viernes, 15 de marzo de 2019

El epiléptico




El Palacio Negro de Lecumberri recibía en su seno a todo tipo de gente, desde inocentes hasta los más temibles criminales, pasando por enfermos que, ante el delito cometido, no tenían otro camino que purgar una condena.

Hacer un relato de todos aquellos que pisaron las losas de Lecumberri, hallándose enfermos, sería tedioso, pero casi todos recuerdan a uno que destacó lo mismo por su padecimiento que por sus actitudes.

Se trata de Samuel Santibáñez, sujeto que sufría epilepsia, difícil padecimiento que tenía que enfrentar completamente solo en el interior de la prisión.

Sabido es que la enfermedad en cuestión produce a quien la sufre una serie de convulsiones, así como caídas, porque de hecho pierde el conocimiento por algunos instantes.

Santibáñez estaba mal hacía mucho tiempo, pero sus malos pasos en la calle, donde era aficionado a apoderarse de lo que no era suyo, lo llevaron una ocasión hasta Lecumberri.

Ahí sus compañeros de reclusión le tenían miedo, no exactamente porque se tratara de un sujeto de sumo peligro, sino porque pensaban que podrían "contagiarse" y le hacían asco. Todo eso debía padecerlo, así como las burlas constantes que le hacían, particularmente después de que enfrentaba las crisis que atacan a ese tipo de enfermos.

Resignado a su triste suerte, el hombre aquel soportaba todo lo que le sucedía.

Pero sus colegas de enclaustramiento se quedaron perplejos cuando pudieron enterarse de que Santibáñez era un definitivo enamorado de la Libertad -al fin que tiene nombre de mujer- y entonces la buscaba con demasiada frecuencia.

El personaje de esta historia estuvo muchos años alojado en la crujía "D", la cual se hallaba más o menos cerca de una de la bardas que rodeaban el penal.

Entre sus ocupaciones cotidianas Samuel procuraba robar parte de los uniformes de los celadores y los escondía como tesoro muy preciado. Claro que lo era, porque el día que le daba en gana, aprovechando los mantos de la noche, se vestía de celador y se encaminaba hasta la muralla, misma que tenía tal medida que lograba alcanzarla con facilidad.

Una vez ahí caminaba como si nada, hasta que podía descolgarse hacia la calle y huir tranquilamente.

Si acaso se encontraba en su camino, allá en lo alto de la barda, con un verdadero celador, lo saludaba y aquél, desconcertado, pensando que se trataba de un compañero, respondía el saludo y cada quien continuaba su camino.

El sujeto de marras logró escapar varias veces en idénticas circunstancias y jamás se le descubrió.

Lo que sucedía con él es que en ocasiones se "aburría" de la calle, de la libertad, y cometía cualquier delito para que lo retornaran a su lugar, en el Palacio Negro.

Otras ocasiones cometía un ilícito, no para volver a presidio sino porque era su "modus vivendi" y al quedar al descubierto era regresado a su encierro.

Sus colegas de reclusión gozaban con las frecuentes escapatorias de este sujeto que, por otro lado, como ya lo hemos señalado antes, resultaba totalmente inofensivo y nadie lo tomaba en serio.

Una cosa sí provocaba cierta angustia de todos aquellos reos que sabían de sus andanzas para evadirse y era el hecho de que, padeciendo la epilepsia, se le presentara un ataque de la enfermedad en los momentos en los que andaba escalando las murallas.

Para su buena suerte eso no ocurrió, porque en caso contrario hubiera quedado en el pavimento como calcomanía.

Cansadas las autoridades de las muchas ocasiones en las que este sujeto se iba a su casa sin decir "agua va", lo trasladaron una noche de la crujía "D" a la Circular dos, las llamadas "jaulas" y ahí permaneció hasta que compurgó su no muy larga condena porque, está dicho antes, sus delitos era leves.


(Tomado de: Aquino, Norberto Emilio de - Fugas. Editora de periódicos, S. C. L., La Prensa. México, D. F., 1993)


jueves, 14 de marzo de 2019

Lienzo de Tlaxcala





Características físicas. 

La referencia que nos acerca más a las dimensiones del lienzo es de Alfredo Chavero, quien menciona que era una tira de tela de algodón que medía "cinco varas y cinco sesmas de largo por dos varas y media de ancho", lo cual equivaldría a 4.87 por 2.08 m de acuerdo con Martínez Marín. Chavero también menciona que "la pintura es a la aguada, y ejecutada por los pintores indígenas tlacuilos". La aguada es una técnica que permite combinar diferentes niveles de agua con pintura.



