos.
A cierta distancia del camino, los peregrinos fueron conducidos a un espacio abierto que ofrecía un bello paisaje del valle del cual habíamos llegado. Allí formaron un semicírculo: los hombres a la izquierda de Ramón; las mujeres y los niños, a la derecha. Aunque conocían de memoria las tradiciones del peyote, escuchaban cuidadosamente cuando Ramón les platicaba cómo, con la ayuda de las astas de Kauyumarie, podrían pasar a través del peligroso umbral de las Nubes Estrepitosas. Pero desde ese momento hasta que llegaran al Lugar Donde Moran Nuestras Madres, los matewámete (pl.) que había entre ellos tendrían que “caminar en la oscuridad”, pues eran “nuevos y muy delicados”. Empezando con las mujeres en un extremo de la fila, Ramón procedió a cubrir los ojos de los novicios. Aun los niños, incluyendo a los bebés, fueron vendados.
Todos tomaban el vendaje de los ojos con gran seriedad; algunos incluso lloraban, pero también ocurrían los rápidos cambios entre solemnidad y humor que son característicos del ceremonial huichol. Diálogos vivos y cómicos tenían lugar entre Ramón y los veteranos de previos peregrinajes: ¿había comido bien el compañero, había mitigado su sed? Sí, cómo no, la panza estaba llena a reventar de todo tipo de cosas ricas para comer y beber. ¿Le dolían sus pies después de tanto caminar? No hombre, caminaba muy cómodo. (En realidad, nadie había comido más que el magrísimo alimento consistente en cinco tortillas secas por día. Nada de agua se permitía durante el camino a Wirikuta. En cuanto a la caminata, naturalmente nosotros íbamos en automóvil, pero el reconocimiento adecuado de varios sitios sagrados en el camino repetidamente requirió marchas en fila india dentro y fuera del desierto.)
Después del vendaje ritual de los ojos, Ramón condujo a los peregrinos a unos cuantos cientos de metros al noroeste. Allí, un sitio sin interés alguno para el ojo inexperto, era la vertiente mística, el umbral del divino territorio del peyote. Los peregrinos permanecieron inmóviles donde se hallaban, observando intensamente todo movimiento de Ramón. Algunos encendían velas que habían guardado en sus canastas y morrales. Los labios se movían en súplicas silenciosas o apenas audibles. Ramón se inclinó y depositó su arco y flechas en forma de cruz sobre su oblongo takwátsi, la canasta con pliegues del chamán: el arco y el carcaj de piel de venado apuntando al oriente, en dirección de Wirikuta.
Hay dos etapas en el cruce del umbral crítico. La primera es llamada Zaguán de las Nubes; la segunda, Donde Las Nubes se Abren. Las dos se hallan a unos cuantos pasos de distancia, pero el impacto emocional, cuando pasaban de una a la otra, era inequívoco. Una vez a salvo, “en el otro lado”, los participantes sabían que viajarían a lo largo de una serie de lugares de paradas ancestrales en los sagrados pozos de agua maternales donde se pide fertilidad y fecundidad, y desde donde los novicios, ya sin venda en los ojos, pueden tener su primer atisbo de las distantes montañas de Wirikuta. Por supuesto, es inútil buscar en cualquier mapa oficial lugares que tengan nombres como Donde las Nubes se Abren, la Vagina, Donde Moran Nuestras Madres, o incluso Wirikuta mismo, ya sea en, español o en huichol. Como otros sitios sagrados en el itinerario del peyote éstos son territorios que sólo existen en la geografía mítica.
Visualmente, el paso por el Zaguán de las Nubes Estrepitosas era poco dramático. Ramón avanzó adelante, lazó el arco y, colocando una punta contra la boca mientras rítmicamente golpeaba la tensa cuerda con una flecha mixta de punta de madera, avanzó hacia delante. Se detuvo una vez, hizo un gesto (a Kauyumarie, se nos dijo después, para agradecerle el haber sostenido las puertas abiertas con sus poderosas astas) y reinició el camino nuevamente con un paso más rápido, haciendo sonar su arco todo el tiempo. Los otros le siguieron muy de cerca, en fila india. Algunos de los neófitos vendados temerosamente se aferraban a los que iban al frente, y otros lo hacían por sí mismos.

“DONDE MORAN NUESTRAS MADRES”
En la tarde del día siguiente llegamos a los sagrados pozos de agua de Nuestras Madres. Los novicios permanecieron con los ojos vendados todo el tiempo. De nuevo, el escenario físico difícilmente podía considerarse inspirador: un pueblo mestizo empobrecido y más allá un grupo de surtidores, obviamente contaminados, rodeados de fangales: eso era todo lo que quedaba de un antiguo lago que tenía mucho tiempo de haberse secado. El ganado y los dos o tres cerdos que tascaban entre los pozos sagrados tampoco ayudaban a inspirar más confianza en la pureza física —en cuanto opuesta a la espiritual— del agua que los huicholes consideraban el verdadero manantial de fertilidad y fecundidad. En la búsqueda ritual del peyote, sin embargo, no importa lo que podría considerarse el mundo real, sino sólo la realidad del ojo de la mente. “Esto es hermoso dicen los huicholes, “pues aquí moran Nuestras Madres. Ésta es el agua de la vida.”
Por un tiempo, los peyoteros veteranos se afanaron en actividades rituales y los matewámete vendados tuvieron que sentarse calladamente en la tierra, en una hilera, con las rodillas alzadas y los brazos oprimiéndolas fuertemente contra el cuerpo: la posición fetal.
Finalmente, llegó el momento en que debían emergir a la luz, o sea, nacer, quitándoles las vendas. Ramón lo hizo mediante un ritual por separado que incluía el mismo tipo de diálogo humorístico que tuvo lugar cuando llegamos al paso peligroso, después vació sobre sus cabezas un tazón de agua helada que tomó de uno de los manantiales, y les instruyó para que se untaran el fecundo líquido profusamente en su rostro y cuero cabelludo. Se les ofreció, un segundo guaje lleno de agua para que bebieran, con algunas galletas de animalitos previamente humedecidas y con trozos pequeños de tortilla, “porque están nuevecitos, nomás pueden tomar comida tierna”.
Dejaron ofrecimientos en los manantiales y llenaron con el agua preciosa numerosas botellas y otros recipientes. La manera en que llenaron las botellas celebraba inequívocamente la unión de lo masculino y femenino, pues Ramón y otros peyoteros hundían una flecha de caza en un pozo de agua y retiraban unas gotas con las puntas de madera dura: la flecha era insertada entonces en una botella que aguardaba y las gotas eran sacudidas con un movimiento que simulaba el acto sexual. Con esto todos los requerimientos rituales que preparaban la verdadera cacería, arco y flecha en mano, del Hermano Mayor Venado-Peyote estaban cumplidos. El agua llevada primero a Wirikuta. y después a casa, para que los peregrinos que retornaban la usasen en los ritos del peyote y en otras ceremonias, y para rociarla con manojos de flores sobre las cabezas e incluso sobre el ganado hembra, un acto simbólico de fertilización que recuerda la tradición prehispánica en la que el gobernante tolteca Mixcoátl procrea al rey sacerdote y héroe de la cultura Quetzalcóatl, impregnando a su esposa con rociadores de flores (otra versión habla de una joya de jade). Los contenidos de los manantiales de Nuestras Madres parecen implicar de esa manera aspectos tanto masculinos como femeninos.

