lunes, 2 de febrero de 2026

Entrevistando a las pirámides 5 Tenayuca


Entrevistando a las pirámides 5 Tenayuca 


La pirámide de Tenayuca o de las Serpientes, situada al borde noroccidental de la Ciudad de México, emplea cuando habla en primera persona o de sí misma el pluralis majestatis, con gran asombro de su entrevistador. 

-¿Quiere saber lo más curioso en lo que a nosotras se refiere? -dice la pirámide-. Aunque los conquistadores pasaron en su campaña por delante de nosotras y el soldado Bernal Díaz nos menciona en su libro, pasaron largos siglos antes de que volvieran a descubrirnos. Cuatrocientos años emplearon, primero los devotos y luego los investigadores, buscando nuestro emplazamiento, a pesar de encontrarnos al borde mismo de la capital. Fuimos redescubiertas en 1925. 

El entrevistador preguntó a la pétrea majestad cómo se explicaba esto. 

-Nada de lo que los dioses hacen es explicable. Ordenaron a la naturaleza que tendiera un velo sobre nuestra guardia. Esta se hallaba formada en los buenos tiempos por ochocientos centinelas…

Ahora la guardia ha quedado reducida, si el entrevistador no ha contado mal, a 138 soldados, que forman todavía un cordón bastante respetable de seguridad en torno a la pirámide; 138 robustos y temibles centinelas, 138 rollizas serpientes de cascabel talladas en granito. 

-Después del ocaso de los dioses, siguieron montando guardia, con el mismo silencio de piedra de antes. Era necesario desviar la atención de nosotras hasta el día en que nos devolviera a la finalidad de nuestra vida. 

El entrevistador preguntó a la pirámide cuál era aquella finalidad de su vida a que se refería.

-No somos una sola pirámide, aunque por fuera lo parezca. Somos ocho. Cada uno de nosotras prestaba durante cincuenta y dos años el servicio para que fueron construidas todas las pirámides: arrojar dardos y honrar a los dioses. Desde nuestra altura lanzaron muchos de aquéllos contra el enemigo. Y nuestros escalones estaban dispuestos de tal modo, que podía dispararse contra un enemigo muy próximo, que estuviese trepando ya por nuestro lomo, sin herir a los nuestros emplazados en otros pisos. El honrar a los dioses era función cotidiana de nuestro altar. 

Al cumplir cincuenta y dos años, la finalidad de nuestra existencia era otra, mucho más importante. El mundo duraba entonces exactamente cincuenta y dos años, a menos que los dioses se dignasen prorrogar su vida. Nadie en la tierra sabía si los dioses concederían o no la prórroga; la señal se daba a última hora del último año desde el altar de las serpientes situado en nuestra cima. En torno a nosotras todo eran sombras, pues se habían extinguido todas las luces del mundo. Una tensión indescriptible contenía el aliento de la multitud cuando los sacerdotes frotaban dos piedras, una contra otra. Si los dioses eran clementes, saltaban chispas. Un griterío inmenso de júbilo saludaba el signo de la gracia divina: ¡el mundo seguía viviendo! En acción de gracias por esta merced, se construía sobre la vieja pirámide de la vieja era y en torno a ella, la nueva pirámide de la nueva era. Esto quiere decir que nuestro ciclo de construcción duró ocho veces cincuenta y dos años, o sea, según vuestro cómputo, desde el siglo XII hasta el siglo XVI.”


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

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