Contenido. 

Este documento contiene elementos tanto de origen prehispánico como colonial. Se compone de una escena principal que se encuentra en la parte superior central y 87 escenas más pequeñas que se leen de manera horizontal, comenzando desde el extremo superior izquierdo. La escena principal representa la estructura política de Tlaxcala. Las escenas más pequeñas se dividen en varias secciones temáticas que aluden a las fases históricas de la conquista, desde la llegada de los emisarios de Cortés a Tlaxcala, su recibimiento y la alianza que hicieron con los tlaxcaltecas, la matanza de Cholula y la derrota de Cuauhtémoc. A partir de la lámina 49 se pintó la participación tlaxcalteca en la guerra de conquista y las expediciones al occidente. Tras la descripción de la forma en la cual la provincia de Tlaxcala colaboró con Hernán Cortés y sus tropas en la conquista de Tenochtitlan, se deja ver el esfuerzo de las autoridades tlaxcaltecas por demostrar a la corona española el derecho que les asistía de hacer peticiones y ser acreedores de indulgencias.


(Tomado de: Sandra Amelia Cruz Rivera - Lienzo de Tlaxcala. Arqueológica Mexicana, edición especial #42, La colección de códices de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. Editorial Raíces, México, D.F., 2012)

miércoles, 13 de marzo de 2019

Quauhcuetzpalin, Iguana


Quauhcuetzpalin (lagarto de árbol) Iguana [Iguana iguana rhinolopha].


Hay otro animal en esta tierra que se llama Quauhcuetzpalin, y los españoles le llaman iguana; es espantable a la vista, parece dragón; tiene escamas, es tan largo como un brazo, es pintado de negro y amarillo, come tierra y moscas y otros coquillos; a tiempos anda en los árboles, a tiempos en el agua; no tiene ponzoña, ni hace mal, antes es bueno de comer, estáse cuatro o cinco días sin comer; susténtase del aire.

(Tomado de: Fray Bernardino de Sahagún - Historia general de cosas de Nueva España. Editorial Porrúa, S. A. Colección “Sepan Cuantos…” #300. México, D.F. 1982)

martes, 12 de marzo de 2019

Rafael Landívar




Oriundo de Guatemala, (1734-1789), hizo estudios en México, donde estuvo diez años, y demostró hacia el país su gratitud al recordarlo durante el destierro en su Rusticatio mexicana, obra que le sitúa con honor en la literatura nacional, sin que por eso deje de pertenecer a la del país donde nació. Como rector del seminario de San F. de Borja, obedeció la orden de expulsión y marchó a Italia con los demás jesuitas.

En 1781 se publicó en Módena la primera edición de la Rusticatio, que se reimprimió en Bolonia al año siguiente. Landívar describe en ese poema aspectos de la naturaleza en México y Guatemala. Lo escribió en latín porque lo destinaba a lectores cultos y para librarse del prosaísmo con que se reaccionó contra los excesos del siglo precedente.

Fallecido Landívar en Bolonia, el 27 de septiembre de 1793, se le sepultó en la iglesia de Santa María Muratelli, de la cual fueron exhumados sus restos en 1950, para trasladarlos a Guatemala, en donde se erigió un monumento digno del poeta.



(Tomado de: Francisco Monterde – Literatura mexicana durante el siglo XVIII. Historia de México, tomo 7. El Despertar Ilustrado. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México. D.F., 1978)

lunes, 11 de marzo de 2019

Enfermedades periódicas, 1808


Capítulo V

Enfermedades periódicas que detienen el progreso de la población. Viruelas naturales e inoculadas. Vacuna. Matlazáhuatl. Hambre.

Nos falta examinar las causas físicas que detienen casi periódicamente el aumento de la población mexicana. Estas causas son las viruelas, la cruel enfermedad que los indígenas llaman matlazáhuatl, y sobre todo el hambre, cuyos efectos dejan rastros por mucho tiempo.

Las viruelas, introducidas desde el año de 1520, parece que no son asoladoras sino cada 16 o 18 años. En las regiones equinocciales tiene esta enfermedad, como la del vómito prieto, y otras, sus períodos fijos de que no puede salir. Podría decirse que la disposición para ciertos miasmas no se renueva en aquellos naturales sino en épocas distantes entre sí; porque, si bien los navíos que llegan de Europa introducen muchas veces el germen de las viruelas, no llegan sin embargo a ser epidémicas sino en intervalos de tiempo muy marcados; circunstancia singular que hace tanto más peligroso el mal para los adultos. Los destrozos que hicieron las viruelas en 1763, y más aún en 1779, fueron terribles; en este último año arrebataron a la capital de México más de nueve mil personas; todas las noches andaban por las calles los carros para recoger los cadáveres, como se hace en Filadelfia en la época de la fiebre amarilla; una gran parte de la juventud mexicana pereció en este año fatal.

