viernes, 6 de septiembre de 2019

Asaltantes de canoas son atrapados, 1842

1842

Asaltantes de canoas son atrapados


[Basado en: “Ejecución de justicia”, Unipersonal del Arcabuceado, pp. 159-160]


La Ciudad de México tuvo un paisaje acuático desde su origen y lo conservó hasta principios del siglo XX, época en que concluyó, prácticamente, la navegación como forma de transporte.
Resulta difícil imaginar una ciudad acuífera; es curiosa la referencia que hace, en el siglo XVII, Miguel de Cervantes Saavedra, en su obra El Licenciado Vidriera:


[...] desde allí embarcándose en Ancona, fue a Venecia, ciudad que de no haber nacido Colón en el mundo, no tuviera en él semejante: merced al cielo y al gran Hernando Cortés, que conquistó la gran Méjico, para que la gran Venecia tuviese en alguna manera quien se le opusiese. Estas dos famosas ciudades se parecen en las calles, que son todas de agua: la de Europa, admiración del mundo antiguo; la de América, espanto del mundo nuevo.


Por toda la ciudad podían verse las canoas y barcas que transitaban por los canales y las acequias que cruzaban por todas partes, comunicando la ciudad con Xochimilco, Chalco, Iztacalco y Mixquic. Esta forma de transporte era fundamental para el transporte de los alimentos que, por lo general, procedían de esas zonas.
La urbe se encontraba llena de canales y vías fluviales a través de los lagos de Texcoco, Chalco, Xochimilco, Zumpango y Xaltocan.
Guillermo Prieto describe un viaje por uno de los canales más famosos de aquel tiempo:


En un galope estábamos en La Viga; colocamos en el balcón de piedra que forma la garita sobre pel y lo vimos cubierto, tapizado de flores; debajo de las flores desaparecían las aguas. Los conductores de las canoas, todos tan alegres, tan presurosos de llegar a sus destinos; varias familias en simones madrugadores, en coches particulares y a caballo también [...] A las seis de la mañana parte de aquellas innumerables canoas, ya están en destino.
Generalmente se estacionan en la parte del canal que va desde el Puente de San Miguel de la Leña, es decir, espalda de la calle de Quemada, Convento de la Merced y Callejón de Santa Ifigenia. En las aceras que forman estas calles, cuyo centro ocupa el canal, hay balcones coronados de espectadores y de damas, perfectamente vestidas [...]


