miércoles, 12 de junio de 2019

Dos veladas con hongos


La velada vivida por Bernardo (1962)

A las nueve de la noche, acostado en un petate al lado de Miriam, empecé a masticar los hongos que me dio María Sabina. Eran seis pares, y los trague con dificultad. No les tenía confianza, por el completo fracaso en las dos ocasiones precedentes; así que me comí un hongo más, de los de Miriam y otros dos que le pedí a María Sabina. Esperé en la semioscuridad, con escepticismo; me molestaba la risita histérica y el río de palabras inútiles de Miriam que me impedían gozar de los rezos y el canto, severo y armonioso, de la curandera.

De repente, sin ninguna transición, me encontré en una tumba egipcia. Miriam, Lucy, María Sabina, y María Aurora su hija, eran momias; yacían todas en grandes sarcófagos dorados y policromos. Ahí donde se colaba la tenue claridad de las ventanas, vi las majestuosas columnas de un templo a orillas del Nilo.

-Miriam, Miriam, éste es Egipto. ¡Qué maravilla!

Traté de acariciarle la mano. Estaba helada y húmeda. La retiró con gesto brusco. Al recordar mis sensaciones después de la noche alucinada, me extrañó que esta actitud no hubiera suscitado en mí sentimientos de rencor.

Las imágenes esplendorosas -sarcófagos, columnas, templos- se difuminaron y desaparecieron completamente, sustituidas por sonidos y ritmos. La música se adueñó de mí penetrando en cada una de mis fibras, primero tersa y suave como un concierto angélico; luego se agigantó en una inmensa polifonía. Era yo un hombre hecho música; mejor dicho, me identificaba con toda una orquesta sinfónica, y me puse a dirigirla desde el podium, acompañando con mi voz los ríos de sonidos. Cantaba fuerte: era yo el violín concertino, no, todos los violines, todos los violonchelos y los contrabajos. Un instante -¿o fue una hora?- me volví arpa; luego oboe, y flauta; era yo todos los instrumentos de cuerda y de viento y otra vez, la orquesta completa en u crescendo sin fin, que me transportaba a esferas de gozo espiritual nunca imaginadas.

Con todo, me sentía solitario y con una añoranza inexpresable; tal vez porque Miriam había rechazado mi caricia.

No crean que soy músico. Me gusta, claro está, un concierto sinfónico, pero al cerrar los ojos no sé distinguir los varios instrumentos de la orquesta. En el trance ya no existía para mí el mundo de formas, colores, imágenes y palabras: todo era música, un océano de música, y yo estaba en su centro.

William, el marido de Lucy, se había quedado sin comer hongos, para ayudarnos en caso de necesidad. Yo oía la voz de Miriam que le suplicaba: -Ayude a Bernardo. Es demasiado fuerte para él. Dele agua azucarada. Ayúdele.

William se presentó con un halo de luz intensa. (Ahora sé que era la de su lamparita eléctrica). Su estatura era imponente. Lo vi como si fuera un santo; habló con voz armoniosa que llenó todo el ámbito. Venía de otro mundo; me parecía que había bajado del cielo. Rehusé tomar la bebida. "Es usted mi enemigo", le dije. Los santos me caen pesados también en la vida real. Además me molestaba la preocupación maternal que tenía por mí Miriam. Me acuerdo cómo repetí, sarcásticamente, la palabra azúcar, azúcar, azúcar.

El espacio y el tiempo había adquirido nuevas proporciones inconmensurables. El cuarto de la ceremonia era infinito; los ruidos se oían agigantados. Cada segundo era una hora; cada hora una vida. Lucy lanzaba de vez en cuando exclamaciones de asombro y de júbilo. El palmoteo rítmico de María Sabina parecía llegar desde una enorme lejanía; en realidad la maga estaba a pocos metros de mi petate.

Sería la presencia de María Sabina o el proceso natural de la alucinación; lo cierto es que, antes de salir del cuarto, no tuve ninguna sensación de angustia. Sólo sentía resonar en mí esa música inefable, ultraterrena; estaba mágica y totalmente envuelto en su embeleso. 

Cuando William me pidió que fuera a acostarme, me opuse decididamente. No quería, por nada del mundo, volver a la realidad. Insistió tanto, y con tan buena gracia, que por fin accedí. No tengo el más vago recuerdo de cómo me llevó a mi cuarto, ni de cómo me echó a la cama. Sólo sé que empezó una terrible lucha para volver en mí, que duró horas -o más bien, siglos-. No sabía dónde estaba. También ese cuarto era infinito; empecé a temer que nunca lograría "volver". Me di cuenta de que mi mujer estaba conmigo, cariñosa y preocupada por mí. A las cinco de la mañana (sé la hora porque Miriam se la preguntó a William), nuestro ángel guardián me dio un vaso de agua. Todavía lo vi como a un ser de otro mundo. Cuando, con la claridad del alba, bajé de la cama, tuve la clara sensación de que se abría delante de mí un abismo. Sólo con un supremo esfuerzo de voluntad pude volver al lado de Miriam.

Ella sufría no menos que yo en la sorda lucha para salir del encantamiento que ya era más bien pesadilla y agonía. Las seis, las siete, las ocho, las nueve. En el cuarto brillaba la luz del sol, pero nuestra angustia persistía, con los ojos abiertos o cerrados. Sólo a las doce volvimos a la realidad completa.



La velada vivida por Miriam

Al cabo de media hora de haber ingerido los hongos, súbitamente se presentaron ante mis ojos abiertos en la semioscuridad, manchas de colores y minúsculos decorados; arabescos, florecitas cursis como de bomboneras, pequeños adornos meticulosos pero de lo más convencional. "¡Ajá, son éstas las famosas alucinaciones!". Risas, me dieron. Los diseños cambiaban, se renovaban continuamente, como en el caleidoscopio. "Este dibujo también lo conozco", me decía para mis adentros, con cierto desencanto. Diminutas formas geométricas se alternaban con dibujos de telas, alfombras, vitrales de iglesias.