Menos mortal fue la epidemia de 1797, en lo cual influyó mucho el celo con que se propagó la inoculación en las inmediaciones de México y en el obispado de Michoacán. En la capital de este obispado, Valladolid [hoy Morelia], de 6,800 individuos inoculados no murieron sino 170, que corresponde a 2 1/2 por ciento; y debe observarse que muchos de los que perecieron fueron inoculados cuando ya probablemente estaban atacados del mal por efecto del contagio. De los no inoculados perecieron 14 por ciento de todas las edades. 

Muchos particulares, entre los cuales se distinguió el clero, desplegaron en esta ocasión un patriotismo muy digno de elogio, conteniendo el progreso de la epidemia por medio de la inoculación. Me contentaré con señalar a dos hombres igualmente ilustrados, el señor Riaño, intendente de Guanajuato, y don Manuel Abad y Queipo, canónigo penitenciario de la catedral de Valladolid, cuyas miras generosas y desinteresadas han tenido siempre por objeto el bien público. Se inocularon entonces en el reino más de 50 a 60,000 individuos.

Desde el mes de enero de 1804 se introdujo en México la vacuna por el activo celo de un ciudadano respetable, don Tomás Murphi, que hizo venir en repetidas ocasiones el virus de la América Septentrional. Esta introducción ha encontrado pocos obstáculos; porque la vacuna se presentó desde luego como una enfermedad muy ligera y la inoculación había acostumbrado ya a los indios a la idea de que podía ser útil causarse un mal pasajero, para precaverse contra las resultas de un mal mayor. Si el preservativo de la vacuna, o a lo menos la inoculación ordinaria, hubieran sido conocidas en el Nuevo Mundo desde el siglo XVI, no hubieran perecido millones de indios víctimas de las viruelas, y más todavía de su mal método curativo con el cual ha llegado a ser tan peligrosa esta enfermedad. Ella es la que ha disminuido de un modo tan espantoso el número de los naturales de la California.

 Últimamente, poco después de mi salida, llegaron a Veracruz los buques de la marina real, destinados a llevar la vacuna a las colonias de la América y de Asia. Don Antonio Balmis, médico en jefe de esta expedición, visitó Puerto Rico, la isla de Cuba, el reino de México y las islas Filipinas. Aunque ya antes se conocía en México la vacuna, la llegada de Balmis facilitó infinito la propagación de este benéfico preservativo.  En las principales ciudades de aquel reino se han formado juntas centrales, compuestas de las personas más ilustradas, las cuales, haciendo vacunar todos los meses, cuidan de que no se pierda el miasma de la vacuna.

 Ahora ya hay tanto menos peligro de que se pierda, cuanto el señor Balmis lo ha descubierto en las inmediaciones de Valladolid y en el pueblo de Atlixco, cerca de la Puebla, en la ubre de las vacas mexicanas. La comisión llenó las miras benéficas del rey de España, y puede esperarse que el influjo del clero, y especialmente de los misioneros, conseguirá introducir la vacuna hasta el interior del país. Así este viaje de Balmis será para siempre memorable en los anales de la historia. Las Indias vieron entonces por primera vez esos mismos navíos que encierran los instrumentos de la carnicería y de la muerte, ¡llevar a la humanidad doliente el germen del alivio y del consuelo!

