Conquista de Chiapas y Guatemala
Otro de los capitanes de Hernán Cortés, el duro y arrojado Pedro de Alvarado, emprende la conquista de las tierras situadas al sureste de México-Tenochtitlan. De esa expedición hay varios testimonios. Aquí se ofrece el del propio capitán Alvarado, autor como Cortés de cartas en que refiere episodios de su conquista.
Y deseando calar la tierra y saber los secretos de ella, para que su majestad fuese más servido, y tuviese y señorease más tierras, fui a un pueblo que se dice Atiepar, donde fui recibido de los señores y naturales de él, y ésta es otra lengua y gente por sí; y a puesta del sol, sin propósito ninguno, remanesció despoblado y alzado, y no se halló hombre en todo él. Y porque el riñón del invierno no me tomase y me impidiese mi camino, dejélos así, y paséme de largo, llevando todo recado en mi gente y fardaje, porque mi propósito era de calar cien leguas adelante, y de camino, ponerme a lo que me viniese hasta calar a ellas, y después dar la vuelta sobre ellos, y venir pacificándolos. E otro día siguiente me partí y fue a otro pueblo que se dice Tacuilula, y aquí hicieron lo mismo que los de Atiepar, que me recibieron de paz y se alzaron dente a una hora. Y de aquí me partí y fue a otro pueblo que se dice Taxisco, que es muy recio y de mucha gente, y fui recibido como de los otros de atrás, y dormí en él aquella noche; y otro día me partí para otro pueblo que se dice Nacendelan, muy grande; y temiéndome de aquella gente, que no la entendía, dejé diez de caballo en la rezaga, y otros diez en el medio del fardaje, y seguí mi camino; y podría ir dos o tres leguas del dicho pueblo de Taxisco cuando supe que había salido gente de guerra y que habían dado en la rezaga, en que me mataron muchos indios de los amigos, y me tomaron mucha parte del fardaje y todo el hilado de las ballestas y el herraje que para la guerra llevaba, que no se les pudo resistir.
Y luego envié a Jorge de Alvarado, mi hermano, con cuarenta o cincuenta de caballo, a buscar aquellos que nos habían tomado, y halló mucha gente armada en el campo y él peleó con ellos y los desbarató y ninguna cosa de lo perdido se pudo cobrar, porque la ropa ya la habían hecho pedazos, y cada uno traía en la guerra su pampanilla de ella; y llegado a ese pueblo de Nacendelan, Jorge de Alvarado se volvió, porque todos los indios se habían alzado a la sierra; y desde aquí torné a enviar a Don Pedro con gente de pie, que los fuese a buscar a las sierras, por ver si los pudiésemos atraer al servicio de su majestad, y nunca pudo hacer nada, por la gran espesura de los montes; y así, se volvió; y yo les envié mensajeros indios de sus mesmos naturales, con requerimientos y mandamientos, y apercibiéndolos que si no venían los haría esclavos; y con todo esto no quisieron venir ni los mensajeros ni ellos. E al cabo de ocho días que había que estaba en este pueblo de Nacendelan, vino uno que se llama Pazaco, de paz, que estaba en el camino por donde habíamos de ir, y yo le recibí y le di de lo que tenía, y les rogué que fuesen buenos. E otro día del mañana me partí para este pueblo y hallé a la entrada de él los caminos cerrados y muchas flechas hincadas; y ya que entraba por el pueblo vi que ciertos indios estaban haciendo cuartos un perro, a manera de sacrificio; y dentro en el dicho pueblo dieron una grita, y vimos multitud de gente de tierra, y entramos por ellos, rompiendo en ellos hasta que los echamos del pueblo, y seguimos el alcance todo lo que se pudo seguir; y de allí me partí a otro pueblo que se llama Mopicalco, y fue recibido ni más ni menos que de los otros; y cuando llegué al pueblo no hallé persona viva, y de aquí me partí para otro pueblo llamado Acatepeque, adonde no hallé a nadie, antes estaba todo despoblado. E siguiendo mi propósito, que era de calar las dichas cien lenguas, me partí a otro pueblo que se dice Acaxual, donde bate la mar del Sur en él, y ya que llegaba a media legua del dicho pueblo, vi los campos llenos de gente de guerra de él, con sus plumajes y divisas, y con sus armas, ofensivas y defensivas, en mitad de un llano, que me estaban esperando, y llegué de ellos hasta un tiro de ballesta, y allí me estuve quedo hasta que acabó de llegar mi gente; y desque la tuve junta, me fui obra de medio tiro de ballesta hasta la gente de guerra, y en ellos no hubo ningún movimiento ni alteración, a lo que yo conocí; y parecióme que estaban algo cerca de un monte, donde se me podrían acoger; y mandé que se retrajese toda mi gente, que éramos ciento de caballo y ciento y cincuenta peones y obra de cinco o seis mil indios, amigos nuestros; y así, nos íbamos retrayendo; y yo me quedé en la rezaga, haciendo retraer la gente; y fue tan grande el placer que hubieron, siguiendo hasta llegar a las colas de los caballos, las flechas que echaban pasaban en los delanteros, y todo aquesto era un llano que para ellos ni para nosotros no había donde estropezar. Ya cuando me vi retraído un cuarto de legua, adonde a cada uno le habían de valer las manos, y no huir, ni vuelta sobre a ellos con toda la gente, y rompimos por ellos.
(Tomado de: González, Luis. El entuerto de la Conquista. Sesenta testimonios. Prólogo, selección y notas de Luis González. Colección Cien de México. SEP. D. F., 1984)

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