-Estoy en Egipto- oí que me decía Bernardo. Quiso acariciarme. Sentí una mano enorme, descomunal. No soporté su contacto, y retiré mi brazo. Quería estar sola.

Ya no reía. Las pequeñas formas geométricas crecían en tamaño, adquirían bulto; sus colores eran más vívidos. Como esbeltos rollos policromos avanzaban en sentido oblicuo, se deshacían en miríadas de gotas de todos los tintes, volvían a unirse y a desunirse. Me preguntaba de dónde venían esos colores, alternativamente tiernos y violentos, y deploraba que nunca los podría reproducir, ya que, por mi desdicha, no sé pintar.

Esta reflexión prueba que algo en mi conciencia había quedado despierto. También me di cuenta de que Lucy lanzaba unos pequeños gritos de asombro y que Bernardo se había puesto a tararear y canturrear.

(Pierdo la noción del tiempo, en tanto que el cuarto se ensancha, se vuelve infinito). Los ruidos -hasta un rechinido del petate o un susurro- se agigantan. Parece que llegan de muy lejos y sólo se apagan después de múltiples ecos. El palmoteo intermitente de María Sabina, un clac, clac, clac sordo y seco contribuye a producir una obsesión que crece como un alud: me voy, me voy, me salgo de mí misma. Concentro lo que queda de mi voluntad y grito: " William, ayuda a Bernardo. Dale agua azucarada. Es demasiado fuerte para él. No lo aguantará". Siento que nos estamos perdiendo todos. No sabíamos a dónde íbamos, no sabíamos, no sabíamos. (Otra vez estoy en trance, completamente sumida en el mundo de luces y formas).

Veo nuevos cuadros, nuevos colores, reflejos y matices nunca imaginados. Son obras de un grandísimo pintor; su hermosura es tal que no puedo tolerarla; me corta el aliento. Quiero que la visión se detenga, pero sigue implacable y siempre más bella: las figuras son ahora de mayor tamaño, sin simetría, y los colores más tenues. Ya no es decoración, es arte puro. ¿Son peces de plata que bullen en un mar de oro, o peces de oro que se agitan en un mar de plata?

Me encuentro en un ambiente nuevo y distinto. He vuelto al mundo de mi infancia, el de los cuentos de hadas, imaginario y real al mismo tiempo. Estoy en el bosque encantado de la Bella Durmiente, de Caperucita, de Pulgarcito. Cosa extraña: no es un severo bosque de mi país natal, sino una selva virgen con cantos de pájaros y gritos de monos y zumbidos de insectos, que el eco carga de misterio e inquietud. ¡Qué indecible alegría para mí, ver ese mundo hadado, y al mismo tiempo qué ansiedad, qué miedo de encontrarme sola en medio de él! Me miran venaditos de grandes ojos húmedos y conejos blancos; ahí está la casa de pan de miel de la bruja. ¡Qué precioso palacio! ¡Y esa fuente, qué linda! ¿Qué quiere de mí la rana? No, es el rey de las ranas, tiene una coronita de oro. Le tengo un terror pánico, que no me mire así, quiero cubrirme.

¡Cuántas espinas! Estoy en medio de rosales en flor: las rosas son espléndidas, blancas, amarillas, rojas. Pero ¿podré salir de aquí, con todas esas espinas, podré volver? Volver, sí, pero ¿a dónde?

Otra vez la selva; estoy como muerta, con una debilidad infinita. No importa. Todo a mi alrededor es tan primoroso, tan lleno de colores, y los enanitos bailando, jugando con el eco. Cada enano elige un tono y el eco lo repite, ite, ite, ite.

Todo es exactamente como me lo había figurado de niña. Pero ¿qué hace aquí Puck? Me acecha un grave peligro. Tal vez no podré irme nunca de aquí, ¡qué angustia! Mira quién me mira: Pulgarcito en persona, muy pequeña persona. Ya no está. Tengo que buscar en la oreja de mi caballo, tal vez se ha ocultado ahí. 

En este momento se abrió una pequeña ventana a la realidad. Sentí una terrible congoja por Bernardo. Estaba a mi derecha, y sin embargo, me separaba de él una incolmable distancia. Bernardo gritaba y cantaba y exultaba. "William, ayúdele!" supliqué, y otra vez me sentí arrastrada hacia el otro mundo.

El cuarto era un recinto monumental con altísimas columnas doradas. Un vapor neblinoso envolvía todo, y surcaban el espacio figuras fantasmáticas. Miré a la derecha, donde estaba Bernardo. Vi, espeluznada, una calavera con anteojos, suspendida en el humo. No pude seguir mirando. Otra vez me asaltó la congoja. Mi Bernardo se muere, y no puedo ayudarle. "William, William, ayudamos a volver, danos agua azucarada".

William se acercó con una luz. Bajaba de las alturas, como un redentor. Nos ayudó a incorporarnos y a beber. Era la salvación. Tuve la sensación de que, desde mi más tierna infancia, sólo había recibido beneficios de mi prójimo, y el buen William era el símbolo, la quintaesencia de toda esa bondad, de toda la caridad humana.

Oí cómo sacaban a Bernardo del cuarto. ¿Vivía aún o estaba muerto? Luego me sacaron a mí. Me apoye en el barandal, vencida por una aguda náusea. Estaba yo en el fondo del mar, veía la ondulación de las plantas acuáticas, y más lejos, los riscos. En verdad era el patio de la Posada Rosaura, en Huautla de Jiménez: lo reconocí la mañana siguiente.