(Tomado de: Furst, Peter T. - Alucinógenos y Cultura. Colección Popular #190. Traducción de José Agustín. Fondo de Cultura Económica, México, 1980)

lunes, 3 de febrero de 2020

Chimalpopoca

(Del náhuatl chimalli, escudo y popoca, humear: "escudo que humea", nombre solar). Tercer rey azteca después de la fundación de Tenochtitlan. Sucedió en el trono a Acamapichtli y a Huitzilíhuitl, de quien era hijo. Fue proclamado rey en 1416, sin dejar de estar sujeto a su abuelo Tezozómoc, rey de Azcapotzalco. A la muerte de éste (1427), lo sucedió su hijo Tayatzin, que pronto se sintió amenazado por su hermano Maxtla, señor de Coyoacán. De acuerdo con Chimalpopoca, Tayatzin quiso darle muerte, pero fracasó la conjura y él mismo resultó la víctima. Maxtla ascendió al trono de Azcapotzalco y se dedicó a humillar en varias formas al señor de México (le envió como regalo un vestido de mujer y afrentó a su amante), hasta que Chimalpopoca decidió hacerse inmolar en aras de Huitzilopochtli. Varios de sus nobles decidieron unirse al príncipe en esa sangrienta ceremonia, pero en medio de ella y antes de que le llegase el turno al monarca, las tropas de Maxtla invadieron Tenochtitlan y se lo llevaron preso a Azcapotzalco. Allí fue colocado en una jaula y mantenido a raciones de hambre hasta que se suicidó, colgándose de una viga con su ceñidor o máxtlatl. Durante los años de su reinado se dedicó una piedra para los sacrificios en el barrio de Tlacocomoco. Se le atribuyen las conquistas de Tequizquiac y Chalco.

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S.A. México, D.F. 1977, volumen III, Colima-Familia)

viernes, 31 de enero de 2020

Iguanas


La figura de las iguanas es conocida por quienes hayan ido a tierra caliente. Su cuerpo cilíndrico y pesado, su cabeza robusta, su cola fuerte y larga, así como sus patas cortas y musculosas, las hacen fácilmente distinguibles de todos los reptiles que habitan el país.
Sin embargo, pocos saben que hay dos géneros muy distintos. La verdadera iguana, Iguana iguana, es de cabeza corta, con un gran pliegue de la piel en la parte ventral de la garganta y tiene unas escamas grandes circulares peculiares; las escamas largas dorsales forman una cresta visible. Estas iguanas viven en las regiones tropicales, asociadas al agua, e incuso se les ha visto buceando para obtener su alimento. Son siempre de color verde.

Las otras iguanas, en algunos lados llamadas garrobos (Ctenosaura), son de cabeza más larga, sin los círculos ni el pliegue gular mencionado anteriormente y sólo los machos presentan una pequeña cresta dorsal.
La distribución de ellas abarca la parte tropical y la cálida seca. Viven en los árboles y las cercas hechas por el hombre, se alimentan de vegetales y alcanzan tamaños y pesos considerables, sólo superados por los cocodrilos y algunas culebras.
Su coloración es oscura, negra, grisácea o verde oscuro, aunque los jóvenes tienen un color verde limón muy intenso.

(Tomado de: Álvarez Solórzano, Ticul, y González Escamilla, Manuel. Atlas Cultural de México. Fauna. SEP, INAH y Grupo Editorial Planeta. México, 1987)