El arribo de las fragatas armadas con que Balmis recorrió el océano Atlántico y el mar del Sur, dio lugar en muchas costas a una ceremonia religiosa de las más sencillas y, por lo mismo, de las más tiernas. Los obispos, los gobernadores militares, las personas más distinguidas acudían a la orilla, tomaban en sus brazos a los niños que debían llevar la vacuna a los indígenas de la América y a la casta malaya de las Filipinas, y colocando, entre las aclamaciones del pueblo, al pie de los altares estos preciosos depósitos de un preservativo bienhechor, daban gracias al ser supremo de un acontecimiento tan feliz. En efecto, es menester conocer de cerca los destrozos que las viruelas hacen en la zona tórrida, y especialmente en una casta de hombres cuya constitución física parece contraria a las erupciones cutáneas, para penetrarse de cuánto más importante ha sido el descubrimiento de Eduardo Jenner para la parte equinoccial del Nuevo Continente que para la templada del Antiguo.
[…]
El matlazáhuatl, enfermedad especial de la casta india, apenas se deja ver sino de siglo en siglo; hizo mil desastres en 1545, en 1576 y en 1736, y los autores españoles le dan el nombre de peste. Como la más moderna de estas epidemias se verificó en una época en que aún en la capital no se miraba la medicina como una ciencia, nos faltan noticias exactas acerca de esta enfermedad. Sin duda tiene alguna analogía con la fiebre amarilla o con el vómito prieto; pero no ataca a los blancos, sean europeos o descendientes de indígenas. Los individuos de la raza del Cáucaso no parecen estar expuestos a este tifus mortal, al paso que, por otra parte, la fiebre amarilla o el vómito prieto ataca rarísima vez a los indios mexicanos. El asiento principal del vómito prieto es la región marítima, cuyo clima es en exceso caliente y húmedo. El matlazáhuatl, al contrario, lleva el espanto y la muerte hasta el interior del país, en el llano central, en las regiones más frías y más áridas del reino.

El P. Toribio, franciscano, más conocido por su nombre mexicano de Motolinía, asegura que las viruelas introducidas el año de 1520 por un negro esclavo de Narváez, arrebató la mitad de los habitantes de México. Torquemada se aventura a decir que en las dos epidemias de matlazáhuatl, de 1545 y 1576, murieron en la primera, 800,000 y en la segunda dos millones de indios. Pero si se reflexiona sobre la gran dificultad con que aún hoy se valúa en la parte oriental de Europa el número de los que mueren de la peste, se puede dudar, con razón, de que en el siglo XVI los dos virreyes Mendoza y Almansa, que gobernaron aquel país recién conquistado, hayan podido averiguar el número de indios segados por el matlazáhuatl. No acuso de falta de verdad a los dos frailes historiadores; pero es muy poco probable que su cálculo esté fundado en datos exactos.
[…]
Un tercer obstáculo contra los progresos de la población de la Nueva España, y acaso el más cruel de todos, es el hambre. Los indios americanos, como los habitantes del Indostán, están acostumbrados a contentarse con la menor porción de alimentos necesaria para vivir; y su número crece, sin que el aumento de subsistencias sea proporcionado a este aumento de población. Indolentes por carácter, y sobre todo por lo mismo que habitan un suelo por lo común fértil, y bajo un hermoso clima, los indígenas no cultivan el maíz, las patatas y el trigo sino en la proporción precisa para su propio alimento, o cuando más, lo que se consume ordinariamente en las ciudades y minas inmediatas. Es cierto que los progresos de la agricultura son muy visibles de 20 años a esta parte; pero también se ha aumentado el consumo extraordinariamente por el incremento de la población, por un lujo desenfrenado y que no se conocía antes en las castas mestizas, y por el beneficio de las nuevas venas de metales, el cual exige muchos hombres, caballos y mulos. Las manufacturas ciertamente ocupan muy pocos brazos en Nueva España; pero son muchos los que se sustraen a la agricultura por la necesidad de transportar a lomo las mercancías, los productos de las minas, el hierro, la pólvora y el mercurio desde la costa a la capital, y de allí a las minas en el lomo de las cordilleras.

Millares de hombres y animales pasan su vida en los caminos reales de Veracruz a México, de México a Acapulco, de Oaxaca a Durango, y en los caminos de travesía por donde se llevan a esas instalaciones, situadas en regiones áridas e incultas. Esta clase de habitantes, a la que en el sistema de los economistas se da el nombre de estéril y no productiva, es, por las causas referidas, mayor en América de lo que podría esperarse de un país en que la industria de manufactura está todavía tan poco adelantada. La desproporción que hay entre los progresos de la población y el aumento de alimentos por efecto del cultivo, renueva el triste espectáculo del hambre, siempre que, o por alguna gran sequía, o por otra causa local, se ha perdido la cosecha de maíz. La penuria de víveres ha ido acompañada en todos los tiempos y en todas las partes del globo, de epidemias, las más funestas para la población. En 1784, la falta de alimentos causó enfermedades asténicas entre la clase más pobre del pueblo; y estas calamidades reunidas acabaron con un gran número de adultos, y mucho mayor de niños; se cuenta que en la ciudad y minas de Guanajuato perecieron más de 8,000 individuos. Un fenómeno meteorológico muy notable contribuyó principalmente a esta hambre; y fue que en la noche del día 28 de agosto se heló el maíz, después de una sequía extraordinaria, y esto a 1,800 metros de altura. Se cree pasó de 3000,000 el número de habitantes que perecieron en todo el reino por esta fatal reunión de hambre y enfermedades. Este número nos admirará menos si recordamos que aun en Europa las hambres disminuyen a veces la población en un año sólo más que el aumento que tiene en cuatro años por el exceso de los nacidos a los muertos. La Sajonia, por ejemplo, en 1772 vio perecer más de 66,000 habitantes, al paso que el exceso de nacidos sobre los muertos no fue un año con otro, desde 1764 hasta 1784, arriba de 17,000.