El ángel guardián, no sé cómo, me hizo acostar. En la cama yacía mi Bernardo -¿muerto? Mi corazón cesó de latir, el terror me heló toda. Me acerqué. Su cuerpo estaba caliente, ¡vivía! Nunca podré describir el sentimiento de profundísima dicha que sentí entonces.

Sin embargo, al hundirme otra vez en el sueño, ya no vi los aspectos amables de los cuentos de Grimm y Andersen, sino monstruos, dragones, salamandras, el lobo feroz y varias brujas feísimas. Luego vi ciertos raros personajes que se licuaban y caían en gotas y otros, de los cuales no sabía si eran más personas o más hongos.

Las visiones ahora se habían vuelto un tormento. Era otra realidad, porque lo veía con estos mismos ojos, y también tenía tres dimensiones, y colores y olores, pero yo quería salir, quería volver, y ya no me era posible. Nunca más saldré de aquí. Ya no respiraba; mi corazón se paró, no podía ni pensar ni moverme. Morí lentísimamente, sin dolor, sin pesadumbre. Todo se había acabado. 

Después de todo no estaba tan muerta ya que oí cómo Bernardo llamaba a William. Tenía sed. También me di cuenta de la hora. Eran las cinco: lo dijo William.

-¿Dónde estamos, Bernardo? ¿En Japón, verdad?
-No, en Egipto.
-¿Crees que saldremos de esto, quiero decir, que saldremos con vida?
-Claro que saldremos. Ahora descansa, duerme.

Fácil decirlo: dormir. No, durante interminables horas -hasta muy entrado el día- siguieron luchando en mí las dos realidades, hasta que triunfó la de la cordura. La lucha terrible me dejó, literalmente, exhausta.

Dicen que viajé en el paraíso y en el infierno de mi subconsciente. Tal vez sea así; pero creo que con una dosis menor de hongos me hubiera ahorrado el infierno. No repetiré la experiencia; me alegro, de todos modos, de haber pasado por ella. Ha sido una de las más fuertes de mi vida.

(Tomado de: Tibón, Gutierre - La ciudad de los hongos alucinantes. Panorama Editorial, S. A. México, D. F., 1985)



martes, 11 de junio de 2019

Las “chivas” y otras voces



Publicado en El Nacional, ¿junio de 1954?

Los mexicanismos -que son muy abundantes- me interrumpían a cada momento la comprensión de la frase cuando llegué a Mexico. No digo con esto que ya esté al cabo de la calle, o sea que todos aquellos vocablos peculiares del país se hayan incorporado a mi léxico. Todavía tengo que preguntar a mis interlocutores los significados de muchos. Y si no pregunto a veces es por no desviar la conversación hacia las etimologías. O por no hacerme el extranjero. Cuando se llevan ya diecisiete años en un sitio, da vergüenza ignorar las palabras que se usan en él.

Yo distingo dos clases de mexicanismos: los basados en palabras españolas que aquí cobraron nuevo sentido y los que son puras palabras indígenas o levemente alteradas.

Los primeros me confunden, me desorientan, suelo contar lo que me ocurrió con la palabra mascada al oírle decir a la criada: “Señor, le metí la mascada en el saco.”

Perplejo y hasta temeroso de que aquella infeliz hubiese hecho algún disparate, le pregunté: “Pero, ¿qué me dices, muchacha? ¿De qué saco saco hablas y por qué le metiste una mascada?

Y es que por mascada no entendía yo otra cosa que bocado, y por saco una talega o un costal.

También lo de chivas me intrigó en su día. Salió de la casa con todo y chivas. Y especialmente cuando me preguntó un amigo: “Entonces, ¿usted no pudo sacar de Madrid ninguna de sus chivas?"

¿Es que yo había sido alguna vez cabrero?

-¿De qué chivas me habla usted? -inquirí.

El amigo se echó a reír al ver mi perplejidad.

-Aquí le llamamos chivas a los bártulos, a los chismes, a los trastos, a todas esas cosas que van amontonándose en torno a nosotros en las casas y son, en realidad, las que nos ayudan en las tareas diarias o las que hemos ido coleccionando o atesorando para nuestro recreo.

-Ah, vamos. Yo no sé qué les habrá impulsado a llamarles chivas a esas cosas, pero, ya que ha equiparado usted chivas con bártulos, ¿sabe usted lo que bártulos significó en su origen? Pues, tanto como alhajas…

Acaso ocurre con chivas lo mismo. Chivas son cabras en camino, futuras fuentes de leche, riqueza. De modo que al decir nuestras chivas decimos nuestros tesoros, como al decir nuestros bártulos lo que hacemos es llamarles alhajas a nuestros pequeños bienes.

El pudor, la vergüenza es la que nos impele a ironizar y motejar despectivamente a lo que mucho amamos y necesitamos. Nos sonaría a ridiculez decir: “Salí de mi casa con todos mis bienes.” Resulta en cambio simpático decir: “Salí con todos mis trastos, con todos mis chismes, cachivaches, chismarracos, cacharros, chirimbolos”.

Con las palabras mexicanas de origen indígena no hay confusión posible. Nos paran como desconocidas que son, pero no por ambiguas. Hay que aprendérselas y confieso que muchas de ellas me encantan.

Por ejemplo, la palabra chiquear.

Oigo a la madre que le dice al escuincle con aire compungido: “A mí nadie me chiquea”. Y me produce más efecto que si la oyera decir: “A mí nadie me acaricia” (o me mima).

Escuincle es también una palabra muy útil: está entre niño y mocoso.

Otra que me agrada es apapachar, que como chiquear, significa mimar, hacer carantoñas. Hay en ella tanta papa blandita que me parece apropiada para designar las caricias táctiles del mimo.

Hay, sin embargo, palabras que considero mal empleadas. Por ejemplo, llamar chino al pelo rizado. ¿De cuándo acá les nace rizado el pelo a los chinos? Yo no les conozco otra clase de pelo que negro y sumamente lacio.