miércoles, 29 de enero de 2020

Sebastián Lerdo de Tejada

Hijo de don Antonio Lerdo de Tejada, español, y de doña Concepción Corral y Bustillos, criolla. Nació en Jalapa, Ver., el 25 de abril de 1820. 
Estudió en el Seminario Palafoxiano de Puebla, en donde recibió las órdenes menores. Renunció a la vida eclesiástica y continuó sus estudios en el colegio de San Ildefonso en México, recibiendo en 1851 el título de abogado; fue profesor de Artes en San Ildefonso desde 1849 y rector del mismo plantel de 1852 a 1863.
Participó en todos los acontecimientos que agitaron a México desde 1850, principalmente en la época de la intervención francesa. Perteneció a la Academia Interior de Buen Gusto y Bellas Artes. Fue magistrado del Tribunal de Justicia en 1855, miembro de la Junta Electoral del 30 de diciembre de 1858, que nombró jefe provisional del Ejecutivo; presidente de la Cámara de Diputados en 1861. Formó parte de la Comisión de Relaciones que dictaminó en contra del tratado Wyke-Zamacona. Poseía gran talento, vasta instrucción y energía, y una gran habilidad política. 
Fue un estadista consumado por su talento, cultura y experiencia. Acompañó a Juárez hasta Paso del Norte. En septiembre de 1863 Juárez lo nombró ministro de Justicia, y el 11 del mismo mes pasó al ministerio de Relaciones y Gobernación, desde donde emitió los decretos de noviembre de 1865 que prorrogaron el período presidencial de Benito Juárez hasta la terminación de la guerra, eliminando con ello a Jesús González Ortega, que pretendía asumir la presidencia en su carácter de presidente de la Suprema Corte de Justicia.
Lerdo fue el director de la política del país y el iniciador de grandes cuestiones internacionales que cristalizaron en el fortalecimiento del Derecho Internacional mexicano. Ocupó la presidencia de la Suprema Corte de Justicia. Candidato a la presidencia de la República en las elecciones de 1871, fue derrotado y retornó a su cargo de presidente de la Corte. A la muerte de Juárez, asumió la presidencia interinamente por ministerio de ley. Convocó a elecciones para el periodo constitucional de 1872-1876, presentándose como candidato en contra del general Porfirio Díaz, al que derrotó, tomando posesión el 1 de diciembre de 1872.
Durante su administración hubo paz relativa, pues las luchas de carácter religioso la alteraron. En 1873 dispuso la expulsión de 15 jesuitas extranjeros, y en 1874 fueron desterradas las Hermanas de la Caridad. En septiembre de 1873 elevó a la categoría de constitucionales las Leyes de Reforma. Reforzó la marina nacional, para lo que adquirió los pequeños vapores de guerra: “Independencia”, “Libertad”, “México” y “Demócrata”. Sometió al cantón de Tepic, en donde se encontraba levantado Manuel Lozada, el “tigre de Alica”, a quien derrotó el general Ramón Corona en la batalla de la Mojonera en 1873. Inauguró el primer ferrocarril de México a Veracruz en enero de 1873 y trató de unir los distintos partidos políticos. Dignificó la administración de justicia y auspició la educación.
En 1874 reformó la Constitución, estableciendo nuevamente la Cámara de Senadores.
Trató de reelegirse en 1876, pero en contra de ello, Díaz proclamó en enero de ese año el Plan de Tuxtepec. Los generales donato Guerra, de Jalisco; Méndez y Carrillo, en Puebla; Couttolenc, en Veracruz; Treviño y Naranjo, en Nuevo León, y otros secundaron el movimiento. Lerdo envió fuerzas contra los sublevados. El general Porfirio Díaz en su Plan desconocía al presidente de la República y a todos los funcionarios y convocaba a elecciones.
José María Iglesias, presidente de la suprema Corte, también se enfrentó al gobierno por razones jurídicas. El 16 de noviembre el general Díaz derrotó a las fuerzas del gobierno en Tecoac, entró en México y Lerdo tuvo que abandonar la capital. Salió por Acapulco el 25 de enero de 1877 rumbo a San Francisco, California y luego hacia Nueva York, en donde falleció el 21 de abril de 1889.
Su cadáver fue trasladado posteriormente a México y se le sepultó en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Con Iglesias y Juárez, Lerdo representó la legalidad, defendió la República y forjó la conciencia nacional.

(Tomado de: Navarro A., Ramiro - Sebastián Lerdo de Tejada. Historia de México, tomo 10, Reforma, Imperio, República. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, 1978)


lunes, 27 de enero de 2020

Proclama de Miguel Hidalgo por la libertad, 1810

Proclama de don Miguel Hidalgo

[Por la libertad de América]
[Octubre] 1810
Miguel Hidalgo y Costilla

Amados compatriotas religiosos, hijos de esta América: el sonora clarín de la libertad política ha sonado en nuestros oídos; no lo confundáis con el ruido que hizo el de la libertad moral, que pretendían haber escuchado los inicuos franceses, creyendo que podrían hacer todo aquello que se opone a Dios y al prójimo y dar larga rienda a sus apetitos y pasiones, debiendo quedarse impunes aun después de haber cometido los mayoreas crímenes. Lejos de vosotros semejante pensamiento en todo opuesto a la santísima ley de Jesucristo que profesamos, por lo mismo detestable y aborrecible hasta lo sumo.