(Tomado de: Alejandro de Humboldt – Ensayo Político sobre el reino de la Nueva España)




viernes, 8 de marzo de 2019

De las lagunas que tiene Michoacán





De las lagunas que tiene Michoacán y del pescado que se coge en ellas.


Hame movido a escribir por menor y por mayor esta provincia, del descuido que veo (si no le llamo cuidado) en todos los historiadores y aun en sus mismos naturales, que siendo justo trofeo de una monarquía la conservación de sus memorias, en la de Michoacán hallo tan postrada esta costumbre, que no sé si la llame desgracia o mal correspondida; porque los pocos que han escrito de ella van tan suscritos, que dejan lo precioso y se contentan con apuntarlo. Pero discúlpoles con lo mismo que a mí me pasa; que no habrán tenido noticia ni relaciones por haberlas despreciado el tiempo, para que el olvido celebre en sueños lo que yo lloro en aquesta historia.

La principal laguna que tiene esta provincia es la de Pátzcuaro, en cuyo contorno estuvo en su primer fundación la gruesa de la gente, y la corte del gran Caltzontzi. Y así no hubo palmo de tierra que no estuviese poblado, y aún hoy que no hay casi gente, se han conservado muchos pueblos como son; la ciudad de Tzinzunzan, cabeza del reino, que está a la orilla de la misma laguna, batida de las aguas, tributándole la antigua obediencia de los reyes y monarcas que ordinariamente tuvieron allí su asistencia. Es ciudad de casi doscientos vecinos, tiene un convento de nuestra orden muy suntuoso. De aquí tres leguas está la ciudad de Pátzcuaro, muy poblada de españoles, donde estuvo antiguamente la silla episcopal, y tiene conventos de la orden de San Agustín, la Compañía de Jesús y San Francisco. Con una iglesia parroquial de mucho porte y consideración. Es ciudad de mucho trato, con que el concurso es numeroso y la población razonable. De aquí al pueblo de Erongaríguaro hay otras tres leguas, es hoy razonable y tiene un convento de los mejores en la provincia. Prosiguiendo la vuelta, cinco leguas de aquí está el convento y pueblo de San Andrés Isirondaro, y aquí media legua, el de san Gerónimo Purenchécuaro, ambas a dos guardianías, y luego tres leguas, el pueblo de San Fe, Retorazgo, que provee la catedral de esta iglesia. De aquí se sigue a dos leguas el pueblo de Cocupao, con su iglesia, muy ameno. Y de aquí a la ciudad de Tzintzunzan una legua, con que se cierra la orla de esta gran laguna, y según el cómputo de estas leguas son quince las de su contorno. Es muy profunda, y se coge infinito pescado blanco, muy sabroso y saludable, y otros géneros. Esta laguna fue el depósito de los ídolos de oro y plata y piedras preciosas, que nuestros frailes debelaron en la fundación del evangelio. Navégase en canoas, y hace en medio una isleta por punto céntrico de tan vistosa circunferencia, donde está fundado un pueblo llamado S. Pedro Jarácuaro, con su iglesia, y se visita y administra del pueblo de Erongarícuaro. Aquí se van a recrear de todas aquestas partes.

Enfrente de ésta está otra, hacia la parte septentrional, llamada la laguna de Sirahuén, en lugar más alto, adonde los reyes y señores, se retiraban al recreo y alivio de sus negocios. Es profundísima, y tiene de boj dos leguas, y se coge gran suma de pescado blanco. No se navega, porque en medio hace un remolino tan rápido que se sorbería un monte. Es tradición de los naturales que se comunica con la de Pátzcuaro. Respecto de ésta, hacia el oriente está la de Cuitzeo, laguna muy grande si bien de pocos años a esta parte ha crecido mucho por las vertientes de los cerros que la rodean. Y así no es muy profunda. Es la cabeza de esta laguna, doctrina y administración de los padres de S. Agustín. Siete leguas de ésta, hacia el mediodía, cae la laguna de Yurirapúndaro, en que se coge mucho pescado para proveer la mayor parte de chichimecas. Hacia el poniente está la laguna de la Magdalena con tres leguas de circuito y mucho pescado. Y media legua de ésta, está la Quitupa, muy profunda y con quien se comunica por ocultos rumbos de la tierra.