Volviendo a las chivas, y para contestar a quien me preguntó, digo que las mías se quedaron en Madrid. Todas. Absolutamente todas, y que ninguno de los amigos que allá tengo sabe adónde fueron a parar. Si en vez de chivas hubieran sido cabras, yo diría: “¡Qué remedio!; como eran cabras, tiraron al monte!”. Pero eran mis humildes chivas, mis libros, mis pinturas y dibujos, mis manuscritos o recortes de artículos, mis trabajos de veinticinco años.




(Tomado de: Moreno Villa, José – Cornucopia de México y Nueva Cornucopia mexicana. Colección Popular #296, Fondo de Cultura Económica, S.A. de C.V., México, D.F., 1985)

lunes, 10 de junio de 2019

Valle Nacional

Por todo el tiempo en tanto que México tenga memoria, la esclavitud de ahora estará acoplada con el nombre del demonio que hace posible su existencia. Su nombre es Porfirio Díaz. Y la más bestial de sus obras es el Valle Nacional.
Ciudadanos mexicanos: tomen nota de que sólo hay dos modos de llevar inocentes a ese purgatorio. Uno es vía jefe político, que opera directamente; el otro, mediante un enganchador (un sedicente agente de trabajo). Éste opera en alegre cooperación con un jefe político. El último, como ustedes lo saben para su pena, es nombrado por el gobernador de su estado. Responsable para con nadie, excepto el gobernador, a quien paga tributo anual, nunca se le pide cuenta de sus actos.
Observen lo que ocurre cuando este chacal de jefe político trabaja solo. No manda ladrones y otros delincuentes a la cárcel, los vende como esclavos al Valle Nacional. En muchos casos el jefe es de un carácter impaciente. Quiere hacerse rico prontamente. Así, no se contenta con vender puramente delincuentes.
¡Allí está el despreciable jefe político de Pachuca, por ejemplo!
Coge a cualquiera que le parece, en las calles. Lo conduce a la cárcel. Lo acusa de un delito imaginario, pero las víctimas nunca son juzgadas. Cuando el bribón tiene una cárcel completa, los manda al Valle Nacional.  Naturalmente que después que se le ha pagado tiene el gusto de dar una parte de este ensangrentado dinero a su distinguido patrón, su excelencia don Pedro A. Rodríguez, gobernador del estado de Hidalgo.
Conciudadanos: ustedes pueden saber de un amigo que no fue enviado al Valle Nacional directamente por su jefe político. Así es, pues la mayoría trabaja mediante enganchadores. ¿Por qué? Porque el traficar con seres humanos es ilegal. Los encogedizos principales usan a los enganchadores como fachada. Estos últimos desarrollan su negocio bajo la égida de los primeros. Así se ríen ante la idea de ser perseguidos.
¿Cómo teje su tela el araña enganchador? Anuncia solicitando trabajadores. Recibirán altos salarios, tres pesos por día, buena alimentación, alojamiento en buenas casas, sin pago de rentas. El pobre obrero, que recibe tal vez cincuenta centavos por día, cae en la ratonera. Firma contrato. Recibe un adelanto de cinco pesos que se le anima a gastar. Pocos días después, en rebaño juntamente con otros crédulos como él, llega a Valle Nacional. Allí, él y sus compañeros de infortunio son vendidos a los dueños de la plantación de tabaco.
¿Y cómo, conciudadanos, racionalizan los funcionarios del gobierno su participación en el comercio de esclavos? “¿Qué –claman indignados- no recibió el individuo un adelanto de cinco pesos? Es un adeudo que justamente debe ser pagado…” estos venales hipócritas alzan los hombros ante los derechos constitucionales del obrero. Pero, ¿cuándo, bajo Porfirio Díaz, han disfrutado las multitudes de sus derechos constitucionales?
¿Y qué hay de los propietarios de la plantación? Cínicamente protestan que su sistema no es de esclavitud. De ningún modo. Es puramente un arreglo por contrato. Sí, señor, el trabajador firmó un contrato. Por lo mismo, está ligado a sus condiciones… lo que los rectos dueños de la plantación no dicen es que en vez de tres pesos diarios prometidos por el enganchador, las condiciones de salario del contrato, que el analfabeto obrero firmó con una X, fueron llenadas más tarde por el enganchador o el dueño de la plantación. El salario se fija de costumbre a cincuenta centavos diarios.
Fíjense ahora, conciudadanos, lo que ocurre:
Al obrero atrapado, rara vez se le paga en dinero. Recibe crédito en la tienda del dueño de la plantación. Sus precios por ropa y otras cosas necesarias son hasta diez veces más altos que en los pueblos fuera del Valle Nacional. Pero esto no es todo. El esclavo debe restituir el precio de su compra. Es imposible que trabaje hasta liquidar su adeudo.
Muere esclavo, ¡generalmente dentro de un año!
¿Por qué, preguntarán ustedes quizás horrorizados de admiración, muere un hombre sano a los ocho o diez meses en el valle Nacional? Porque la infeliz criatura es obligada a trabajar desde antes del alba, a través de las largas, crueles, húmedas horas del día bajo el ardiente sol, y después de que el sol se pone porque se hunde bajo continuas, despiadadas golpizas del cabo, que lo obliga a esforzarse hasta el límite de su resistencia; porque la mala alimentación y las inmundas condiciones de alojamiento lo convierten en fácil presa de la malaria u otras enfermedades de tierra caliente…
¡Y por el aterrador conocimiento de que nunca podrá recuperar su libertad!
Pero pueden ustedes decir: “Díaz mismo no aprovecha directamente de este horrible comercio.” Muy bien. Concedámosle el beneficio de la duda. Pero ¿qué de los gobernadores de Veracruz, Oaxaca, Hidalgo –y sus serviles- que se aprovechan de ello? ¿Quién nombró a estos gobernadores? Porfirio Díaz. Ellos en turno designan sus satélites. Si Díaz quisiera, podría barrer con la esclavitud mañana. Y no sólo en Valle Nacional sino en las plantaciones de henequén de Yucatán; en las industrias de madera y fruta de Tabasco y Chiapas; las plantaciones de café, caña de azúcar y fruta de Veracruz, Oaxaca, Morelos, y casi la mitad de los estados de México.
¿Por qué no lo hace? Porque necesita a estas hienas humanas. Pálidas semejanzas de él mismo, las necesita para sostener su poder autoritario. Pero el día de la liberación se acerca. ¡Prepárense para él, conciudadanos!
Enrique Flores Magón
Regeneración, 1904
(Tomado de: Armando Bartra (Selección) - Ricardo Flores Magón, et al: Regeneración, 1900-1918. Secretaría de Educación Pública, Lecturas Mexicanas #88, Segunda Serie, México, D.F., 1987)