La libertad política de que os hablamos, es aquella que consiste en que cada individuo sea el único dueño del trabajo de sus manos y el que deba lograr lo que lícitamente adquiera par asistir a las necesidades temporales de su casa y familia; la misma que hace que sus bienes estén seguros de las rapaces manos de los déspotas, que hasta ahora os han oprimido esquilmándoos hasta la misma subtancia con gravámenes, usuras y gabelas continuadas. La misma que ordena el que circule en vuestras manos la sangre que anima y vivifica las riquísimas venas del vasto cuerpo del Continente Americano; es decir, esas masas enormes de plata y oro de que a costa de mil afanes y con peligro de vuestras vidas preciosas, estáis sacando hace tres siglos, para saciar la codicia de vuestros opresores, y esto sin poderlo conseguir. Aquello, pues, que dispone el que con gran gusto y desahogo cultivéis aquella ciencia que es el alma del mundo político mercantil y el muelle o resorte que pone en movimiento la gran máquina de nuestro globo, cual es la agricultura, sin el penoso afán de pagar las insoportables rentas que de mucho favor se os han exigido; porque, decid, ¿habéis hasta ahora disfrutado por una sola vez los placeres del campo sin la zozobra de esperar al que viene a cobraros las rentas de las tierras que trabajáis? ¿Habéis tomado el gusto al sabroso licor que exprimís de las mamilas de vuestras vacas, sin el azahar [sic] de que el comerciante ultramarino que os fió cuatro andrajos podrá venir a echaros un embargo sobre esas mismas reses que a costa de sudores habéis criado y cuidado a fuerza de desvelos continuados? ¿No es verdad que muchos de vosotros ignoráis lo dulce que es al paladar la miel que fabrican las abejas? Los gusanos de seda, ni los conocéis; tampoco habéis trabajado en los plantíos de las arboledas, tan útiles a los grandes poblados, por la leña que producen con abundancia y suministración cuantiosa de sus maderas. Los emparrados, los olivos, las moreras, cuya utilidad ignoráis y aún nos están prohibidas; la utilidad de un sinnúmero de fábricas que podían aliviar vuestra vida afanada, ni sabéis cuales son, ni cuántas son de las que podíais lograr para desterrar el ocio y la holgazanería en que os halláis sumergidos. La educación, las virtudes morales de que sois susceptibles, el cultivo de vuestros despejados talentos para ser útiles a vosotros mismos y vuestros semejantes, aún se hallan en el caos de la posibilidad.
Reflexionad un poco sobre esto y hallaréis el gran bien que se os prepara, si con vuestras manos los unos y con vuestras oraciones los otros, acudís a ayudarnos a continuar y conseguir la grande empresa de poner a los gachupines en su madre patria, porque ellos son los que con su codicia, avaricia, y tiranía, se oponen a vuestra felicidad temporal y espiritual. Porque, ¿cómo podrán obrar bien para con Dios y con ellos, un sirviente mal pagado, un criado desatendido, ni un artesano, que a pesar de haber apurado sus tales [sic] para satisfacerles un desenfrenado lujo, se ve mal correspondido? El doblez de sus tratos y ventajosos proyectos de todo género, ha hecho que el engaño, el dolo y la mentira ande en la boca de todos, y que la verdad casi casi haya desaparecido de nuestro suelo. No penséis por esto que nuestra intención es matarlos; no, porque esto se opone diametralmente a la Ley santa que profesamos. Ella nos prohíbe y la humanidad se estremecería de un proyecto tan horroroso, al ver que unos cristianos, cuales somos nosotros, quisiésemos manchar nuestras manos con la sangre humana. A ellos les toca, según el plan de nuestra empresa, no resistir a una cosa en que no se les hace más agravio que restituirlos a su suelo patrio y nosotros defendernos con nuestras armas en caso de forzosa defensa. 
Aliento, pues, criollos honrados, aliento, la empresa ya está comenzada, continuémosla confiando en que el brazo poderoso de nuestro Dios y Señor nos ayudará como hasta ahora y no dudemos un momento del buen éxito. No deis oídos a las horrísonas voces de los que han pretendido espantaros y armaros contra nosotros, diciendo que venimos destruyendo nuestra sagrada religión católica. ¿No veis que en el primer pueblo que conquistamos nos hubieran despedazado y consumido? Es una falsedad sacrílega; preguntad a Zelaya, San Miguel, Yrapuato, etc., donde nos han recibido de paz, y interrogad a Guanajuato, que es la única ciudad donde encontramos resistencia y donde operamos no con todos los rigores de la guerra que nos presentaron, ¿qué imágenes destruimos y qué culto alteramos? Los templos han sido venerados, las vírgenes respetadas, los gobiernos reformados, no causando más novedad que la extracción de los europeos. A éstos sí que los podíamos acusar de impíos e irreligiosos; dígalo México, Puebla y Valladolid, y aun el mismo Guanajuato, donde el lujo y la moda a lo francés, arrancó de las paredes de sus salas (y lo mismo hubieran hecho en los templos si hubieran podido), las sagradas imágenes de Dios, de María Santísima y sus santos, colocando en su lugar por moda de buen gusto, estatuas obscenas, para tener la inicua complacencia de ver en lugar de modelos piadosos, incitativos de la lascivia impureza. Obsérvese en qué traje se presentaban ya en los templos de los divinos oficios; ya enraizados, ya pelones con pechos postizos los afeminados, silbando en lugar de rezar, cortejando a las prostitutas aun en la presencia real de nuestro Dios, con escándalo de los pobrecitos en quien se encuentra la verdadera piedad y religión. El vilipendio y desprecio a los sacerdotes, ¿quién lo ha practicado, sino ellos? La vindicación de su conducta, con deshonor de su estado eclesiástico; el despotismo que sobre esto ejercían y ejercen, es tan notorio que ya no lo duda ni el más estúpido. También nos dirían que somos traidores al rey y a la patria, pero vivid seguros de que Fernando Séptimo ocupa el mejor lugar en nuestros corazones, y que daremos pruebas de lo contrario, convenciéndolos a ellos de intrigantes y traidores. Por conservarle a nuestro rey estos preciosos dominios y el que por ellos fueran entregados a una nación abominable, hemos levantado la bandera de la salvación de la patria, poniendo en ella a nuestra universal patrona, la siempre Virgen María de Guadalupe. Ella nos ha de sostener y ayudar en este gran proyecto, dará esfuerzo a los débiles, esperanza a los tímidos y valor a los pusilánimes; disipará de las cabezas de muchos los angustiados pensamientos que le atormentan el alma, considerando la arduidad de la empresa, y facilitará su ejecución.
¡Buen ánimo, criollos cristianísimos! Alentaos con saber que el Dios de los Ejércitos nos protege. Nuestro ánimo no es derramar, si es posible, una gota de sangre de nuestros hermanos, ni aún de los que ahora consideramos por nuestros enemigos políticos. Unámonos a sostener una causa a nuestro parecer justa y sana, como lo es mantener ilesa nuestra santa religión, la obediencia a nuestro romano pontífice y a nuestro rey señor natural, a quien hemos jurado obedecer, respetar su nombre y leyes, cuidar de sus intereses [y] perseguir a cuantos se opongan a ello. Aquel que os dijese que somos emisarios de Napoleón, Temed mucho el que sea verdad; lo contrario, esto es, que él, ese mismo que lo llegue a decir, lo sea en realidad y mucho más si es europeo [resulta más factible], porque nosotros los criollos jamás hemos faltado ni somos capaces de tener conexión con ese tirano emperador.
¡Viva la religión católica! ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la Patria! y ¡Viva y reine por siempre en este Continente Americano nuestra sagrada patrona, la Santísima Virgen de Guadalupe! ¡Muera el mal gobierno! Esto es lo oiréis decir de nuestra boca y lo que vosotros deberéis repetir. [Miguel Hidalgo.]


