jueves, 11 de noviembre de 2021

Juan A. Mateos

 


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Juan A. Mateos (1831-1913)

Guardaba cada batalla en su memoria o en los papeles sueltos en donde siempre escribía algún comentario o recuerdo que no quería se perdiera con el tiempo. En el campo de guerra se batía como si el fuego y el coraje dieran sentido a su vida. Pero el capitalino Juan Antonio Mateos era mucho más. Aquel 1854 había interrumpido su carrera de Leyes en el Colegio San Juan de Letrán de la Ciudad de México para luchar a favor de sus ideas liberales. El deber le había llamado a las armas, pero estaba seguro de que regresaría a la senda del conocimiento.

Así lo hizo en el momento en que la guerra se intensificaba. Aunque su participación en los campos liberales había sido trascendental, el destino le tenía marcadas nuevas y más importantes tareas. No por ello dejó de participar en grandes batallas, más aún después de enterarse de que su hermano Manuel había sido fusilado por órdenes del general conservador Márquez. Mateos no encontró consuelo hasta terminada la Guerra de Reforma, cuando por fin tuvo tiempo de escribir lo que había vivido como combatiente.

Sin embargo, aquella tranquilidad le duraría poco, pues la Intervención Francesa lo obligó a enfrentar a un nuevo enemigo. Esta vez su trinchera sería las de las letras. Por medio de varios artículos atacó la ocupación francesa y al llamado Segundo Imperio. Fue por uno de sus artículos, publicado en La Orquesta, que Mateos fue encarcelado.

La prisión no lo hizo cambiar de ideas. Una vez en libertad, volvió al ataque, esta vez criticando duramente el proyecto de colonización de Sonora. Ésta vez su castigo fue el destierro en San Juan de Ulúa y, meses más tarde, en Yucatán. Fue entonces que Mateos decidió volver a las armas. Con algo de fortuna logró ponerse a las órdenes de Porfirio Díaz, a cuyo lado luchó exitosamente en contra de las tropas invasoras. Mateos fue testigo y partícipe de la derrota final del imperio de Maximiliano y vio al poder republicano y progresista, en la figura de Benito Juárez, tomar las riendas del país. El capitalino no podía más que enorgullecerse de ello.

No descansó y siguió escribiendo, contando sus recuerdos de lo que había sucedido en el país y dejando crónicas fidedignas para la posteridad. Juárez le reconoció su aporte nombrándolo ministro de la Suprema Corte de Justicia. El abogado fue además diputado y director de la Biblioteca del Congreso, pero fue el soldado y el escritor el que ha pasado para siempre a la historia.


(Tomado de: Tapia, Mario - 101 héroes en la historia de México. Random House Mondadori, S.A. de C.V. México, D.F., 2008) 

lunes, 8 de noviembre de 2021

Superstición: de las embarazadas

 


 LIBRO QUINTO 

Que trata de los agüeros y pronósticos, que estos naturales tomaban de algunas aves, animales y sabandijas para adivinar las cosas futuras.


[...]

Apéndice

XIX De la mujer preñada

Otra abusión dejaron los antiguos; y es, que la mujer preñada se debía de guardar de que no viese a ninguno que ahorcaban, o daban garrote, porque si le veía decían que el niño que tenía en el vientre nacería con una soga de carne a la garganta.

También decían que si la mujer preñada miraba al sol, o a la luna cuando se eclipsaba, la criatura que tenía en el vientre nacería mellados los bezos, y por esto las preñadas no osaban mirar al eclipse, y, para que esto no aconteciese, si mirase el eclipse poníase una navajuela de piedra negra en el seno, que tocase a la carne. También decían que la mujer preñada, si mascaba aquel betún que Ilaman tzictli, la criatura cuando naciese, que le acontecería aquello que llaman motentzoponiz, que mueren de ello las criaturas recién nacidas, y cáusase de que cuando mama la criatura, si su madre la saca de presto la teta de la boca, lastímase en el paladar y luego queda mortal. 

También decían que la mujer preñada, si anduviese de noche, la criatura que naciese sería muy llorona; y si el padre andaba de noche y veía alguna estantigua, lo que naciese tendría mal de corazón, y para remedio de esto, la mujer preñada, cuando andaba de noche, poníase unas chinas en el seno, o un poco de ceniza del hogar, o unos pocos de ajenjos de esta tierra que llaman iztáuhyatl; y también los hombres se ponían en el seno chinas, o pícietl, para excusar el peligro del hijo que estaba en el  vientre de la madre y si esto no hacían, decían que la criatura nacería con una enfermedad que Ilaman ayomama, o con otra  enfermedad que llaman cuetzpaliciuiztli, o con lobanillos en las ingles.