sábado, 8 de junio de 2019

Hello Seahorse



Burgos: 22 años, piano y programación
Julio: 24 años, guitarra
“Dnis”: 18 años, voz
“Bonno”: 21 años, batería


Inicio: 2005
Idioma: Español e Inglés
Contacto: www.helloseahorse.com
Enlace a su sitio en Youtube )
Discografía: The jellyfish parade, Freaks and Geeks Records


Influencias: Belle & Sebastian, Death Cab for Cute, The Postal Service, Coco Rosie, Zurdok, Georgie James, Guillemots, Doves, Sigur Rós, Björk, La casa azul, Kings of Convenience, Kings of Leon, Air, M83, Phoenix.





Sonido: Definitivamente es pop independiente. Música alegre, divertida, bailable, honesta, melosa, suena a mar. Representa amor, colores y burbujas.


El DF, ¿qué les inspira?: Existen cosas que nos inspiran de esta ciudad caótica; como la naturaleza, sus árboles, la lluvia y hasta el ruido.


En la ciudad: Nos movemos por distintos lugares de la Condesa o Coyoacán. Las Águilas nos traen muchos recuerdos porque fue en un departamento de la zona en donde formamos la banda. También tomamos café en diferentes zonas. Caminamos mucho o vamos a los toquines.





En 5 Años…: No sabemos si exista la banda, todos hacemos música por separado y tenemos proyectos distintos. Aunque no sea con Hello Seahorse, es seguro que estaremos haciendo música. Por el momento queremos que la gente que nos escucha la pase bien y se olvide un poco de lo malo en sus vidas.



(Tomado de: Sonidos Urbanos. 150 bandas 2000-2005 MX/DF. Sonidos Urbanos Producciones S. A. de C. V. 2007)





viernes, 7 de junio de 2019

Plan de Tacubaya, 1857

(Retrato de Félix Zuloaga)

Félix Zuloaga: Plan de Tacubaya


La reacción conservadora sobre las novedades liberales no se hizo esperar. A fines de 1857, Félix Zuloaga encabezó un movimiento contrario al liberalismo mexicano y propició la guerra de los tres años. Aunque legalmente el poder seguía en manos de los liberales en la persona de Benito Juárez, los conservadores lo ejercieron de facto. México se dividió en dos grandes tendencias.


Considerando: Que la mayoría de los pueblos no ha quedado satisfecha con la carta fundamental que le dieran sus mandatarios, porque ella no ha sabido hermanar el progreso con el orden y la libertad, y porque la oscuridad en muchas de sus disposiciones ha sido el germen de la guerra civil:


Considerando: Que la República necesita de instituciones análogas a sus usos y costumbres y al desarrollo de sus elementos de riqueza y prosperidad, fuente verdadera de la paz pública y del engrandecimiento y respetabilidad de que es tan digna en el interior y en el extranjero:


Considerando: Que la fuerza armada no debe sostener lo que la nación no quiere, y sí ser el apoyo y la defensa de la voluntad pública, bien expresada ya de todas maneras, se declara:


Artículo 1° Desde esta fecha cesará de regir en la República la Constitución de 1857.


Artículo 2° Acatando el voto unánime de los pueblos expresado en la libre elección que hicieron del Excmo. Sr. presidente D. Ignacio Comonfort, para presidente de la República, continuará encargado del mando Supremo con facultades omnímodas, para pacificar a la nación, promover sus adelantos y progreso, y arreglar los diversos ramos de la administración pública.


Artículo 3° A los tres meses de adoptado este plan por los Estados en que actualmente se halla dividida la República, el encargado del Poder Ejecutivo convocará un Congreso extraordinario, sin más objeto que el de formar una constitución que sea conforme con la voluntad nacional y garantice los verdaderos intereses de los pueblos. Dicha constitución, antes de promulgarse, se sujetará por el gobierno al voto de los habitantes de la República.


Artículo 4° Sancionada con este voto se promulgará, expidiendo en seguida por el Congreso la ley para la elección de presidente constitucional de la República. En el caso en que dicha constitución no fuere aprobada por la mayoría de los habitantes de la República, volverá al Congreso para que sea reformada en el sentido del voto de esa mayoría.


Artículo 5° Mientras tanto se expida la constitución, el Excmo. Sr. presidente procederá a formar un Consejo, compuesto de un propietario y un suplente por cada uno de los Estados, que tendrá las atribuciones que demarcará una ley especial.


Artículo 6° Cesarán en el ejercicio de sus funciones las autoridades que no secunden el presente plan.