En estos espacios, el coronel Francisco Vargas acompañado de un piquete de tropa logró capturar a una peligrosa banda de asaltantes.
Los primeros ladrones apresados fueron el español Abraham de los Reyes y su cómplice Cipriano Márquez, acusados de atracar, en octubre de 1842, las canoas que circulan por Chalco.
Cuando estaba por concluir el proceso judicial, el gachupín delató al resto de sus cómplices, designando los más variados delitos cometidos. Se trataba de Cipriano Márquez, Francisco Ramírez, José Antonio González, Vicente Tovar, Francisco Tapia, José Trinidad Contreras, Gorgonio Guzmán y Guadalupe Sánchez. 
Cipriano Márquez, comerciante, guardia auxiliar de Mexicalcingo, era capitán de varias cuadrillas de delincuentes con quienes se reunía para atracar en la mojonera del camino de San Ángel, al pueblo de Coyoacán, lo que no pudo realizarse pues no llegaron todos los ladrones que esperaban. No ocurrió lo mismo en el pueblo de Culhuacán, en donde saquearon la casa de don José Manuel Rodríguez a quien robaron más de nueve mil pesos. Días después, esta misma cuadrilla robó una mula cargada de cobre de antigua moneda en el pueblo de Huichilaque. Así mismo, Confesó haber sido responsable de la balacera suscitada durante más de dos horas a las canoas de Chalco, el 8 de diciembre pasado.
Cómplice de los anteriores, era un reo que se había fugado de la cárcel, de nombre Francisco Ramírez, de oficio carpintero, que al ser atrapado se le descubrió como la persona que había robado a dos pasajeros en la mojonera del camino a San Ángel.
El cuarto ladrón atrapado fue Antonio González, sin oficio, acusado de los asaltos efectuados el 12 y 13 de diciembre en los montes de Canales, Cruz del Marquéz y de Fierro del Toro. También tenía causa pendiente por hurto en los juzgados de Toluca y Tenancingo.
Vicente Tovar, de oficio carpintero, fue denunciado debido a los asaltos a que por espacio de cinco días dieron a innumerables pasajeros en Cerro Gordo y demás parajes del camino a Cuernavaca, batiéndose con la tropa comandada por el general Jerónimo Cardona. En junio, asaltó una tienda del barrio de los Reyes, en Coyoacán; entre el 9 y el 11 de septiembre atracaron a una multitud de pasajeros de San Agustín de las Cuevas, robándose en el peaje de Cerro Gordo las armas y dinero colectado; el 19 del mismo mes asaltó a tres pasajeros en la mojonera de san Ángel; el 26 concurrió al atraco de José Rodríguez, en Culhuacán; el 8 de octubre asaltó en la zona de “más arriba”, a todas las canoas de Chalco; más tarde hizo lo mismo en el Carrizal de Ixtacalco, cuando secuestró cinco canoas trajineras desarmando a la tropa que las escoltaba; el 31 de octubre participó en el robo de más de cincuenta personas en “El Cuernito”, arriba de Tacubaya, entre cuyos pasajeros se encontró el cura del pueblo de Santa Fe y a quienes quitaron con violencia el dinero, ropa y caballos que tenían. Así mismo, confesó una media docena de asaltos más, además de ser desertor del ejército.
A Francisco Tapia de oficio carnicero y de veintiséis años, se le responsabilizó del atraco a la diligencia en las inmediaciones de Huichilaque, de los asaltos del Cuernito y Fierro del Toro e igualmente, de ser desertor de la brigada ligera de artillería.
José Trinidad Contreras, de ejercicio herrero y de veintidós años, fue denunciado como concurrente al repetido asalto de Fierro del Toro y preso por complicado en el atraco que el 6 de abril dieron ocho individuos a Bernardo Herrera en su casa, sita en la 2a. Calle de Vanegas y desertor del octavo regimiento de caballería.
Gorgonio Guzmán, de ejercicio zapatero y de veinticinco años, fue cómplice en los asaltos de la mojonera de San Ángel, del de Culhuacán y del efectuado en Fierro del Toro.
Guadalupe Sánchez, de veintiséis años, era el guía de los pillos y concurrente a los asaltos del camino a Cuernavaca, a los de la Cruz del Marquéz y Monte de Canales, con el agregado de desertar dos veces del regimiento ligero de caballerías, una de ellas con circunstancia agravante.
Al realizarse las aprehensiones, se practicaron las diligencias y se comprobaron los delitos. Los criminales confesaron con el mayor cinismo su culpabilidad, en cuya virtud, el consejo de guerra ordinario los condenó a la pena del último suplicio.


(Tomado de: Sánchez González, Agustín - Terribilísimas historias de crímenes y horrores en la ciudad de México en el siglo XIX. Ediciones B, S.A. de C.V., México, D.F., 2006)

jueves, 5 de septiembre de 2019

La flota de Miguel Miramón, 1860


Al reto de Juárez, Miramón preparó un ejército y se dispuso a atacar el puerto de Veracruz. Fue el segundo intento. Llegó frente a los muros de la ciudad heroica en los momentos en que Juárez declaraba nulo el Tratado Mon-Almonte, concertado entre el gobierno de Isabel II y el general Juan N. Almonte, hijo natural de Morelos, ministro del Presidente Zuloaga en Francia. Sus puntos principales fueron: la ratificación del Convenio de 1853, por medio del cual el gobierno de Santa-Anna se obligó a pagar a España una suma de mucha consideración, por deudas atrasadas, y la obligación del gobierno de Zuloaga a pagar otra cantidad por los asesinatos de españoles cometidos en San Vicente y San Dimas. Pero el gobierno de Juárez celebra el Tratado MacLane-Ocampo, por el que se pactaba conceder a los Estados Unidos el derecho, a perpetuidad, de transitar libremente por el itsmo de Tehuantepec, y el otorgamiento de otras franquicias mediante el pago de cuatro millones de pesos. Este tratado no ha tenido, ni tendrá, justificación alguna, ya que implicaba “una verdadera servidumbre internacional y graves peligros para la independencia de la patria”. Este tratado no llegó a ponerse en vigor, porque el Senado de los Estados Unidos se negó a aprobarlo. Estábamos en la buena época romántica..
Miramón aprovechó, pues, un instante de hondo encono en contra de Juárez para emprender su campaña sobre Veracruz y, para hacer más cierto su triunfo, adquirió en La Habana dos barcos grandes y una balandra, que fueron bautizados con los nombres de Marqués de la Habana, General Miramón y Concepción. La escuadrilla no tenía nada imponente: se trataba de dos barcos viejos, sin condiciones marinas, y una lancha pequeña:

La escuadra de Papachín,
dos guitarras y un violín.

En tanto, el general Gutiérrez Zamora hacía prodigios con la disciplina: organizaba un ejército, adiestraba a las guardias nacionales y artillaba la plaza con 148 cañones. El 27 de febrero salió la flotilla de La Habana y el 6 de marzo llegó frente a Veracruz; siguió de largo, hacia el Sur, hasta el fondeadero de Antón Lizardo, pero al pasar frente al castillo de San Juan de Ulúa, la fortaleza le pidió bandera “sin que los barcos aludidos atendieran la demanda”, por lo cual se les hicieron varios disparos. Juárez y su ministro de Guerra, general Partearroyo, trataron con Mr. Jarvis, jefe de una escuadrilla norteamericana surta en Veracruz, y el cubano Domingo Goicuría, el modo de apresar estos dos barcos, haciendo, antes, la declaración de que se trataba de “embarcaciones piráticas, y, en consecuencia, debiendo ser considerados así por los buques nacionales y de las naciones amigas”. Se preparó entonces una expedición en contra de los barcos de Miramón: “A las ocho de la noche salió la Saratoga, remolcada por el vapor Wawe y acompañada del Indianola, que servía únicamente de transporte, con 80 hombres a bordo, entre marinos y soldados de los Estados Unidos. El Wawe llevaba también tropas de los Estados Unidos y cada uno de los vapores iba provisto de un obús de montaña.
“Los tres buques de guerra llegaron hacia la medianoche a Antón Lizardo, donde encontraron a los dos vapores Marqués de La Habana y General Miramón, los cuales, de estar a muy corta distancia, intentaron alejarse, sobre todo el General Miramón, que había emprendido la fuga . en el acto la Saratoga tiró al aire una granada para hacer que se detuviera; no habiendo obedecido, el Indianola, que no remolcaba ya a la Saratoga, persiguió al dicho General Miramón, hasta que estuvo bastante cerca para hablarle. El Indianola le gritó repetidas veces que suspendiera su marcha, y viendo que no hacía caso de esa insinuación, le disparó tres o cuatro tiros de fusil, al aire, a los que respondió el General Miramón con un cañonazo, cuya bala pegó en la cámara alta del Indianola. Entonces este vapor se precipitó sobre aquél haciéndole vivo fuego de fusilería. 
“Mientras esto pasaba, la Saratoga tiró al Marqués de La Habana otro cañonazo, cuya bala lo atravesó de un lado a otro, y este vapor echó ancla enarbolando la bandera española.
En seguida el Wawe dejó anclada a la Saratoga y fue en ayuda del Indianola, que perseguía al General Miramón, y viendo que éste ganaba la delantera, avanzó sobre él y lo abordó, pero no teniendo los utensilios necesarios para retenerlo, y habiendo sufrido, además, un vigoroso choque que le causó muchas averías en la cámara alta, el General Miramón logró pasar por su popa, haciéndole fuego de cañón y de fusilería.
“Entonces el Wawe comenzó a darle caza, haciéndole fuego de cañón y fusilería. En su huída el General Miramón encalló en un bajo, y el Indianola, que se hallaba cerca, lo abordó por segunda vez, sin encontrar resistencia, y lo capturó.
“Se encontraron a bordo 30 heridos, que fueron transbordados a la Saratoga, a fin de prestarles los auxilios posibles. El Wawe y el Indianola pasaron la noche fondeados en aquel lugar.
“Por la mañana, el Wawe y el Indianola hicieron lo posible para poner a flote al General Miramón, pero no habiendo podido lograrlo, la Saratoga se dirigió al puerto, remolcada por el Marqués de La Habana. “En la santabárbara del Marqués de La Habana y del General Miramón fueron encontradas varias cajas de municiones con este rótulo: “Arsenal de La Habana”, y Juárez comprendió los inmediatos resultados del Tratado Mon-Almonte.
“Ante el fracaso de su escuadrilla, Miramón inició el bombardeo del puerto. Juárez se obstinó en permanecer en la ciudad durante los ataques de Miramón, y sólo el general Gutiérrez Zamora logró hacerle desistir de su propósito “haciéndole ver que no habría tranquilidad en el ánimo de los defensores de la plaza si él permanecía en ella, y que no respondería de nada mientras el Presidente, que era el legítimo representante de la causa que defendía, no pasaba a Ulúa”.
Juárez penetró por segunda vez a la fortaleza: en aquel salón sus ropas fueron registradas; allí estaba el libro de la prisión con su nombre; en esa celda se volvió más impenetrable. Nada dijo; ni cuando Miramón abandonó el ataque de la plaza tuvo un gesto expresivo.
El 23 de mayo desembarcó en Veracruz don Joaquín Francisco Pacheco, embajador de España cerca del gobierno de Miramón, y mientras todos afilaban sus uñas, Juárez dio órdenes para que se le diera libre tránsito y escolta dentro de los límites de Veracruz. Sólo permitió a Guillermo Prieto unos versos:

Cada tiro es un gazapo,
cada paso un tropezón:
nos pone ya como un trapo
la España, por diversión.


Jamás faltarán pretextos
a los hijos de la Iberia
para enviarnos mil denuestos
en prosa burlesca o seria…

…..

Madre España, ¿a qué ese anhelo
de insultarnos, imprudente?
¿No ves que escupiendo al cielo
te escupes, madre, en la frente?   


¿Tus viejos pecados ora
quieres que solos carguemos?
Eso es injusto, señora…
tu origen reconocemos.


Ten, Iberia, caridad,
con el que lucha y se afana;
que el pan de la libertad
sólo con sangre se gana.


Y tú tienes experiencia
de lo que cuesta el progreso,
pues, tras tu larga existencia,
aún estás royendo el hueso.

(Tomado de: Pérez Martínez, Héctor - Juárez, el impasible. Colección Austral #531 (biografías y vidas novelescas). Espasa-Calpe Mexicana, S.A., México, 1988)

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Declaración Pública del Consejo Universitario, 1968


Declaración Pública del Consejo Universitario


El Consejo Universitario, en sesión extraordinaria efectuada el día 15 de agosto en curso, acordó que se demande del Gobierno de la República, la atención y resolución de los puntos que en seguida se señalan:


1.- El respeto irrestricto a la autonomía universitaria, que se proclama y garantiza por el orden legal de la República; la observancia del artículo 16 constitucional en relación con la inviolabilidad de los recintos universitarios, y el reconocimiento de que la libertad de expresión es esencial para el cabal cumplimiento de las funciones propias de todos los centros de enseñanza superior del país. Asimismo, que el Gobierno reconozca la definición de autonomía universitaria, en los términos en que fue formulada por el Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, en nombre del Consejo Universitario y con la representación del mismo en noviembre de 1966.


2.- La no intervención del ejército y de otras fuerzas del orden público para la resolución de problemas que son de la exclusiva competencia de la Universidad y demás centros de educación superior.


3.- La reparación de los daños materiales sufrido por los planteles universitarios, que fueron ocupados por las fuerzas públicas.


Por otra parte, el Consejo Universitario manifiesta su apoyo a las siguientes demandas que han planteado amplios sectores, organismos, comités y coaliciones de la comunidad universitaria y de otros centros de educación superior, sin que por esto se constituya en intermediario o gestor no trate de suplantar a ninguno de aquéllos:


1.- El respeto de las garantías individuales y sociales que consagra la Constitución de la República, sin el cual se quebranta el sistema jurídico que se ha otorgado soberanamente el pueblo mexicano.