Dos leguas del pueblo de Tzacapo está un cerro en cuya cumbre está labrado un vaso tan perfecto, que sólo la naturaleza pudo ser artífice de su fábrica, porque todo el cerro es redondo y dentro hueco y lleno de agua, y desde el borde a los labios del agua, hay como un tiro de piedra, tan liso y tan peinado, que es muy dificultoso bajar, y en todo el circuito, no hay una hebra de zacate, por ser hueco y no tener virtud para producirlo; tiene la latitud como tiro y medio de arcabuz a cuyo respecto es la redondez, porque no ha sido posible el medirla. Las aguas son clarísimas y deleitosas, y así ha movido a admiración, a cuya novedad han ido de muchas partes a verlo. Llámase la Sierra del Agua; háse pretendido sacar a tajo abierto; pero no han podido, por no ser voluntad del que lo puso en términos tan precisos.

Debajo de este cerro cae la ciénaga de Tzacapo donde hay lagunas profundísimas con infinito pescado. De esta ciénaga tiene su nacimiento el río de Angulo, que discurriendo hacia el norte, se incorpora como dijimos, y al darle vistas se precipita de un cerro muy alto con tanta violencia, qe abajo entre el golpe del agua y el peñasco, se pasa a pie enjuto. En esta ciénaga hay infinita cantidad de patos, y así veremos que toda esta provincia no tiene palmo de tierra que no sea fértil y abundante, así de caza como de pescados. Fuera de los ríos y lagunas, tiene muchos baños calientes, particularmente los camosos [sic] de Chucándiro que sanan de todas las enfermedades, salvo las bubas, que en entrando en ellas es ciertísima la muerte.

(Tomado de: Fray Alonso de la Rea. Chronica de la Orden de N. Seraphico P. S. Francisco Prouincia de S. Pedro y S. Pablo de Mechoacan… México, 1643. Tomado a su vez de: Federico Gómez de Orozco (comp.) - Crónicas de Michoacán. Biblioteca del Estudiante Universitario #12, Dirección General de Publicaciones, UNAM, México, D. F. 1991)

jueves, 7 de marzo de 2019

Decreto de creación del Banco de Avío, 1830




Por iniciativa de Lucas Alamán, en forma directa, y de Esteban de Antuñano, se creó en 1830 el banco de Avío, con el cual se otorgarían créditos para el fomento de la industria. El texto siguiente es el decreto que establece dicho Banco.



Art. 1. Se establecerá un Banco de avío para fomento de la industria nacional, con el capital de un millón de pesos.

2. para la formación de este capital se prorroga por el tiempo necesario, y no más, el permiso para la entrada en los puertos de la República de los géneros de algodón, prohibidos por la ley de 22 de mayo del año anterior.

3. la quinta parte de la totalidad de los derechos devengados y que en lo sucesivo causaren en su introducción los efectos mencionados en el artículo anterior, se aplicará al fondo del Banco.

4. para proporcionar de pronto las sumas que fueren necesarias, se autoriza al gobierno para negociar sobre la parte de derechos asignada a la formación del capital de Banco, un préstamo hasta de doscientos mil pesos con el menor premio posible, que no pase de tres por ciento mensual, y por plazo que no pase de tres meses.

5. para la dirección del Banco y fomento de sus fondos, se establecerá una junta que presidirá el secretario de Estado y del Despacho de Relaciones, compuesta de un vicepresidente y dos vocales, con un secretario y dos escribientes, si fueren necesarios. Los individuos de esta junta no gozarán, por ahora, sueldo alguno, y se renovarán uno en cada año, comenzando por el menos antiguo, pudiendo el gobierno reelegir al que salga, si le pareciere conveniente; y para secretario y escribientes se emplearán cesantes útiles, que servirán estos destinos por el sueldo que les corresponde por el empleo de que son cesantes. El gobierno formará un reglamento a que deben sujetarse esta junta para el desempeño de sus funciones, y en adelante, cuando haya productos del fondo, se establecerá por el congreso el sueldo que han de disfrutar los individuos de la junta y demás empleados en el Banco…

7. la junta dispondrá la compra y distribución de las máquinas conducentes para el fomento de los distintos ramos de industria, y franqueará los capitales que necesitaren las diversas compañías que se formaren, o los particulares que se dedicaren a la industria en los estados, distrito y territorios, con las formalidades y seguridades que los afiancen. Las máquinas se entregarán por sus costos, y los capitales con un cinco por ciento de rédito anual, fijando un término regular para su reintegro, y que continuando en giro, sirva de un fomento continuo y permanente a la industria.