(Tomado de: Briseño Senosiain, Lillian; Ma. Laura Solares Robles y Laura Suárez de la Torre (investigación y compilación) - La independencia de México: Textos de su historia. Tomo I Antecedentes. La lucha por la libertad. Coedición SEP/Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. México, D.F., 1985)

viernes, 24 de enero de 2020

Levantamiento guerrillero en Chiapas II

Solo, en verdad solo, como únicamente puede estar un hombre con la historia sobre sí, Carlos Salinas de Gortari optó por la prudencia. Al menos en las primeras horas siguientes al "ataque" guerrillero de que fueron objeto varias poblaciones chiapanecas. La decisión le pertenece por entero, tanto como su consecuente responsabilidad.
Porque así lo quiso, porque así entiende el Primer Mandatario el mando que le otorgó y le ha sostenido el pueblo, no respondieron de inmediato las fuerzas armadas, según lo dicta la Constitución, en defensa de la soberanía.
Optó por salvar vidas, y seguramente lo consiguió en alguna medida.
También por la búsqueda de una salida, de una solución concertada, negociada o simplemente menos dramática, menos criticada en el exterior. Es ovbio que su intención, como estadista, fue la de evitar que bajo sus órdenes el Ejército sofocase lo más semejante a una asonada subversiva que hemos vivido en la historia moderna.
Contra todas las leyes, por encima de la más elemental convivencia social, sin otra bandera que derrocar a un gobierno constitucional y legítimo, que destruir a su Ejército, cientos -quizá miles- de hombres perfectamente armados, uniformados como lo que son: miembros de otro ejército, le declararon la guerra a México. Dentro de nuestro propio país. Y la respuesta fue permitirlo.
Esta realidad tiene que estremecer la conciencia colectiva de la Nación.
Si lo mismo: tomar alcaldías, estaciones de radio local, matar policías, lo hubiesen hecho fuerzas extranjeras, todos, un todo muy amplio, hubiésemos pedido a gritos que nuestros soldados los expulsaran. Los sometiesen al orden legal, los hicieran pedazos por su osadía contra todo lo establecido, es decir, contra la sociedad en su conjunto.
¿Por qué se mostró un rostro de paciencia, de larga paciencia, en respuesta al ataque?
Queda ahí la interrogante.
Lo que no se puede negar es que los militares estaban listos para responder, en el terreno de la guerra donde ellos se situaron, a los supuestos guerrilleros. Que debe haberles sido muy difícil el gran compás de espera que todo permitió en su contra, sobre todo -lo peor- el admitir que la población civil fuese vulnerable.
Este es el mensaje más terrible, en lo relativo a a seguridad nacional.
Pacíficas poblaciones dejadas de la mano de Dios, lejanas del centro del país por kilómetros y costumbre fueron, textualmente "tomadas" por guerrilleros perfectamente entrenados y armados. ¿Por qué tardó tanto la respuesta de las fuerzas armadas, que por mandato constitucional deben defender pueblo y soberanía? Únicamente hay un motivo: así lo decidió su comandante supremo, el señor Presidente.
¿Qué motivos tuvo Carlos Salinas de Gortari para actuar de esta manera? La historia se lo demandará, el diálogo en el momento fue de uno. De un hombre que decidió, quizás sin consultar siquiera a su propio espejo, que esto era lo mejor. Lo mejor para el país, para su gobierno, para su concepción del planeta Tierra, para su proyecto nacional. Y seguramente también que era lo mejor para el ser humano que ostenta la investidura presidencial por sexto año consecutivo.
La decisión, hay que admitirlo, no debe haber sido fácil. Sus consecuencias no las podemos siquiera imaginar todavía, víctimas que somos de la gran impresiónimpresión, del profundo impacto que significó comenzar el año 1994 inmersos en una violencia que sacude todos los cimientos de nuestro sistema político.
***
Esta no ha sido una revuelta romántica y justa, producto de la desesperación en que la miseria ha sumido a los chiapanecos, sobre todo a los indígenas. Mucho cuidado con que terminemos por creernos lo que será el discurso de la paz.
Si bien existe una gran miseria ancestral, un pésimo reparto de las tierras, insalubridad, mortalidad infantil, analfabetismo y otros vicios de la marginación, no son el motivo principal, sino sólo uno de ellos. Una de las razones que llevaron a las armas a campesinos que son de origen indígena, que son casi indígenas, pero que no pueden ser conceptualizados iguales a quienes viven en sus comunidades, anclados a usos y costumbres étnicas que los diferencian del resto de los pobladores.
Sí habría que buscar responsabilidad en el programa de Solidaridad, en la gran cantidad de recursos que el gobierno federal ha invertido en el desarrollo social del Estado. Por una parte razón muy simple, junto a estas inversiones que en verdad cambiaron la vida y la visión del mundo de los chiapanecos que menos tienen, no hubo programas productivos eficientes. No hubo un empleo que les permitiese acceder a mejores niveles de vida. Mismos que les fueron enseñados, apenas mostrados, por los servicios de los que se dotó como agua, electricidad, etcétera.
No se trata de conservar, como estadística sobre el escritorio de los doctores de Economía, a los pobres en plenitud de su derecho a seguir siendolo. Por del contrario, así sea con metas -colaterales- electorales y sentido populista, el PRONASOL y cualquier tipo de inversión federal que proporcione una mejor vida a su beneficiarios tiene que ser bienvenido. Que haya agua es mejor a que no la haya, igual con las escuelas, con la electricidad, hasta con las canchas deportivas que desde el helicóptero se observan en comunidades que no deben aparecer, siquiera, en los mapas.