2.- La libertad de los estudiantes presos y la indemnización en favor de las víctimas de los recientes acontecimientos.


3.- La determinación de las responsabilidades de las autoridades involucradas en los hechos mencionados y la aplicación de las sanciones correspondientes.


4.- La sujeción de las funciones de las fuerzas públicas a los lineamientos de la Constitución Federal, la supresión de los cuerpos policíacos represivos y la derogación de los artículos relativos al llamado “delito de disolución social”.

5.- La libertad de los ciudadanos presos por motivos políticos o ideológicos.


Por mi raza hablará el espíritu


Ciudad Universitaria, D.F., a 17 de agosto de 1968.
El Consejo Universitario.


(Tomado de: Castillo, Heberto - Libertad bajo palabra. Historia de un proceso, México, 1973. Colección Pensamiento Actual #12, Federación Editorial Mexicana. 1973) 

martes, 3 de septiembre de 2019

La Constitución de 1857


La Constitución de 1857, de corte liberal, ratificó los principios de la Ley de Desamortización [de 1856]. Los que participaron en las discusiones y redacción de la Carta Fundamental de la República conocían bien el serio problema de la miseria de los campesinos y la conducta orgullosa y el inmenso poder de los grandes terratenientes. Ponciano Arriaga decía que en el aspecto material la sociedad mexicana no había adelantado, puesto que la tierra continuaba en pocas manos, los capitales acumulados y la circulación estancada. Decía también que en su concepto los miserables sirvientes del campo, especialmente los indios, se hallaban enajenados por toda su vida, porque el amo les regulaba el salario, les daba el alimento y el vestido que quería y al precio que deseaba, so pena de encarcelarlos, atormentarlos e infamarlos si no se sometían a su voluntad; y en otro momento de su disertación en la tribuna del Constituyente, agregaba que el fruto del trabajo no pertenecía al trabajador, sino a los señores.
En las mismas sesiones del memorable Congreso, el jurista Vallarta opinaba que el propietario cometía abusos al disminuir la tasa del salario; al pagar con signos convencionales que no habían sido creados por la ley; al obligar al jornalero a un trabajo forzado por deudas anteriores y al vejarlo con tareas humillantes. Agregaba que la Constitución democrática que se estaba discutiendo sería una mentira; más todavía, un sarcasmo, si no se garantizaban los derechos de los pobres; si no se les aseguraba protección contra esos numerosos e improvisados señores feudales, dignos de haber vivido bajo un Felipe II o un Carlos IX.
La guerra civil continuó más encarnizada que nunca después de haberse promulgado la nueva Constitución; lucha sin tregua, lucha a muerte entre conservadores y liberales. Aquéllos contaban con la ayuda moral y financiera del Clero, de buena parte de los soldados de carrera, de los hacendados, de la inmensa mayoría de los ricos; éstos, los liberales, se apoyaban en una minoría de hombres cultos, progresistas y amantes de su patria, y en numerosos grupos representativos de la clase económicamente más débil de la sociedad. Los unos trataban a toda costa de que no hubiera cambios sustanciales en el país; los otros luchaban exactamente por lo contrario; querían que la nación se transformara marchando hacia adelante, querían constituir un México distinto y mejor, un México nuevo cimentado en principios de justicia y de libertad.


(Tomado de: Silva Herzog, Jesús - Breve historia de la Revolución Mexicana. *Los antecedentes y la etapa maderista. Colección Popular #17, Fondo de Cultura Económica; México, D.F., 1986)