Tacubaya, septiembre 17 de 1857.
Feliz Zuloaga


(Tomado de: Matute, Álvaro – Antología. México en el siglo XIX. Lecturas Universitarias #12. Universidad Nacional Autónoma de México, Dirección General de Publicaciones, México, D.F., 1981)

jueves, 6 de junio de 2019

Gastón de Peralta

Al morir don Luis de Velasco [1564], se hizo cargo del Gobierno la autoridad de la Audiencia, integrada por los doctores Pedro Villalobos, Jerónimo de Orozco, Puga y Villanueva, cuya administración provisional estaba representada en la persona del Lic. Zeinos. Dicha administración tenía un poder transitorio y limitado, ya que no podía obrar con la libertad debida, cosa que sólo podía hacer el virrey, persona nombrada por los gobernantes españoles. La Audiencia entregaba después el poder en manos del nuevo gobernante, quien entraba poco después en función de su cargo. Gastón de Peralta llega a México el 17 de septiembre de 1566.
***
En verdad, muy breve fue el periodo de este Virrey, Gastón de Peralta, marqués de Falces. Celoso velador de su deber como gobernante interesado en el mejoramiento del país que se le confiriera para regir, tuvo el laudable gesto de fundar un hospital para ancianos, inválidos y niños, dotándolo de todos los adelantos y mejoras posibles, de acuerdo con su época. Felipe II le había encomendado vigilase que los frailes que salieran para España no llevasen consigo alhajas y joyas con las cuales comerciaban después de pisar tierras españolas, proporcionándose, en esta forma, grandes utilidades. Estas órdenes fueron cumplidas por el virrey, estrictamente. La vigilancia que, en tal sentido ejerciera, trajo consigo que dicho comercio se viera restado de las facilidades que al principio tenía. Por órdenes del propio Felipe II trasladóse de nuevo a España, abandonando el poder en 1568. Su gestión administrativa se distinguió, no obstante de su breve periodo, por su interés en impulsar el progreso del país.


(Tomado de: Soler Alonso, Pedro - Virreyes de la Nueva España. Biblioteca Enciclopédica Popular, #63, Secretaría de Educación Pública, México, D. F., 1945)

miércoles, 5 de junio de 2019

Estados perdidos de México y la esclavitud




Los estados perdidos por México y la esclavitud

Una fase del movimiento antiesclavista [norteamericano] incluía la ayuda, para que escaparan esclavos durante la noche, a refugios seguros en el Norte, o, a través de la frontera, en el Canadá. Una red elaborada de rutas secretas para los fugitivos, conocida como “el ferrocarril subterráneo”, se estableció firmemente poco después de 1830 en todas las regiones del Norte. Las operaciones que tuvieron mayor éxito ocurrieron en el territorio del antiguo Noroeste. Solamente en Ohio se estima que no menos de 40,000 fugitivos esclavos escaparon hacia la libertad en los años de 1830 a 1860. En número de las sociedades locales antiesclavistas aumentaron a tal grado que en 1840 existían 2,000, con una totalidad de cerca de 2000,000 miembros.

A pesar de que el único objetivo de los abolicionistas activos era convertir a la esclavitud en un problema de conciencia para cada hombre y mujer, la gente del Norte, en conjunto, se mantenía aislada de cualquier participación en el movimiento antiesclavista. Ocupados como estaban con sus propios problemas, opinaron que la esclavitud era un asunto que los habitantes del Sur tenían que resolver por medios propios. Les parecía que la agitación desenfrenada de los fanáticos antiesclavistas amenazaba la integridad de la Unión, cosa mucho más importante para ellos que la abolición de la esclavitud. No obstante, en 1845, la adquisición de Texas y, poco después, las ganancias territoriales en el Suroeste como resultado de la guerra con México, convirtió el problema moral de la esclavitud en una cuestión política candente. Hasta ese momento, había parecido que la esclavitud se limitaría a regiones donde ya existía. Se le habían marcado sus límites por medio del Tratado de Misurí de 1820 y no había tenido oportunidad de traspasarlos. Pero ahora, con nuevos territorios anexados a la Unión, que parecían apropiados para una economía esclavista, la expansión de la “industria peculiar” nuevamente se convertía en una probabilidad real.


Muchos habitantes del Norte creían que, si la institución se mantenía dentro de límites cerrados, con el tiempo entraría en decadencia y moriría. Para justificar su oposición a la anexión de nuevos Estados esclavistas, señalaron, como precedentes obligatorios, las declaraciones de Washington y Jefferson y el Decreto de 1787 que prohibía la extensión de la esclavitud al Noroeste. Como en Texas ya existía la esclavitud, fue aceptada en la Unión, naturalmente, como un estado esclavista. Pero California, Nuevo México y Utah no lo tenían. Cuando los Estados Unidos, en 1846, se disponían a adquirir esas regiones, cuatro grupos principales hicieron sugestiones que entraban en conflicto entre sí. Los extremistas del Sur pretendían que todo el territorio adquirido de México pasara a los propietarios de esclavos. Los norteños, decididamente antiesclavistas, exigían que todas las nuevas regiones se cerraran a la esclavitud. Un grupo de hombres moderados sugirieron que se extendiera la línea del Tratado de Misurí hasta el Pacífico, con estados libres al Norte de ella y con estados esclavistas al Sur. Otro grupo moderado propuso que el problema se dejara a la “soberanía popular”, es decir, que el gobierno autorizara a los colonizadores a establecerse en el nuevo territorio con o sin esclavos, como quisieran, y cuando llegara el tiempo de convertir aquella región en estados, la gente misma diera solución al problema. Cada vez más, el peso de la opinión pública del Sur se inclinaba por el punto de vista de que la esclavitud tenía derecho a existir en todos los territorios; y cada vez más la opinión del Norte se inclinaba por el punto de vista de que no tenía el derecho de existir en ninguno. En 1848, cerca de 300,000 hombres votaron por los candidatos de un Partido de Tierra Libre que declaraba que la mejor política era “limitar, localizar y desanimar la esclavitud”.



