viernes, 15 de marzo de 2019

El epiléptico




El Palacio Negro de Lecumberri recibía en su seno a todo tipo de gente, desde inocentes hasta los más temibles criminales, pasando por enfermos que, ante el delito cometido, no tenían otro camino que purgar una condena.

Hacer un relato de todos aquellos que pisaron las losas de Lecumberri, hallándose enfermos, sería tedioso, pero casi todos recuerdan a uno que destacó lo mismo por su padecimiento que por sus actitudes.

Se trata de Samuel Santibáñez, sujeto que sufría epilepsia, difícil padecimiento que tenía que enfrentar completamente solo en el interior de la prisión.

Sabido es que la enfermedad en cuestión produce a quien la sufre una serie de convulsiones, así como caídas, porque de hecho pierde el conocimiento por algunos instantes.

Santibáñez estaba mal hacía mucho tiempo, pero sus malos pasos en la calle, donde era aficionado a apoderarse de lo que no era suyo, lo llevaron una ocasión hasta Lecumberri.

Ahí sus compañeros de reclusión le tenían miedo, no exactamente porque se tratara de un sujeto de sumo peligro, sino porque pensaban que podrían "contagiarse" y le hacían asco. Todo eso debía padecerlo, así como las burlas constantes que le hacían, particularmente después de que enfrentaba las crisis que atacan a ese tipo de enfermos.

Resignado a su triste suerte, el hombre aquel soportaba todo lo que le sucedía.

Pero sus colegas de enclaustramiento se quedaron perplejos cuando pudieron enterarse de que Santibáñez era un definitivo enamorado de la Libertad -al fin que tiene nombre de mujer- y entonces la buscaba con demasiada frecuencia.

El personaje de esta historia estuvo muchos años alojado en la crujía "D", la cual se hallaba más o menos cerca de una de la bardas que rodeaban el penal.

Entre sus ocupaciones cotidianas Samuel procuraba robar parte de los uniformes de los celadores y los escondía como tesoro muy preciado. Claro que lo era, porque el día que le daba en gana, aprovechando los mantos de la noche, se vestía de celador y se encaminaba hasta la muralla, misma que tenía tal medida que lograba alcanzarla con facilidad.

Una vez ahí caminaba como si nada, hasta que podía descolgarse hacia la calle y huir tranquilamente.

Si acaso se encontraba en su camino, allá en lo alto de la barda, con un verdadero celador, lo saludaba y aquél, desconcertado, pensando que se trataba de un compañero, respondía el saludo y cada quien continuaba su camino.

El sujeto de marras logró escapar varias veces en idénticas circunstancias y jamás se le descubrió.

Lo que sucedía con él es que en ocasiones se "aburría" de la calle, de la libertad, y cometía cualquier delito para que lo retornaran a su lugar, en el Palacio Negro.

Otras ocasiones cometía un ilícito, no para volver a presidio sino porque era su "modus vivendi" y al quedar al descubierto era regresado a su encierro.

Sus colegas de reclusión gozaban con las frecuentes escapatorias de este sujeto que, por otro lado, como ya lo hemos señalado antes, resultaba totalmente inofensivo y nadie lo tomaba en serio.

Una cosa sí provocaba cierta angustia de todos aquellos reos que sabían de sus andanzas para evadirse y era el hecho de que, padeciendo la epilepsia, se le presentara un ataque de la enfermedad en los momentos en los que andaba escalando las murallas.

Para su buena suerte eso no ocurrió, porque en caso contrario hubiera quedado en el pavimento como calcomanía.

Cansadas las autoridades de las muchas ocasiones en las que este sujeto se iba a su casa sin decir "agua va", lo trasladaron una noche de la crujía "D" a la Circular dos, las llamadas "jaulas" y ahí permaneció hasta que compurgó su no muy larga condena porque, está dicho antes, sus delitos era leves.


(Tomado de: Aquino, Norberto Emilio de - Fugas. Editora de periódicos, S. C. L., La Prensa. México, D. F., 1993)


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