(Tomado de: Sahagún, fray Bernardino de - Historia General de cosas de Nueva España. Numeración, anotaciones y apéndices de Ángel María Garibay K. Editorial Porrúa, S. A. Colección “Sepan Cuantos…” #300. México, D.F. 1982)

jueves, 4 de noviembre de 2021

Nueva España: Fronteras distantes



A finales del siglo XVIII, la superficie de la Nueva España rebasaba los cuatro millones de kilómetros cuadrados. En el norte, abarcaba los actuales estados norteamericanos de California, Arizona, Nuevo México, Texas y Florida. En el sur, el virreinato se extendía hasta la península de Yucatán y Chiapas. El viaje de la capital a las lejanas minas de Santa Bárbara y Parral duraba entre tres o cuatro meses en época de secas.
El paisaje novohispano se fue transformando a través de los siglos con la introducción de nuevas especies de plantas, animales y técnicas de producción. La combinación de diversos recursos naturales y la desigual distribución geográfica creó un paisaje variado. Se pueden distinguir cinco áreas principales: el México central, la vertiente del Golfo y la del Pacífico, la zona norte y la zona sur.
El México central se ha caracterizado por la presencia de sierras ásperas, clima templado y valles fértiles. Ya que las tierras están situadas en diferentes altitudes, las regiones que forman esta área tienen diversos climas. Esos contrastes climáticos permitieron la producción de múltiples productos en distancias relativamente cortas. El maíz y el frijol se daban bien en casi todas partes, y se criaban vacas, cerdos y pollos. El cultivo de trigo y la cría de ganado lanar, en cambio, se concentraban en las regiones templadas. Los cultivos tropicales, como la caña de azúcar, el algodón y el tabaco, florecieron en la tierra caliente cercana y en las vertientes del Golfo y del Pacífico.
Hacia el norte, la tierra se va haciendo cada vez más árida y agreste. Esta región dilatada tuvo poca población, pero fue muy rica en minas y ganados, y abasteció al centro de materias primas: lana, algodón, mulas, caballos, vacas, cueros y plata. La novedad del siglo XVIII es la ampliación de la frontera norte. El temor a la penetración de los rusos en la costa del Pacífico, y de los franceses en el golfo de México, obligó a una expansión defensiva en esos territorios. California, Nuevo México y Texas se poblaron entonces de misiones y presidios.
En el sur, las dos cadenas de montañas que limitan el altiplano se unen y forman un paisaje de montes altos salpicados por pequeños valles. La Sierra Madre del Sur, los macizos de la Mixteca y las montañas de Oaxaca tienen un clima similar al de las mesetas altas. En las tierras bajas de Tabasco abunda el agua y la vegetación es exuberante. En Chiapas se combinan las tierras altas y boscosas con zonas de bosque tropical, mientras que Yucatán se caracteriza por planicies cálidas, escasa vegetación y aguas subterráneas.
La región del sur estuvo poco integrada al centro del virreinato. Allí la economía se dedicó a satisfacer la demanda local, con escasas excepciones: la grana cochinilla de Oaxaca y el cacao de Tabasco lograron acceder al comercio de ultramar. Un caso de aislamiento más acusado es el de Yucatán. Esta región prefirió extender sus redes comerciales hacia el Caribe español, y sólo hasta el siglo XIX comenzaría a insertarse en la economía nacional. La rica geografía sureña creó una diversidad regional que se distinguía por los rasgos étnicos, la vestimenta, la comida, las fiestas y tradiciones locales, del resto de la Nueva España.


(Tomado de: Florescano, Enrique y Rojas, Rafael - El ocaso de la Nueva España. Serie La antorcha encendida. Editorial Clío Libros y Videos, S.A. de C.V. 1a. edición, México, 1996)

lunes, 1 de noviembre de 2021

Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación

 


CNTE, Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Corriente sindical creada en el primer Foro Nacional de Trabajadores de la Educación celebrado el 17-18 de diciembre de 1979 en Tuxtla Gutiérrez, Chis., para articular las demandas de los maestros del interior de la República y coordinar las acciones de resistencia contra el control corporativo de Vanguardia Revolucionaria.

El 30 de enero de 1981 fue asesinado en Tulpetlac, Edomex., uno de sus principales promotores, el profesor Misael Núñez Acosta, crimen que permanece hasta ahora impune.