8. los productos de los réditos procedentes de las importaciones que expresa el artículo anterior, se destinarán a los sueldos de los individuos de la junta y demás empleados en el Banco y a los gastos de Este, y el remanente se aplicará al aumento del capital.

9. la junta menor presentará y publicará anualmente sus cuentas, acompañándolas con una memoria en que se demuestre el estado de la industria nacional y sus sucesivos progresos.

10. aunque los ramos que de preferencia serán atendidos sean los tejidos de algodón y lana, cría y elaboración de seda, la junta podrá igualmente aplicar fondos al fomento de otros ramos de la industria, y productos agrícolas de interés para la nación.

11. el gobierno podrá asignar de los fondos del Banco, hasta seis mil pesos anuales, para premios a los diversos ramos de industria, los cuales se concederán a propuesta y conforme de la junta.

12. Por ningún motivo ni pretexto se distraerán los fondos del Banco para otros objetos, ni se podrán hacer por la junta, donativos, funciones ni otra erogación alguna ajena de su objeto.



(Tomado de: Álvaro Matute – Antología. México en el siglo XIX. Lecturas Universitarias #12. Universidad Nacional Autónoma de México, Dirección General de Publicaciones, México, D.F., 1981)



miércoles, 6 de marzo de 2019

La Prensa y la Ley



La libertad de imprenta no tiene más límites que el respeto a la vida privada, a la moral y a la paz pública.” (Artículo 7° de la Constitución.)

La impunidad en el ejercicio de una función pública se traduciría en el relajamiento de las instituciones. A evitar esta deformidad social está dirigido el artículo 7°. El medio para realizarlo es la prensa.

La prensa guarda en nuestro días una situación precaria. Se ahogan sus manifestaciones por temor al escándalo, a pesar de ser más escandaloso el ejercicio de actos punibles que se guardan en el secreto de una complacencia funesta. Para llegar a este extremo se ha torturado la interpretación de un principio constitucional.

Se argumenta en estos términos: desde el momento en que el artículo 7° constitucional fue reformado en el sentido de que “los delitos que se cometan por medio de la imprenta serán juzgados por los tribunales competentes de la Federación o por los de los estados, los del Distrito Federal y Territorio de la Baja California, conforme a la legislación penal”, deben ser juzgados los periodistas con el estrecho cartabón de la legislación común.

Si dicen que el juez fulano o el magistrado zutano venden públicamente la justicia al mejor postor, deben ser considerados como reos de difamación o calumnia.

Esta argumentación forzada e inmoral tiende a destruir el sabio principio 7° de la Constitución y a dar mayor auge a la impunidad, que a continuar así, nos veremos algún día sujetos a un proceso por ataques a la libertad de comercio cuando digamos que algún juez vende públicamente la justicia.

La reforma del 15 de mayo de 1883 no destruyó el principio de absoluta libertad de imprenta, sancionado por los liberales creadores de la Constitución del 57. Esta reforma significa únicamente la supresión del fuero de que gozaban los escritores públicos; pero jamás pudo significar la restricción a toda denuncia de actos ilegales cometidos por funcionarios. En vez de juzgarse los delitos por un jurado que califique el hecho y por otro que aplique la ley y designe la pena, serán juzgados por los tribunales competentes de la Federación o de los estados. Se modificó el procedimiento, pero no el principio. Éste subsiste en todo su vigor, amplio y liberal, como producto de cerebros poderosos.

La interpretación nueva no puede ser forzada, como lo supondría algún funcionario judicial en un exceso de suspicacia. Los dos primeros incisos del artículo 7° nada sufrieron con la reforma. Quedaron intactos y a salvo de toda profanación. El último inciso fue el reformado; es decir, aquel que en el artículo primitivo determinaba el procedimiento. Si nuestra interpretación fuera errónea, habría una antítesis inexplicable entre la libertad amplísima de los primeros incisos con la taxativa despótica del último. Esto sería inadmisible tratándose de legisladores en los que hemos de suponer sentido común y en los que, por más adictos servidores del gobierno que fueran, les había de chocar el cambio de un principio decoroso y digno de las postrimerías del siglo XIX con uno nacido al calor del despotismo de una sociedad embrionaria.