El conflicto surge cuando estos programas no vienen acompañados, insisto en ello, de la posibilidad de ingreso. Y, además, vienen a fortalecer el cacicazgo local. Cuando las estructuras sociales, tan infinitamente corruptas como fueron descubiertas ante la opinión pública por esta guerra, no han cambiado antes de estos programas. Porque entonces los abismos, no registrados por estadísticas -pero graves en su entorno social- se hacen mayores.
Así las grandes inversiones en Chiapas, a través de la gente de Carlos Rojas, fueron un detonante social. Y no, como le contaron al Presidente, un paliativo a su miseria ancestral.
Paradójicamente, el progreso los hizo más pobres al darles mayor conciencia de su marginación y no proporcionarles empleo remunerado.
No olvidemos la presencia en Chiapas, por los programas de dotación de tierras que comenzaron durante el sexenio de Luis Echeverría, de campesinos del norte del país que ya forman parte del entorno, habiendo incorporado su visión de la realidad. Y sobre todo, su capacidad de organización.
Esta sería la base real sobre la que se montó el movimiento guerrillero. Junto con las peculiaridades geográficas de Chiapas. Su imposibilidad de comunicación, su gran disgresión de poblados, el origen de sus habitantes, tan diferente entre sí.
El trabajo de organización de la guerrilla estuvo en manos de profesionales de esa forma de lucha, seguramente de guerrilleros del extremo más al sur de la América que venían, habiendo tenido posiciones muy altas en sus jerarquías, de alguna lucha social fracasada y por tanto pudieron aplicar, con buen éxito, su experiencia. Ellos trabajaron, durante muchos años, con miembros de la iglesia, de la teología de la liberación. Movimiento que además trajo líderes, dispuestos a inmolarse, del extranjero. Entre ellos seguidores del obispo brasileño Pedro Casaldáliga, cuyos testimonios adornan las paredes de las casas de seguridad, descubiertas antes de rendirnos ante el EZLN.
No fueron los únicos. También forman parte del movimiento guerrilleros mexicanos que tuvieron experiencia guerrillera en otros tiempos y otras partes del país. Y algunos miembros del PRD.
Todos ellos trabajaron sobre las organizaciones campesinas existentes en Chiapas. Ellas son clave para entender la fuerza del movimiento guerrillero. Sobre todo el papel que juega la CIAOC y la ANCIEZ, pero no sólo estas.
Es la combinación de todos los factores aquellos objetivos de marginación y falta de empleo, de una geografía muy difícil, de la convivencia obligada de costumbres y orígenes que ponen a los chiapanecos en contra de ellos mismos. Eso es real, eso es una de las razones. Pero no hubiese bastado para una revolución si no existiese la mística religiosa, la influencia inmensa de la gente seguidora del obispo Ruíz y de tantos otros. Sobre todo extranjeros que vinieron a hacer su revolución, sintiéndose los nuevos redentores que deben ser crucificados por las balas del malvado Ejército.
Añádase el trabajo meticuloso, disciplinado de sus dirigentes durante muchos años. Sobresale en ello el papel de los catequistas. De otra manera no hubiese sido tan eficiente su organización.
Y, por último, pero de una importancia vital: el dinero que recibieron del extranjero, de Alemania, Bélgica y supuestamente del millonario norteamericano Ross Perot; también hay versiones de influencia por parte de Cuba. Y la eficiente red de abastecimiento, de cuidado sanitario, hospitales en todos sus niveles siempre atendidos por monjas, que fueron construyendo durante muchos años.
Esa es la realidad que no quiso enfrentar el gobierno, pero que siempre supo que existía. Quizá no con información precisa sobre su fuerza, su magnitud, el número de simpatizantes y lo dispuestos que estaban a morir por sus ideas, pero que sí conoció con tiempo suficiente para tomar otras medidas. Que no se tomaron o que en su momento, ya muy tarde, no fueron suficientes para detener el estallido violento.
Lo que no funcionó fue el papel que desempeñó Patrocinio González Garrido, o aquél de José Córdoba. O lo que no funcionó fue algo mucho más complicado. Que no se soluciona con culpables a priori.
Porque no basta con crucificar a unos y revivir al otro, al que debió ser definitivamente, desde el inicio del sexenio, el titular de Gobernación si es, con lo que demuestra su nombramiento presidencial de Comisionado por la Paz, el único capaz de negociar efectivamente con todos los sectores de la sociedad, incluso en las condiciones más adversas. No es suficiente aceptar que algo no funcionó, sino regresar los pasos, hasta donde sea posible, para recuperar o hallar por primera vez el camino. Y al decir camino quiero decir verdad. Una que no es la que se nos quiere vender como la oficial. La verdad no es aquella de la miseria que pone en el peor de los sitios a los soldados y hace héroes a criminales, a quienes declararon la guerra y asesinaron a sangre fría a humildes policías y soldados sorprendidos en sus cuarteles. No es la verdad aquella que dice que Samuel Ruíz es inocente y José Córdoba Montoya culpable absoluto del mal manejo del estallido de violencia en Chiapas. Ojalá y todo fuese así de simple.
Porque negar que existen muchas verdades en contraposición, no hará sino agravar las tensiones sociales consecuencia de la guerra de Chiapas.

