viernes, 26 de diciembre de 2025

José Zorrilla y Maximiliano

 


José Zorrilla y Maximiliano 


En el empinado castillo azteca de Chapultepec, allí comimos en una galería, desde la cual veíamos el indescriptible panorama del valle de Anáhuac, en cuyo centro la capital parece una ciudad de marfil de un abanico chino, destacándose sobre el fondo azul de la laguna de Texcoco

Quien no ha visto a México desde Chapultepec, no ha visto la tierra desde un balcón del paraíso: Maximiliano se saciaba contemplando aquel fragante y gigantesco canastillo de flores, puesto al pie de los nevados picos de la Sierra Madre que le devuelve por el aroma fresco de sus jardines de Iztapalapa, el cedrineo perfume de sus alerces, cimbradores y de su retorcidos enebros. Allí, en aquella galería, exclamó una tarde el infeliz príncipe austríaco, respirando a pleno pulmón aquel aire salubre, y dilatando sus pupilas azules a aquella luz tibia y transparente: "Así deseo yo que me dé Dios luz y aire, para morir bendiciéndole". ¡Y Dios le oyó! 

Aquella tarde en que yo le acompañaba, comenzaba ya confundir su luz con la neblina parda del crepúsculo; teníamos ya vacías las tazas del café y fumaba Maximiliano, no comprendiendo que yo le despreciara sus elegidos vegueros, y entreteníale yo con el relato de cuentos y pormenores de costumbres del país, sin darnos ni él ni yo cuenta ni de quiénes éramos ni de cómo el tiempo se nos pasaba, cuando nos interrumpió la señal de su telégrafo particular, que la hizo de atención. 

Maximiliano no podía menos de apercibirse, por más que a nadie pudiera confesar sus recelos, de que su Imperio no tenía aún, ni podría tener nunca, sólido fundamento. Él no había ido nunca por su gusto, ni menos por ambición de mando ni de riqueza, a ocupar el carcomido trono de los aztecas: una voz misteriosa, la de la poesía del pueblo, le había dicho que por la pluma de un italiano aún hoy desconocido como la voz de una Sibila, que: 

Il trono fracido de Moctezuma 

è nappo Gallico colmo di spuma, 

Y aquellos tres pareados, esculpidos en su memoria, le cosquilleaban alguna vez en el fondo de la conciencia; aunque no creyera posible la predicción del último, que él interpretaba cuando más por una lejana y tan digna como necesaria abdicación. Maximiliano era cristiano sincero y  católico sin restricciones; pero como alemán era también un tanto supersticioso, y no reunía nunca trece a su mesa, ni le gustaba que cayera en martes el santo de su mujer, o que se hiciera en tal día a la mar el buque en que partía una persona estimada; no era, pues, posible que la fatídica predicción de los tres pareados italianos se borraran de su memoria ni desertaran de su conciencia; él mismo me los recitó una vez, después de hacerme yo el ignorante de ellos; y si en ellos no hubiera él pensado, no me lo citara, por más que lo hiciese en tono de broma y afectando no darles importancia.”

En Sedán, después de quemar las banderas, ya preso con su emperador, Pierron tuvo todo el tiempo de recordar al otro, al difunto Maximiliano en su último encuentro, al momento de la despedida: 

"Y a las 5 de la tarde del miércoles concluíamos de comer y entrábamos en su despacho de la torre del mediodía del palacio de los Virreyes, donde con la cordialidad de un amigo y el cariño de un hermano me entregó un paquete de notas. 

A las seis menos cuarto se levantó de la silla para despedirme, y me abrazó; él era de aventajadísima estatura, y mi frente llegaba apenas al lugar en que latía su corazón, contra el cual me estrechaba: sentí que los ojos se me inundaban de lágrimas; y cuando me condujo hasta la puerta, yo no pude articular palabra; apretóme la mano, y diciéndome: "Hasta la vuelta, y puede usted escribirme por mi gabinete civil", me despidió. Atravesé el inmenso salón vacío en que la puerta de su gabinete se abría, y al llegar a la puerta de aquel, sintiendo yo que aún me esperaba en la del este, me volví a hacerle el último saludo. Estaba efectivamente sonriéndome bajo el dintel de aquella puerta; los rayos del sol poniente, que por el balcón del gabinete que tras ella y sobre la plaza se abría, iluminaban por detrás su figura inmóvil, que destacaba sobre aquel fondo de resplandor de incendio: su cabeza rubia parecía cercada de una aureola de luz purpúrea, y nunca he podido olvidar esta coincidencia supersticiosa. 

La primera vez que le vi, entrando en la capital, bajo su manto rojo de púrpura y escoltado por su guardia palatina de uniforme rojo, me pareció que tras de sí dejaba un rastro de sangre; y la última me dejó la impresión de haberle visto circundado de fuego como si saliera o cayera en un volcán.”


(Tomado de Meyer, Jean - Yo, el francés. Crónicas de la Intervención francesa en México, 1862-1867, Maxi Tusquets Editores S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 2009)

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