jueves, 26 de julio de 2018

El de los Toques

El de los Toques



¡Lo que quieran pagar! ¡Bueno para los nervios!

Es como darse un quemón de la muerte: como sentarse entre bromas, en la silla infamante y esperar que él, el verdugo, de vuelta a la palanca homicida. Es un gusto bárbaro; pero ya lo dijo el filósofo existencialista: en gustos se rompen géneros.

-¡Ya! ¡Por favor, ya pare, le digo! Mas él sigue disparando la corriente “tónica”, hasta que de veras los nervios se derrumban en la instalación interior del organismo: cables quemados.
La ociosidad es la madre de todos los vicios, y la curiosidad su primogénita: ¡A ver qué se siente! –invitan los novicios. ¡Órale, quiero verte, charamusca dulce, tú que presumes de sabroso! –retan los veteranos.

Es sólo una cajita de madera, con pilas y bobina interiores; dos alambres eléctricos que salen por unos orificios y terminan en sendos mangos, y el disco en que marca la aguja perversa; pero cuando él llega con su aparato bajo el brazo y su aire de misterio, uno, que se está tomando otra vez la del estribo, se inquieta. ¿Es el pirata del cofre de la isla maldita? ¿Es el prestidigitador equivocado que esconde una cabeza recién cercenada?

Dicen que suele ser un carterista consumado, o un aprendiz; pero allá en Juan Polainas lo conocen sencillamente por “El de los toques”.

No cualquier hijo de vecino aguanta los 250 grados de su tortura. Sólo los electricistas, acostumbrados a velar cables de alta tensión con cabezas de cerillos.

(Tomado de: Cortés Tamayo, Ricardo (texto) y Alberto Beltrán (Dibujos) – Los Mexicanos se pintan solos. Juego de recuerdos I. El Día en libros. Sociedad Cooperativa Publicaciones Mexicanas S.C.L. México, D. F., 1986)




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