(Tomado de: Arvide, Isabel - Crónica de una guerra anunciada. Grupo Editorial Siete, S.A. de C.V. México, 1994)

miércoles, 22 de enero de 2020

Payaso multado por ser ovacionado, 1883


(Basado en: José L. Cossío, Guía retrospectiva de la Ciudad de México, 1248-249.)

El circo es una de las costumbres populares más arraigadas entre los capitalinos. El pueblo concurre gustoso a muchos de ellos, como el de Orrín, el Chiarini o El Nacional.
En el primero, actuaba Ricardo Bellini, quien salía al escenario vestido de blanco, al estilo de Pierrot, Con la cara enharinada, pintada de colores y el copete terminado en punta; usaba largos bolsillos en el pantalón de donde sacaba todo tipo de instrumentos musicales excéntricos: botellas, cascabeles, campanas y, sobre todo, su cafetera.
Bellini era la delicia de todos los concurrentes. Nacido en Londres, en 1859, llegó a México a los diez años de edad por primera vez, para luego volver a radicar aquí, formando su propio circo. Cada actuación suya resultaba inolvidable, pues cada vez que salía a la pista, dice Luis G. Turbina, "sale el sol en los cielos de la inocencia."
Pero a veces la inocencia se convertía en una crítica al gobierno. Un cronista recuerda que al expedirse la Ley del Timbre, por parte del primer gobierno porfirista, Bell se presentó con su traje de payaso cubierto con estampillas a granel. El chiste le costó una multa de cincuenta pesos.
El pueblo acudía con gran placer a divertirse al Orrín, cuya capacidad, dos mil butacas, era abarrotada semana a semana. Uno de los momentos más gratos, le costó a Ricardo Bell una multa de cincuenta pesos por un chiste que tenía una historia tragicómica.
Resulta que el gobierno de Manuel González, con el decreto de 16 de diciembre de 1881, creó una moneda de uno, dos y cinco centavos con liga de setenta y cinco a ochenta por ciento de cobre y de veinte a veinticinco de níquel, estableciendo que la emisión no podía ser de más de cuatro millones de pesos.
El valor del níquel era de ocho pesos el kilo y del cobre de sesenta y cinco centavos, así que acuñación dejaba grandes utilidades, por lo que se acuñó más moneda de la que se necesitaba. Fue tanto el descrédito que se excluyó del mercado a todas las demás monedas y se vendía por peso y con menor valor que el legal.
Dos años después del decreto, en vísperas de la Navidad, la población no aguantó más. Hubo una sublevación de las placeras de los mercados de El Volador y de La Merced, quienes, enardecidas se dirigieron hasta Palacio Nacional, al que apedrearon, gritando contra el gobierno y rompiendo vidrios y faroles. A los guardias les arrojaban puños de monedas.
Cuando la multitud se encontraba más enardecida, apareció el general Manuel González, sin ninguna escolta, por la calle de Seminario. Al ser reconocido fue apedreado. El presidente abrió la portezuela, se bajó del coche y la muchedumbre, impresionada por este acto de valor, le abrió el paso hasta la puerta Mariana, por donde entró a Palacio.
La guardia hizo una descarga al aire y salieron patrullas para desalojar la plaza. Todo el día recorrieron la ciudad piquetes de tropa, por lo que los actos de protesta debieron suspenderse.
La prensa oficial al dar la noticia dijo que al llegar el presidente Manuel González a Palacio Nacional, el pueblo lo había recibido entre aplausos y vítores.
Y aquí es donde Ricardo Bell entra en esta historia. Durante su actuación dominical en el Circo Orrín, apareció en el redondel dando vueltas a toda carrera y, tras él, el director corría dándole de chicotazos, mientras Bell gritaba a voz en cuello:
-¡Ya no más ovaciones, Mister Orrín!
La multa que debió pagar el célebre payaso fue de cincuenta pesos.


(Tomado de: Sánchez González, Agustín - Terribilísimas historias de crímenes y horrores en la ciudad de México en el siglo XIX. Ediciones B, S.A. de C.V., México, D.F., 2006)

lunes, 20 de enero de 2020

José María Iglesias

Abogado y político mexicano, nació en México, D. F., el 5 de enero de 1823. sus padres fueron don Juan N. Iglesias y Castro y doña Mariana Inzaurraga y Carrillo. Estudió la carrera de abogado, terminándola en el año de 1845. Fue asimismo catedrático del primer curso de Artes en el Colegio de San Gregorio, cargo que desempeñó antes de obtener el título de abogado.
Maestro de física en 1845 y de Derecho en 1846, munícipe del Ayuntamiento de México en 1847. Ministro del Supremo Tribunal de la guerra cuando se encontraba el gobierno de México en Querétaro, durante la invasión americana.
Contrajo matrimonio con la señorita Juana Calderón Tapia en 1849. Diputado en 1852, obtuvo triunfos parlamentarios por su talento e ilustración. En 1857, Comonfort lo nombró ministro de justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública. Fue magistrado de la Suprema Corte de Justicia en 1858, cuando era presidente de ella don Benito Juárez.
En 1860 se le nombró Administrador General de Rentas y después de la Aduana de México.
Durante la invasión francesa acompañó al señor Juárez, habiendo sido designado ministro de Justicia, Fomento e Instrucción Pública. En 1864 fue nombrado ministro de Hacienda hasta julio de 1867, en que el gobierno nacional regresó a México. En 1868 fue diputado al Congreso Federal; después ocupó los ministerios de Gobernación, Justicia e Instrucción, hasta 1871.
Siendo presidente de la República el licenciado Sebastián Lerdo de Tejada, Iglesias fue designado presidente de la Suprema Corte de Justicia de la nación. Debido a la ley de 18 de mayo de 1875, que restringía la actuación de la Suprema Corte, presentó su renuncia, pero no le fue aceptada. Con la reelección de Lerdo, estalló en su contra la revolución porfirista. Iglesias como presidente de la Suprema Corte de Justicia asumió la presidencia, declarando por medio de un manifiesto que Lerdo había roto sus títulos legales y que por ministerio de ley, como presidente de la Corte, le correspondía dicho cargo.
En Salamanca lanzó un manifiesto y fue reconocido por los gobernadores de los estados de Guanajuato, Querétaro, Aguascalientes, San Luis Potosí y Jalisco. Ante el triunfo de Díaz, Iglesias marchó a Guadalajara, después a Colima y Manzanillo, embarcándose rumbo a Mazatlán, hasta llegar a San Francisco, California. Regresó en 1877 a México, en donde murió el 17 de diciembre de 1891.
Es uno de los autores de los Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos, México, 1850. Colaboró en El Siglo XIX, de Ignacio Cumplido. Escribió un Estudio constitucional sobre las facultades de la corte de Justicia. En Nueva York escribió para justificar su actitud política La cuestión presidencial en 1876 y la Autobiografía del señor licenciado don José María Iglesias.
Publicó a partir de 1862-1866 la Revista histórica sobre la Intervención Francesa, con profundas y atinadas reflexiones acerca de ese hecho.