El descubrimiento de oro en California, en enero de 1848, precipitó un torrente de buscadores de oro de todas las partes del mundo, que hicieron un total de más de 80,000 inmigrantes en el año de 1849. California se convirtió en un problema muy serio, pues forzosamente el Congreso tendría que determinar la situación política de esta nueva entidad antes de que pudiera establecerse un gobierno legal. Las esperanzas de la nación estaban puestas en el senador Henry, que, en dos ocasiones, en tiempos de crisis, había salido avante con arreglos mediadores. Esta vez, solventó de nuevo, una disputa regional peligrosa, con un plan bien trazado. Su transacción (después de ciertas modificaciones hechas por el Congreso) proponía, entre otras cosas, que se admitiera a California como un estado con una constitución de territorio libre (es decir, que se prohibiera la esclavitud), mientras que el resto de la nueva anexión se dividiera en dos territorios, el de Nuevo México y el de Utah, y que se constituyeran sin hacer mención de la esclavitud; que las reclamaciones de Texas sobre una parte de Nuevo México se satisfacieran con el pago de diez millones de dólares; que se estableciera una maquinaria más efectiva para capturar esclavos prófugos y regresarlos a sus amos; y que el comercio de esclavos (pero no la esclavitud) se aboliera en el Distrito de Columbia. Estas medidas -famosas en la historia norteamericana como el “Convenio de 1850”- fueron aprobadas, y el país respiró lanzando un suspiro de sincero alivio.

Durante tres cortos años, pareció que esta transacción había arreglado casi todas las diferencias. No obstante bajo la superficie, la tensión permanecía y crecía. La nueva Ley relativa a Esclavos Fugitivos ofendió profundamente a muchos norteños. Rehusaron tomar parte en la captura de esclavos, y, en cambio, ayudaron a los fugitivos a escapar. El “Ferrocarril Subterráneo” llegó a ser más eficiente y descarado en llevar a muchos a lugar seguro.

(Tomado de: Whitney, Frances - Síntesis de la historia de los Estados Unidos [An outline of american history]. Colección El mundo de hoy. Editorial Limusa-Wiley, S. A. México, D. F., 1966)

martes, 4 de junio de 2019

Ramón Corona



Nació en Tuxcueca y murió asesinado en Guadalajara, ambas del Estado de Jalisco (1837-1889). En 1858, cuando trabajaba en el mineral de Montaje, entonces del cantón jaliscience de Tepic, decidió afiliarse al partido liberal y hacer armas contra el cacique Manuel Lozada, aliado de los conservadores. Al frente de algunos hombres, se apoderó de Acaponeta en diciembre; se incorporó al coronel Bonifacio Peña en Escuinapa; juntos libraron el combate de El Espino, donde éste perdió la vida; asumió el mando de la tropa (a los 22 años de edad), tomó Tepic el 11 de junio de 1859, pero tuvo que abandonar la plaza ante la proximidad del general Leonado Márquez. En mayo de 1860 participó en la batalla de Santiago Ixcuintla, viajó con su cuerpo de ejército hasta Sayula, para reunirse con el gobernador Ogazón, y en enero de 1861, ganada ya la Guerra de Tres Años, volvió a territorio nayarita para continuar la campaña contra Lozada. Jefaturó sucesivamente el Batallón Degollado y la Brigada de Tepic. Organizó tres ofensivas contra el caudillo serrano, pero sólo obtuvo triunfos parciales. En 1863, invadido ya el país por los franceses, careció de recursos oficiales para mantener a sus soldados; organizó la Guardia Nacional en los pueblos que controlaba y dos veces fue a entrevistar al presidente Juárez, en San Luis Potosí, haciendo penosos recorridos por mar y tierra, para solicitar auxilios que no obtuvo. Mientras el cantón de Tepic quedaba en manos de Lozada, apoyado por los intervencionistas, Corona se incorporó en Jalisco a las fuerzas de Arteaga y Lopez Uraga. A partir de 1863 promovió y dirigió guerrillas y hostilizó al enemigo. El 15 de mayo de 1866 el presidente Juárez lo nombró general en jefe del Ejército de Occidente, formado a ritmo de la larga lucha contra los imperiales. Brigadas de este ejército derrotaron a los franceses en Palos Prietos (12 de septiembre de 1866), Mazatlán (ocupado el 13 de noviembre, tras un estrecho sitio) y la Coronilla (18 de diciembre), de modo que pudieron entrar a Guadalajara (día 21), limpiar de enemigos toda la entidad, hasta Colima (enero y febrero de 1867), avanzar sobre Querétaro (6 de marzo) y participar en el sitio y toma de la plaza que puso fin al imperio.


A principios de 1871 Corona se hizo cargo de la comandancia militar de Jalisco y el 28 de enero de 1873, al mando de 2,200 hombres, derrotó en La Mojonera, a 5 kilómetros de Chapala, a los 8 mil indígenas guerreros de Lozada, que habían proclamado un Plan libertador e invadido el Estado desde la Sierra de Alica. Luego persiguió al caudillo nayarita, durante 6 meses, en lo más intrincado de la tierra, hasta que al fin éste cayó prisionero y fue fusilado en Tepic el 19 de julio. En 1874 Corona fue nombrado ministro plenipotenciario en España y Portugal. Regresó a México el 10 de abril de 1885 y el 28 de enero del año siguiente fue postulado candidato al gobierno de Jalisco. Triunfante en los comicios, asumió el poder el 1° de marzo de 1887. Durante su administración fundó el Monte de Piedad y Caja de Ahorros; promulgó el Reglamento de Instrucción Primaria, según el cual las escuelas serían pagadas por el Estado; aumentó el número de planteles de 200 a 423; inició la práctica de visitar las poblaciones para conocer y resolver sus necesidades; expidió la Ley del Notariado; abolió las alcábalas (10 de octubre de 1887); impulsó la construcción del ferrocarril México-Guadalajara, inaugurado el 15 de mayo de 1888; reformó la Escuela de Medicina; gestionó el establecimiento de una sucursal del Banco de Londres y México; construyó el mercado que llevó su nombre, organizó la administración y equilibró las finanzas públicas. El 10 de noviembre de 1889, cuando se dirigía al Teatro Principal en compañía de su esposa, para concurrir a la representación de Los Mártires de Tacubaya, fue agredido a puñaladas por Primitivo Ron, un joven normalista de 22 años de edad que luego se quitó la vida. Corona murió al día siguiente y el Congreso lo declaró Benemérito del Estado en grado heroico.




