lunes, 10 de agosto de 2026

Juegos de envite, palenques y tahúres

 


Juegos de envite, palenques y tahúres

Durante la colonia fueron popularísimos los juegos de envite, es decir, esa clase de juegos en donde ocurre una suerte de puja de postura, de apuestas para derrotar al contrario a partir de la confianza en la suerte propia. Es el reino, pues, de los juegos de azar que entrañan la búsqueda de una ganancia personal. Tal reino pronto extendió su dominio en el territorio novohispano y muy temprano también comenzó a despertar recelos y censuras. Dos modos principales tiene esta práctica. El más extendido es el de las cartas, el de los naipes o la baraja, llegando a México gracias a la afición de Cortés y sus soldados. La baraja, cuenta Francisco de Luque Fajardo, sería "instrumento común de la discordia, pertrecho de una guerra civil entre vecinos, mensajero de rebeliones y motines, intérprete que rompe las paces, contraviniendo a sus capitulaciones". Lo cierto es que los cuatro palos de la baraja (bastos, espadas, copas y oros) fueron sobados y buscados por integrantes de todas las clases sociales, hasta hacer que los naipes fueran prohibidos y a la vez seguidos por una cauda de espectadores esperanzados, anhelantes del barato, una suerte de regalo que los jugadores ofrecían a los que miraban el curso de sus habilidades e incluso, en ocasiones, les servían en la distribución de cartas. 

Al respecto habrá que recordar estas líneas de El Buscón de Quevedo: "Es de ver uno de nosotros en una casa de juego, con el cuidado que sirve y despabila las velas, trae orinales, cómo meten naipes y solemniza las cosas del que gana, todo por un triste real de barato." En Nueva España se jugaron varias modalidades, como las "primeras", las "pintas", la carteta", los "albures". 

El juego de dados fue siempre condenado por el poder, en medida proporcional a la popularidad que adquirió. Tal vez su sencillez -la tirada de las piezas mallarmeana sólo excepcionalmente es una apuesta poética-, tal vez la facilidad con que podían lograrse trampas (los famosos dados cargados, alterados, que llegarían a influir en los posteriores volados callejeros y escolares), ocasionaron que las autoridades del virreinato dictaran medidas en contra de su práctica "aborrecible". Como suele ocurrir, las prohibiciones fueron tan inefectivas como reiteradas. En los garitos donde reinaban tahúres y fulleros (hacedores de la flor de la baraja), la tirada de dados fue también fuente de grandes pérdidas para muchos, y de ganancias casi siempre exclusivas de adiestrados tiradores

Entre los juegos de envite, los entregados a los vicios y a los vuelcos del azar, el de los gallos ha sido en nuestro medio el que ha tenido mejor éxito, con todo y las infaltables prohibiciones que la Corona española y las autoridades posteriores han dictado. María Cristina Sarabia Viejo cuenta que la afición a este juego "estaba tan extendida que no bastaban los palenques públicos y con frecuencia existían casas grandes, propiedad de particulares dedicados al comercio y de coymes (dueños de casas que alquilaban las barajas al asentista de naipes y con frecuencia se dedicaban al préstamo de cantidades a los jugadores), adonde acudía mucha gente para jugar a los gallos y a los naipes". En las plazas públicas la gente llegó a arriesgar, en la Colonia, grandes cantidades en favor de “su gallo”.

(Tomado de: Reyes, Juan José - Cuestión de suerte, Editorial Clío, libros y videos S. A. de C. V., México 1997)

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