Regeneración n. 6, 15 de septiembre de 1900


(Tomado de: Armando Bartra (Selección) - Ricardo Flores Magón, et al: Regeneración, 1900-1918. Secretaría de Educación Pública, Lecturas Mexicanas #88, Segunda Serie, México, D.F., 1987)

martes, 5 de marzo de 2019

Felipe B. Berriozábal




Nació en Zacatecas, Zac., en 1829; murió en la ciudad de México en 1900. Quedó huérfano y pobre muy joven; trabajó arduamente, hizo ahorros y pasó a la capital de la República para inscribirse en la Escuela Nacional de Ingenieros. Interrumpió su carrera para luchar contra los norteamericanos con el grado de teniente (1846-1847). Recibió su título en 1849. Revisó los planos de los estados de México y Tlaxcala, hizo el avalúo de las fincas, tomó parte en la desecación de las lagunas de Lerma y en la canalización de este río, hizo las obras que evitaron las inundaciones de Toluca con aguas del Nevado y fijó los límites entre los estados de México y Michoacán. Afiliado al partido liberal en ocasión de la revolución de Ayutla, ocupó la plaza de Toluca y luego la defendió contra Piélago y Miramón (1856), asistió al ataque de la Ciudad de México (1858), participó en las batallas de Calamanda y El Ahorcado (marzo de 1859) y estuvo en la acción de Tacubaya (abril de 1859). En 1861 defendió Toluca contra los conservadores Buitrón y Neri. De diciembre de 1857 a febrero de 1862 ocupó 3 veces la gubernatura provisional del Estado de México, mientras ejercía la jefatura de las operaciones militares. En 1862 hostilizó a los franceses en Acultzingo (abril), y los rechazó en el cerro de Guadalupe (5 de mayo) y frente a Orizaba (14 de junio). En 1863, durante el sitio de Puebla, defendió el convento de San Agustín, pero cayó prisionero de los invasores cuando éstos tomaron la plaza. Logró evadirse y se presentó ante el presidente Juárez, de quien fue ministro de Guerra y Marina del 26 de mayo al 18 de agosto de 1863. El 30 de octubre de este año se hizo cargo del gobierno de Michoacán, pero ante la proximidad del ejército franco-mexicano, puso a salvo los archivos públicos, dio las bases para la organización de las guerrillas y el 24 de noviembre declaró capital a Uruapan, mientras durara la guerra. El 31 de marzo de 1864 renunció al gobierno y se retiró a Monterrey, para ponerse a las órdenes del presidente Juárez. Fue comandante militar de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, y combatió a los imperiales hasta el triunfo de la República. En 1876 formó parte del gabinete del presidente José María Iglesias, como ministro de Guerra, del 31 de octubre al 24 de diciembre. En 1880, reconciliado con el presidente Díaz, aceptó dirigir el ministerio de Gobernación del 21 de enero al 30 de noviembre. Volvió a ser ministro de Guerra y Marina del 20 de marzo de 1896 al 9 de enero de 1900, fecha de su muerte.

(Tomado de: Enciclopedia de México, volumen II, Bajos-Colima)

lunes, 4 de marzo de 2019

Lupe Vélez




La mexicana de fuego

Menuda de rasgos y de salvajes ojos verdes, chaparrita de lleno, de exquisitas curvas, de hermosos senos, muy bien torneadas piernas y boca de corazón, Lupe Vélez fue conocida como "la dinamita mexicana". Bailarina plena de simpatía y de fuego, tempestuosa y temperamental en sus papeles en Hollywood (e igual o más en la vida real). Lupe Vélez fue un torbellino sexy que cruzó, arrollándolo todo, el Hollywood de los veinte y treinta, después de haber triunfado en México, donde fue "bataclana" y donde era ídolo supremo de los asiduos al teatro de revista en el México postrevolucionario. Capaz de seducir lo mismo a Gary Cooper que a Johnny Weissmuller, a José Gorostiza o a Arturo de Córdoba, "la niña Lupe" se convirtió en leyenda al "suicidarse llena de glamour y vestida de blanco", pero en realidad muriendo ahogada en su propio vómito en el inodoro de su baño. (David Ramón)

Parte memorable de su cuerpo:
La región glútea, a la que imprimía increíbles movimientos y velocidad en sus bailes.

Su papel más sexy:
Canción de amor.

Su escena más provocadora:
Cuando seduce a Gary Cooper en La canción del lobo.

(Tomado de: Somos, especial de colección núm. 6, Los símbolos sexuales + ardientes del mundo, Editorial Eres, S.A. de C.V. México, D.F., 1997)