La CNTE tiene su columna vertebral en las secciones 22, 47, 18 y 9 que se localizan en Oaxaca, Chiapas, Michoacán y D.F., respectivamente.

La Coordinadora ha organizado innumerables marchas en la ciudad de México y las capitales estatales durante el mes de mayo, de cada año, y su tradicional plantón frente al edificio de la SEP y lleva a cabo negociaciones con las autoridades por sus demandas, al margen de la dirigencia formal de su sindicato, en particular por incrementos salariales.


(Tomado de: Roldán Quiñones, Luis Fernando. Diccionario irreverente de Política mexicana. Con ilustraciones de Helguera. Grijalbo/Random House Mondadori, S.A. de C.V. México, D.F., 2006).

jueves, 28 de octubre de 2021

Alejandro García

 


General, nació y murió en Campeche, Camp. (1818-1872). Estuvo en el servicio de las armas del 30 de marzo de 1836 al 28 de junio de 1863. En 1847, bajo las órdenes del general Domingo Echegaray, combatió a los invasores norteamericanos en el Estado de Tabasco; en 1861 fue comandante militar de Perote y jefe de la segunda brigada de la División Llave; en 1862, siendo encargado de la Mayoría del Ejército de Oriente, luchó contra los franceses, y en 1863 estuvo en la caída de Puebla. En marzo de ese año fue nombrado general en jefe de las fuerzas de Veracruz y gobernador del Estado, y cuando el ejército francés ocupó la ciudad de Oaxaca convocó a varias entidades para unir sus fuerzas. Asumió entonces la jefatura del Ejército de Oriente y el mando de los estados de Chiapas, Tabasco, Tlaxcala, Puebla y Oaxaca. De noviembre de 1866 a marzo de 1867 fue gobernador y comandante militar de Oaxaca, puesto al que renunció para marchar a la costa y ocupar la plaza de Veracruz. Era comandante del Distrito Federal en 1871 cuando se pronunciaron los generales Cosío, Carrillo, Toledo y Negrete, a quienes persiguió y derrotó en Puebla. A la muerte de Juárez, ya fuera del servicio militar, se retiró a vivir a Campeche.


(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S. A. México D.F. 1977, volumen V, - Gabinetes - Guadalajara)

lunes, 25 de octubre de 2021

El Caracol y el Sable IV

 

(Jerónimo, caudillo apache)

EL CARACOL Y EL SABLE IV

Campesinos, comuneros e indígenas


Cierta mañana apareció en el valle de Papantla un grupo de agrimensores con sus teodolitos. La gente ya sabía lo que significaba la medición de las tierras e impidió su trabajo. Los topógrafos volvieron al valle al día siguiente, resguardados por rurales. Los campesinos protestaron nuevamente y se desató la violencia. Días más tarde llegaron más de mil soldados, invadieron el pueblo, los campos, y empezó el exterminio de los pobladores. Años después Lázaro Gutiérrez de Lara se propuso averiguar lo ocurrido. En torno del valle sólo quedaba un recuerdo: durante 15 días el aire era irrespirable por los cadáveres de hombres, mujeres y niños insepultos. En los campos, sembrados de cafetales y cañas de azúcar, no había huella alguna del pueblo.

Nicandro Sánchez, rumbo a Acapulco, se detuvo en el pueblo de Acatipla. Atardecía. Las huertas eran, en verdad, hermosas. Se lo dijo a sí mismo para no olvidarlo. Un viejecito comentó con él la abundancia de los árboles y la dulzura de las frutas. El viejo, entristecido, le confesó la desdicha del pueblo: el propietario de la hacienda El hospital los obligaba a venderle todos los terrenos: servir en sus tierras o desaparecer de la región. No pocos habían sido deportados a Quintana Roo. Los rurales y los soldados perseguían a los vecinos; a veces, en los linderos, descubrían hombres muertos por la espalda. Mirando las huertas, el viejo comentó, no sin esperanza: “Si viniera una fuerte revolución, como la del padre Hidalgo, a favor de los pobres, entonces sí sería otra cosa...” En 1910, Nicandro Sánchez fue al pueblo para alentar a los campesinos en la lucha armada y sólo pudo ver –como Rip van Winkle- oculta en los cañaverales, la torre derruida de la iglesia; los habitantes, más de quinientos, habían desaparecido; unos, asesinados; otros, deportados a Quintana Roo.