lunes, 2 de septiembre de 2019

Enrique González Martínez


Guadalajara, México, 1871 - México, 1952. González Martínez aparece como una de aquellas excepciones que ponen a prueba la regla del modernismo: no fue un poeta de la ciudad (sus primeros libros se publicaron en Mocorito, Sinaloa), salió de su país cuando ya tenía 50 años y vivió y escribió hasta los 81; en 1952 con El nuevo Narciso queda brillantemente cerrado el movimiento que comenzó en 1882.
Así, “La muerte del cisne”, el soneto que escribió en 1911 no fue la oración fúnebre del modernismo ni, mucho menos, un ataque a Rubén Darío. Simplemente González Martínez protestó contra “la exterioridad y el procedimiento”. Es decir, contra los rasgos parnasianos y optó, como su naturaleza se lo pedía, por los simbolistas, a quienes tradujo magistralmente (Jardines de Francia, 1915).
En la línea inaugurada por el Ariel de Rodó (1900), quiso dar una ética al movimiento estético. De allí el tono introspectivo y reflexivo de su poesía que toma su impulso de los filósofos idealistas franceses. La tentativa de responder al dolor con la serenidad encarnó sobre todo en los mejores poemas de madurez, hechos ante la muerte de su esposa y de su hijo, el poeta González Rojo.
A pesar de su equivocación al aceptar un cargo en el gabinete de Victoriano Huerta, González Martínez no se exilió como los otros modernistas. Permaneció en México y fue uno de los maestros que aceptó como tales la generación de “Contemporáneos”. Médico, diplomático en Sudamérica y en España, militó por la paz en la segunda preguerra, fue amigo de los jóvenes poetas y ahondó hasta el final en la línea simbolista del modernismo que le pertenece y lo caracteriza.


Compilación: Obras completas (Ed. de Antonio Castro Leal, 1971).


Antología de su obra poética (Ed. de Jaime Torres Bodet, 1971).



(Tomado de: Pacheco, José Emilio (Selección, prólogo, notas y cronología) - Poesía modernista, una antología general. Coedición: Dirección General de Publicaciones y Bibliotecas/SEP y Coordinación de Humanidades/UNAM. México, D.F., 1982) 

sábado, 31 de agosto de 2019

Cruces parlantes

(Tablero del Templo de la Cruz; Palenque, Chiapas)
Uno de los fenómenos religiosos más sobresalientes entre los indígenas mayas fue el culto a las cruces parlantes, introducido o revivido por José María Barrera durante la guerra de Castas en Yucatán., Aun cuando la relación entre la cruz foliada y el misterio indígena del agua se basaba en ideas religiosas muy antiguas, aquella devoción cobró gran popularidad cuando ese signo, grabado en un árbol, se convirtió en símbolo de la rebelión de los mayas. No se sabe si los oráculos de la cruz fueron transmitidos por individuos posesos o si desde un principio se trataba de una superchería de sacerdotes ventrílocuos, según lo afirman varios historiadores yucatecos. La cruz parlante de Chan Santa Cruz, sustituida posteriormente por otras cruces sagradas, se convirtió en un símbolo religioso y aun nacional para los cruzoob, cuya autonomía política y religiosa se sostuvo en el territorio del actual Estado de Quintana Roo durante varias décadas.
Los cruzoob (hispanismo del maya yucateco: de cruz y -oob, sufijo pluralizador) fue el nombre de los indígenas rebeldes que a mediados del siglo XIX se instalaron en las selvas de Quintana Roo y adoptaron o renovaron la antigua religión maya. Su centro político y religioso era Chan Santa Cruz. Chan es el antiguo nombre de los mayas y significa serpiente, símbolo de la fertilidad; y Santa Cruz se refería a la cruz maya, de simbolismo pagano. La tierra de los cruzoob se extendía por el sureste de la península, hasta Tulum por el norte y por el sur hasta el lago Bacalar. En 1867 contaban con unos 40 mil adeptos y se consideraban un estado independiente. Recibían cierta ayuda de los ingleses de Belice, especialmente armas modernas, a cambio del permiso de explotar las maderas de sus bosques. Según el viajero Fred Aldherre, los cruzoob no observaban la vieja religión maya, sino una mezcla de cristianismo y paganismo, centrada alrededor de la gran cruz mágica y parlante de Chan. Esta tenía su intérprete oficial, el Tata polin, y sólo ocasionalmente escribía cartas para indicar su voluntad, firmadas con tres cruces.
La cruz parlante era un culto sincrético en que se admitían ciertas ideas católicas; sin embargo, a medida que florecía en Quintana Roo, muchas ideas religiosas de los antiguos mayas, que habían sobrevivido en tradiciones, supersticiones y conocimientos transmitidos oralmente, contribuían a vitalizar a los cruzoob. Todavía en 1871 se veneraba a una cruz parlante en Tulum, y el culto no parece haber desaparecido del todo aún en época posterior. v. Enciclopedia yucatanense; S. Baqueiro: Ensayo histórico sobre las revoluciones de Yucatán desde el año 1840 hasta 1864 (Mérida, 1878); N. Reed: The Caste War of Yucatan (Stanford, 1964).  
Antecedentes. Los españoles, según algunos cronistas, hallaron algunas cruces, o señales de ellas, en los adoratorios de Yucatán; esto originó la suposición de que los mesoamericanos conocían la cruz cristiana. En abono de este aserto, se han señalado las cruces y las figuras cruciformes en los tableros de Palenque, que más bien pueden considerarse como plantas de maíz estilizadas. Muchos siglos antes de la era cristiana se representaba la cruz en América, según lo demuestran la que se ve en la estatuilla de Atlihuayán, Morelo, que se conserva en Cuernavaca, y la del jaguar de Chavín, Perú. Las cruces cristianas prehispánicas han sido motivo de leyenda. 