(Tomado de: Navarro A., Ramiro - Sebastián Lerdo de Tejada. Historia de México, tomo 10, Reforma, Imperio, República. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, 1978)





viernes, 17 de enero de 2020

El Chalequero, 1888

(Grabado por José Guadalupe Posada)

(Basado en diversos textos, destacando: Hernán Robleto, Crímenes célebres; Carlos Roumagnac, Matadores de mujeres; Alberto del Castillo, Entre la moralización y el sensacionalismo. El surgimiento del reportaje policiaco en la ciudad de México en el porfiriato, Tesis de Maestría, de la ENAH) 

Francisco Guerrero llenó las páginas de la nota roja en México durante tres décadas. Más conocido como el Chalequero, este personaje era un violador, asesino de mujeres y degollador, que actuaba por los rumbos del barrio de Peralvillo, cerca del Río Consulado.
Existen dos versiones en torno al apodo. La primera se refería a los chalecos que portaba el criminal; la segunda, a decir de Hernán Robleto, provenía de que mataba y violaba "a chaleco", es decir, a fuerza, a las mujeres que enamoraba.
Durante siete años, el Chalequero actuó sin que nadie le echara el guante, a pesar de que durante todo este tiempo, continuamente, por el rumbo del Río Consulado, había aparecido una buena cantidad de mujeres degolladas y violadas. Se trataba de humildes prostitutas, cuya lista crecía diariamente, ante la impotencia de la policía por capturar al criminal.
Este hecho acrecentó la leyenda y la imagen del Chalequero se fue mitificando, provocando el temor de todas las mujeres del barrio.
En una hoja volante, publicada por Vanegas Arroyo, ridiculizaba a la policía:


El famoso Chalequero
eclipsó a Miguel Cabrera
porque el matador de Trono
no caerá en la ratonera...

El multiasesino era descrito como "guapo, elegante, galán y pendenciero". Vestía con pantalón de casimir gris, chaqueta negra, sombrero ancho y zapatos negros. Gozaba de una colección de pantalones estrechísimos y por supuesto chalecos, con agujetas y chaquetas charras, con vivos de cuero.
La gente decía que tales elegantes ropajes no le costaban un centavo, pues era sostenido por una de sus amantes, conocida como la Burra Panda; además, se contaba, Francisco Guerrero era mantenido por un grupo de mujerzuelas.
Hacia 1888, la lista de mujeres que aparecieron degolladas en los márgenes del Río Consulado había crecido escandalosamente: Francisca, Emilia, Luisa, Candelaria, María de Jesús, Refugio, Lorenza, Soledad, Margarita, Josefa, Camila y Nicolasa, eran los nombres de las humildes prostitutas que habían caído en sus garras.
La policía no descansó hasta el momento en que logró capturar al matador tras su última fechoría: Murcia Gallardo retó al Chalequero a que se hicieran "bolas" en la calzada de Guadalupe. Tras su desaparición, un vecino lo denunció y con el testimonio de varias mujeres fue atrapado y se le pudo enjuiciar y condenar a muerte.
Alberto del Castillo, de quien hemos tomado varios de los datos señalados en este texto, recoge el testimonio de un par de mujeres que se salvaron de las garras del Chalequero.
Lorenza Urrutia declaró que lo conoció una mañana cuando iba para la Villa de Guadalupe. El hombre le pidió lumbre para encender un cigarro y luego comenzó a platicarle que las mujeres del rumbo no lo podían ver y le habían puesto el apodo de Antonio, el Chaleco. Al escucharlo, y conociendo los antecedentes, Lorenza se aterró, mientras el hombre sacó dos armas grandes e invitó a la mujer a sentarse. Ella le rogó que le permitiese llegar a la Villa, ofreciéndole volver, a lo que accedió el hombre. Lejos de hacerlo, la Urrutia volvió a México y se salvó.
El otro testimonio es el de Clara González, de setenta años, propietaria de un tendajón, que declaró conocer la mala fama de Antonio el Chaleco y deseó conocerlo. Algunas mujeres se lo enseñaron y desde entonces pudo notar que pasaba por la calzada en varias ocasiones y al verlo, las mujeres se escondían.
El Chalequero fue condenado a muerte en 1888. Más tarde, su sentencia fue permutada por una pena de veinte años en San Juan de Ulúa.
Sin embargo, reapareció en 1908 después de otro homicidio por los mismos rumbos, haciendo eco del viejo adagio: el asesino siempre vuelve al lugar del crimen.
El 28 de abril apareció el cadáver de una anciana degollada en los márgenes del Río Consulado. Vestía humildemente y uno de los vecinos dijo haberla visto varias veces en una pulquería conocida como Las Tres Piedras, acompañada de otro anciano.
El reportero de El Imparcial concluyó que las huellas del cuchillo que presentaba el cadáver correspondían a "la cuchillada de borrego" y exactamente al estilo del Chalequero. Esta información llenó de pavor a la población.
Con este dato, la policía investigó en torno al paradero de Guerrero y descubrió que había abandonado la prisión de San Juan de Ulúa dos años atrás, sin conocerse su paradero. El reportero indagó que Guerrero había regresado a vivir con una mujer llamada Antonia Gómez y que ambos trabajaban de porteros en una casa de la calle de San José de Gracia. Al entrevistar a Antonia, averiguó que la pareja se había disgustado y el criminal había abandonado la casa.
Más tarde, Antonia se enteró por una amiga que había visto a Guerrero con una anciana de pelo blanco y enaguas negras por el rumbo de Río Consulado.
El Chalequero fue descubierto y reaprehendido dos a semanas después. Confesó que había conocido a su víctima en la cantina El Morito, donde se tomaron unas copas y salieron a caminar por el río. Como en una película, el Chalequero volvió su vista veinte años atrás y terminó de matarla como a las otras mujeres.
Durante el juicio, seguido de cerca por cientos de personas, fue condenado a la pena capital. Empero, por segunda ocasión, se salvó del patíbulo. A los poca días de ser sentenciado, su cadáver fue encontrado en su celda de la cárcel de Belén; una fuerte tuberculosis terminó con su existencia.
Su entierro fue desairado y su cadáver fue a la fosa común.

(Tomado de: Sánchez González, Agustín - Terribilísimas historias de crímenes y horrores en la ciudad de México en el siglo XIX. Ediciones B, S.A. de C.V., México, D.F., 2006)