No fue distinto el caso de Tequesquitengo. Los campesinos eran dueños de un pequeño valle. El propietario de la hacienda de San José Vista Hermosa invadió las tierras del pueblo. Como ocurrió en Anenecuilco, San Pedro y tantos otros ejidos, los papeles en que constaba el lindero comunal de terrenos y aguas eran muy antiguos. Los campesinos demandaron respeto de los fundos legales. Los encargados de la defensa de Tequesquitengo desaparecieron. El hacendado siguió derribando las mojoneras y apoderándose de la tierra. Los campesinos no cedían. Una mañana el hacendado ordenó que rompieran la presa y las aguas sepultaron Tequesquitengo. No hubo sobrevivientes. En torno de la laguna, los peones de San José Vista Hermosa roturaron la tierra.

En el norte de la República los indios fueron objeto de tenaces persecuciones. Uno de los convenios de Porfirio Díaz con el gobierno norteamericano fue el de permitir el paso de las tropas de ese país al nuestro, para el exterminio de las tribus nómadas. Con el pretexto de que era imposible reducirlos al sedentarismo, los soldados llevaron a cabo una guerra de aniquilamiento. Culminaba en aquellas campañas una larga lucha sostenida por las tribus para sobrevivir. El área de caza era la ruta de los bisontes hacia las salinas. Desaparecida la especie –más de cien millones al empezar la conquista española- y reduciéndose el área al paso de la formación de los “presidios”, con cabezas de ganado mayor, las tribus acometieron las propiedades para proveerse de carne, sal y cueros. Fue una lucha que duró tres siglos. Los colonos, al final de la aventura, “veían pasar a lo lejos, más allá de las fogatas del comanche, el tropel de los bisontes que recorrían las ilimitadas praderas”. Los testimonios de los misioneros españoles, que advirtieron cuál era el fondo de aquella barbarie y que no pocos domeñaron con un puñado de sal, tenían sus días contados al aparecer por las llanuras de Chihuahua los cazadores del coronel Joaquín Terrazas.

En sus memorias, escritas en tercera persona al referir sus atrocidades, anota Terrazas los sucesos de campaña: “A fines de enero –1880- marchó a perseguir bárbaros comenzando las operaciones en el Cañón de las Veras y Montanegra. Atravesó el centro de la sierra saliendo a la boca del Cañón del Nido, siguiendo por Porfías, Terrenates, y cumbres de la Sierra, hasta los cordones de la del Pajarito, donde en la tarde del tercer día de marchas forzadas, atacó a la ranchería del indio Felipe haciéndole prisioneros, entre ellos, a sus hijos y muerto el resto, represando caballos y botín”.

En junio, Joaquín Terrazas vuelve a campaña. Sería la última. Las hazañas del indio Vitorio claman venganza. Recluta 350 hombres y el gobierno les ofrece 300 pesos por indio muerto. Cuando Terrazas y sus hombres desfilan por las calles de Chihuahua, los 115 sobrevivientes llevan, en sus lanzas, las cabelleras de los guerreros de Vitorio y, a grupas, las pantaloneras de los muertos. A los lados de las cabalgaduras caminan los prisioneros, mujeres y niños. En 1886, al morir, el indio Jerónimo, termina la lucha.

Mientras Joaquín Terrazas combate, su primo Luis se apodera de las tierras del estado. Como uno de los personajes de Tolstoi, Porfirio Díaz pareció darle en propiedad cuanto alcanzara en su carrera por la llanura. Y Terrazas recorrió Chihuahua abarcándolo todo. Al final de su vida, en la llanura había cercas y hasta donde la vista alcanzaba y más, mucho más, ganado pastando en los breñales. Las tribus habían desaparecido para siempre.


(Tomado de: García Cantú, Gastón - El Caracol y el Sable. Cuadernos Mexicanos, año II, número 56. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f)

viernes, 22 de octubre de 2021

Figuras señeras del espectáculo, inicio del siglo XX

 


La llegada del siglo XX trajo aparejados para México cambios en todos los aspectos, principalmente en el social y económico, mismos que repercutieron en muchos otros.

Sustituido únicamente por la gestión del tamaulipeco Manuel González (diciembre de 1880 a noviembre de 1884), el general Porfirio Díaz se mantuvo en la presidencia del país de noviembre de 1876 a mayo de 1911.

Se conjuntaron así más de 30 años de modernidad -abundaron grandes obras materiales- de fiestas elitistas de oropel, de un Congreso y gobiernos estatales serviles, de una prensa aduladora y de férrea represión y aplastamiento contra disidentes políticos.