(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S. A. México D.F. 1977, volumen III, Colima - Familia)

viernes, 30 de agosto de 2019

Gertrudis Bocanegra


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Gertrudis Bocanegra (1765-1817)

No era usual que las mujeres tuvieran acceso al conocimiento. Pero ella buscó, de una u otra forna, el modo para hacerse de libros que le contagiaran el ánimo libertador. Los autores de la Ilustración despertaron en ella una conciencia de justicia social y libertad. Por ello, cuando inició el movimiento insurgente en 1810, y a pesar de que sus padres y su marido, Pedro Advíncula de la Vega, eran españoles, de inmediato sintió simpatía por la causa.

Al principio dudó en hacerle saber sus pensamientos a su esposo. Al fin y al cabo, don Pedro era un soldado de la tropa provincial. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que ninguno de los dos podía estar en contra de un movimiento que intentaba dar justicia a los habitantes del país.

Los dos se lanzaron a apoyar la insurgencia. Incluso un hijo suyo, a la primera oportunidad, se unió a las huestes de Hidalgo. Sin embargo, con el paso del tiempo, fue doña Gertrudis quien pudo brindar mayores servicios a la causa insurgente, en especial, después de que tanto su esposo como su hijo fallecieran en el campo de batalla.

Doña Gertrudis, a pesar de las dolorosas pérdidas, continuó con la gesta. Si de alguna forma podía honrar a sus muertos era luchando a favor de la causa por la que habían entregado sus vidas.

Bocanegra había nacido en Pátzcuaro, Michoacán, y conocía a diestra y siniestra a las personas y los senderos de aquella zona. Gracias a ello, pudo organizar una extensa red de comunicación entre los jefes insurgentes, sirviendo ella misma de correo entre Pátzcuaro y Tacámbaro.

Los cabecillas del movimiento encontraron en ella una persona de confianza. Por ello, cuando la insurgencia parecía destinada a resquebrajarse por la desunión, el poderío del ejército realista y la obstinación del gobierno virreinal, tomó un papel definitivo para la supervivencia del movimiento.

Enviada a Pátzcuaro, se le encomendó preparar la toma de su pueblo natal. De inmediato, sus cualidades de mando y organización salieron a relucir. Comenzó por organizar las fuerzas insurgentes dentro del poblado para permitir la entrada de los que se encontraban a las afueras. 

También se informó del estado de la defensa realista y trató de convencer a diversas personas de unirse al movimiento. Su gallardía llegó al punto de pedir a soldados realistas que cambiasen de bando. Tal temeridad le costó la vida.

Traicionada, fue apresada por las autoridades virreinales. Siguieron largos interrogatorios para tratar de sacarle alguna información. Sin embargo, Bocanegra no dijo una sola palabra que pusiera en peligro al movimiento, tal era su firmeza y fortaleza de carácter. Enjuiciada y sentenciada fue fusilada al pie de un fresno el 11 de octubre de 1817.


(Tomado de: Tapia, Mario - 101 héroes en la historia de México. Random House Mondadori, S.A. de C.V. México, D.F., 2008)