(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S. A. de C. V. D. F., 1977 tomo III, Colima - Familia)

lunes, 3 de junio de 2019

Las derrotas corteses

Hacia los meses finales de 1949 y los primeros de 1950, la leyenda viviente del fútbol mexicano, Rafael Garza, “Récord”, y el incipiente entrenador Octavio Vial, se reunieron con frecuencia y trataron de desactivar la tremenda bomba que el destino les había deparado.

“Récord” era técnico del cuadro crema, y era tal su fama que de pronto se vio preso del mayor tormento: ser el entrenador de la selección nacional. “La Pulga” Vial lo sustituyó en la dirección del América, y fungió como su asistente en la selección, que ya pensaba en la próxima Copa del Mundo en Brasil [1950]. Hacia la Navidad de 1949, la selección que “Récord” había armado en sus ratos libres fue goleada en España por el Real Madrid (7-1) y el Atlético de Bilbao (6-3). La crítica no se hizo esperar, y el apesadumbrado “Récord” tuvo que delegar el cargo en Vial.

Sin embargo, cuando la selección de Vial fue derrotada, días antes del Mundial, por el Botafogo y éste a su vez por un improvisado Combinado Tapatío, el diario El Nacional dictaminó: “Nuestra selección perdió y no debe ir a Brasil. Nada más van a poner en ridículo el nombre de México.” así las cosas, una selección nacional con escasos 15 días de preparación partió a hacerle frente al mejor equipo del momento, en la inauguración del estadio más grande del mundo.

El 24 de junio de 1950, ante las tribunas inacabables del Maracaná, disputando el primer partido de Copa del Mundo tras su interrupción en 1938, México no estuvo a la altura del compromiso. Ante un sistema ultradefensivo que apenas dejaba aire suficiente para respirar al portero Carbajal, Brasil, caminando, aplastó 4-0 a un equipo de profesionales a la mexicana.

El 28 de junio, en Porto Alegre, Yugoslavia planchó otra vez las camisas nacionales al ritmo de 4-1, el gol mexicano a cargo de Héctor Ortiz. Y el 2 de julio, en su despedida del Mundial carioca, México cayó vencido ante los suizos por 2-1, con el solitario tanto anotado por el veterano Casarín.

En aquel último partido ocurrió un detalle interesante. Al confundirse la casaca nacional suiza con la mexicana que se usaba entonces -de un rojo tirando a guinda- se decidió echar mano del clásico volado para resolver el problema. Esa fue la única victoria mexicana en el Mundial de Brasil: Suiza debía cambiar de uniforme. Pero no. La tradicional cortesía mexicana dijo que “de ninguna manera, no faltaba más, pase usted primero”... y los seleccionados nacionales jugaron con el uniforme de pantalón oscuro y camiseta a rayas azules del Gremio de Porto Alegre. México había perdido sin tocar el balón.

(Tomado de: Sotelo, Greco - Crónica del futbol mexicano: el oficio de las canchas (1950-1970). Editorial Clío, Libros y Videos, S.A. de C.V., México, 1998)

sábado, 1 de junio de 2019

Matanchén y sus olas largas


Viajar sobre el lomo de las olas marinas es sensacional y ha dado lugar al "surfing", uno de los deportes más bellos y espectaculares que se conocen.

La acción se inicia cuando el nadador coloca su "tabla" o deslizador en la cresta de una alta ola y la va jineteando durante todo su raudo, espumoso y atronador viaje hacia la playa.

Por supuesto, el emocionante vértigo dura más tiempo mientras más larga y alta es la ola. Hawaii era la meca mundial de este deporte, hasta que alguien descubrió una playa llamada Matanchén, en Nayarit. Hacia ella baja actualmente, en número creciente cada día una corriente de "surfistas" procedentes de la costa estadounidense del Pacífico. Las playas de Matanchén y, en especial sus larguísimas olas de tres y cuatro metros de altura, satisfacen al más exigente fanático... y están varios miles de kilómetros más cercanas.

Dicen los expertos, en la principal publicación norteamericana dedicada al surfing, que "...Matanchén es el mejor descubrimiento en los últimos diez años, y México es para el surfista un mundo aparte, sobre todo un mundo muy personal".

Como resultado, la fotografía y la cinematografía logradas aquí no tienen paralelo, y el espectáculo es hermosísimo; de pie sobre su realizador, el surfista va recorriendo hasta un kilómetro y medio, toda la comba cascada bajo el rizo que está a punto de desplomarse y luego, ganando la carrera, va deslizándose por delante del desplome de varias toneladas de mar.

¿Y el paisaje?: tonos pastel bajo un sol de fuego que se diluye en la quietud de la costa. Sólo se mueven y se oyen las rompientes interminables. Ciertamente es un mundo muy personal. El lugar se llama Matanchén y está a seis kilómetros al sur de San Blas, Nayarit. ¿Había oído usted de sus olas de kilómetro y medio? 

(Tomado de: Harry Möller - México Desconocido. Injuve, México, D. F., 1973)