La retirada británica
Conforme avanzó el siglo XX el fútbol fue dejando de ser monopolio inglés. El gusto por el balón saltó las cercas de los exclusivos clubes británicos y apareció lentamente en otros rincones de la ciudad. Los patios de la Escuela Normal, del Colegio de Mascarones, del Instituto Williams, del Colegio Alfonso XIII de Tacubaya y del Colegio Francés de Puente de Alvarado, fueron los escenarios donde cientos de muchachos mexicanos, y algunos extranjeros, recibieron sus primeros rudimentos futbolísticos, en algunos casos ayudados por profesores religiosos que se remangaban la sotana para enseñarles los secretos del dribling. Este deporte era visto como un ejercicio que ayudaba a templar el carácter de los estudiantes y que además estimulaba su espíritu de grupo. De estas escuelas egresaron generaciones enteras de aficionados y practicantes del balompié.
Entre los jóvenes de otras colonias extranjeras fue creciendo también el interés por formar sus clubes. Tal fue el caso de los franceses Emilio Spitallier, Lucien Dubernard y Charles Tardan, quienes en 1911 fundaron L'Amicale Française.
Cinco chavales españoles cambiaron el rumbo del fútbol mexicano, en marzo de 1912, cuando crearon el Club España. Tres años más tarde, en el Casino Alemán se formó el Club Germania, cuyos miembros usaban, por cierto, un uniforme oscuro, por el que fueron apodados "Los Fúnebres”.
Los mexicanos comenzaron a asomar la cabeza en el fútbol capitalino a partir de 1910, cuando Alberto Sierra y el reconocido sportsman Alfredo B. Cuéllar fundaron el club México de San Pedro de los Pinos. Montaron su cancha en un terreno de la Condesa, que formaba parte del peculio de Jorge Gómez de Parada, un jovencito de la élite porfiriana, graduado en Inglaterra, que en 1909 había tenido el honor de alinear con el Club Reforma.
Reforzado por algunos ingleses, el Club México ganó el campeonato de liga de 1912-13. Ya con la Revolución encima, el club de mexicanizó por completo; además integró a jugadores de extracción popular, como el delantero Serafín Cerón, el mediocampista "Borolas" Estrada y sobre todo el pintoresco portero Cirilo Roa. Su estilo duro y su actuar irreverente y pendenciero los convirtieron en el equipo del escándalo, algo que les valió el apoyo de la nueva afición que surgía en los barrios más pobres de la ciudad.
No sólo el nombre de México y la camiseta roja atraían a la porra colorada, sino la posibilidad de que en cualquier juego se desatara la gresca, el relajo. Esa actitud no era extraña en un país que vivía desde 1910 el gran borlote nacional.
Con el estallido de la primera guerra mundial se inició la retirada de los británicos de las canchas mexicanas. Muchos jugadores se alistaron y partieron al frente de batalla, dejando atrás los días de juego. El poderoso Club Reforma se desintegró en 1914; luego el Rovers, heredero del British Club, lo hizo en 1915.
El fin de la época británica puede verse ejemplificado en el destino de Arthur Hammond, el fino delantero inglés de quien la prensa mexicana dio noticia en julio de 1915: “todos Los amantes del fútbol recuerdan al inmenso jugador Hammond, aquel delantero admirable sin hipérbole, el mejor jugador que hemos tenido en México... no lo volveremos a admirar más; una terrible desgracia le ha sucedido en Europa. Se encontraba en las trincheras cumpliendo con su deber cuando una granada estalló a poca distancia de donde él se encontraba.”
(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

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