martes, 24 de diciembre de 2019

Levantamiento guerrillero en Chiapas I


I
LA GUERRA

Quien sabe lo dice: “Solucionar la guerra por la vía armada hubiese costado cinco mil vidas. Sin contar las muertes entre los guerrilleros, ni tampoco las bajas en el Ejército”.
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Poco antes de que el calor arreciase a principios de mayo de 1993, una patrulla militar se internaba por una región de los altos de Chiapas llamada Corralchém, en el municipio de Ocosingo. La operación era una más, no de rutina porque no la hubo, en el estricto sentido de la palabra, en Chiapas desde principio de sexenio para el Ejército, pero sí dentro de la normalidad.
De entre los árboles dispararon matando a dos soldados, aunque se dice que fueron más, mientras el resto de los militares daban aviso y se refugiaban entre la maleza.
Enterados en la Comandancia de la Séptima Región Militar, fueron enviados refuerzos. La batalla, con desventaja que crecía para el Ejército a cada momento, duraría varias horas. Por su importancia, porque no pudieron vencer a los entonces desconocidos que les disparaban perfectamente parapetados, el general Miguel Ángel Godínez, responsable del mando en esa zona, se hizo cargo.
El operativo duró más de dos días. No hay reportes conocidos de las bajas, además de los dos soldados primeros en morir, pero fue especialmente cruento. Fueron movilizados efectivos militares de la región y de Tabasco, hasta donde llega el mando de Godínez; para cuando pudieron vencer a los francotiradores ya habían, muy cerca de donde se llevó a cabo la batalla, más de mil 500 soldados.
El general de división DEM Godínez Bravo, se llevó una gran sorpresa, pese a ser hombre curtido en imprevistos, al descubrir kilómetros adelante, caminando entre los cadáveres de ambos bandos, un campamento de entrenamiento guerrillero.
La descripción del mismo correspondía en ese entonces, antes de que la mentalidad mexicana fuese afectada brutalmente por los acontecimientos de principios de 1994, a la más extrema ciencia ficción. Los recursos ahí invertidos estaban lejos de lo que se gasta en muchos cuarteles del Ejército. Había comodidades singulares, gimnasios, equipos de radiocomunicación que apenas tuvieron tiempo de desmantelar, televisiones a colores, comida, uniformes, insignias, escenografías copiando cuarteles militares chiapanecos, todo lo que define a un grupo armado organizado y con capacidad bélica más allá de lo que permitían saber las informaciones semi fantasiosas sobre la existencia de estos grupos.
Alarmado, el general Godínez dejó bajo custodia su “hallazgo” y procedió a viajar a la ciudad de México para informar, con todo cuidado y detalladamente al general Antonio Riviello. Pese a estar convaleciente de una intervención quirúrgica, el Secretario de la Defensa Nacional se trasladó, varias horas caminando, hasta el lugar.
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El fotógrafo, avecindado hace varios años en San Cristóbal de las Casas, Antonio Turok estaba, de acuerdo al decir local, un poco “bolo” en las primeras horas de la madrugada del día primero de enero cuando, al asomarse a la puerta de su casa, enfrentó el desfile menos esperado: un ejército de enmascarados que presumían sus insignias de plástico y sus armas modernas. A punto de que se le bajara “la borrachera” corrió por su cámara y regresó a tiempo para escuchar: “Órale Turok, que es un acontecimiento histórico, no vaya a salir mal la foto”.
Al día siguiente el mundo entero conocería al personaje que se preocupaba tanto del enfoque de sus lentes: El Subcomandante Marcos.


(Tomado de: Arvide, Isabel - Crónica de una guerra anunciada. Grupo Editorial Siete, S.A. de C.V. México, 1994)

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