Esas autoridades -como las de Europa y Estados Unidos- celebraron el arribo de una nueva centuria el 1 de enero de 1901. El escritor Federico Gamboa redactó en su diario que, al fenecer la última noche del siglo XIX, comenzaron a escucharse cohetes, dianas, repiques de campanas de templos y silbatos de máquinas para saludar "a este primer año del siglo XX".

Este cambio, sin embargo, no tuvo mayor repercusión en los escenarios teatrales como se desprende de lo consignado por el historiador Enrique de Olavarría y Ferrari en su monumental Reseña histórica del teatro en México.

"Sin traer consigo novedad alguna -sostuvo-, dio principio el Siglo Veinte (.) y brilló el sol del martes 1 de enero de 1901: no vale la pena [...] decir más acerca de ello."

Figuras señeras

El medio del espectáculo vivía entonces una enorme crisis. En el caso de la incipiente industria fílmica, 20 de los 22 locales cinematográficos de la ciudad de México cerraron sus puertas, debido a los continuos escándalos generados por el público, inconforme por la repetición de películas.

El teatro no era la excepción. Como su precio de entrada era relativamente barato, los artistas -la mayoría de ellos improvisados- enfrentaban abiertamente las agresiones del populacho.

Demolido el Gran Teatro Nacional -ubicado en la calle de Vergara, hoy Bolívar- los foros que funcionaron en la capital durante 1901 fueron, entre otros, el Principal -que se consolidó en "La Catedral de la Tanda"-, el Renacimiento -de moda y que más tarde se convertiría en el Virginia Fábregas- y el vetusto Arbeu (inaugurado en 1875). También estaban el Hidalgo, el María Guerrero y varios jacalones. El único circo que llevaba variedades diversas a los citadinos era el de los hermanos Orrín.

Las zarzuelas españolas tenían gran arraigo en esos espacios. En el Principal, dos tiples del género se disputaban los aplausos de los encendidos tandófilos: la española Rosario Soler, apodada "La Patita", y la mexicana Luisa Obregón.

En una lista, dada a conocer en 1899 por la Agencia Teatral de Manuel Castro y Compañía de México, aparecen registrados 217 artistas que se presentaban en la ciudad de México. Entre los 15 tenores sólo destaca José Vigil y Robles, quien después descolló como compositor del teatro de revista.

En cuanto a tenores cómicos figuran Eduardo Bachiller, Carlos Obregón, Anastasio Otero y Ricardo Pardavé. Ninguno de los 15 barítonos y de los 19 bajos alcanzaron la fama, a excepción de Eduardo "El Nanche" Arozamena -después director de cine mudo y actor incidental en numerosas cintas en la etapa sonora-, y el español Francisco Paco Gavilanes, toda una leyenda en el teatro ligero.

Un solo actor figura en la relación: Miguel Inclán, padre de la tiple Guadalupe Inclán y del célebre histrión del mismo nombre que caracterizó villanos en la época dorada del cine mexicano.

De las 26 tiples de zarzuela citadas por la mencionada agencia, actualmente reconocemos a Delfina Arce, madre de Joaquín Pardavé; Esperanza Iris, quien se consagraría después como la Reina de la Opereta, y a la hermosa Elena Ureña.

De las 11 características -es decir, cantantes y actrices que interpretaban papeles de personas de edad-, sobresalió la española Etelvina Rodríguez, quien noche a noche hizo reír a los tandófilos del Principal.

Tomado de: Ceballos, Edgar - Somos Uno, especial de colección, Las reinas de la risa. Año 12, núm. 216. Editorial Televisa, S.A. de C.V., México, D.F., 2002)


lunes, 18 de octubre de 2021

Corrido de Venustiano Carranza 1914



De don Venustiano Carranza


Ese Victoriano Huerta,

no se les vaya a olvidar,

que debe una cuentecita

y la tendrá que pagar.


¡Muera Victoriano Huerta!

¡Muera el Gobierno fatal!

¡Que vivan los carrancistas

que nos dieron libertad!


Don Venustiano Carranza

tiene palabra de rey,

que ha tomado muchas plazas

y también a Monterrey.


Don Venustiano Carranza

reclama ser Presidente

y por eso cada día

se le recarga más gente.


De Monterrey a Laredo

y de Lerdo hasta Torreón,

se echaron los carrancistas

toda la Federación.


Y también en el Saltillo

comenzaron a pelear

hasta que fueron vencieron

a la hermosa capital.


Huerta ya tiró las trancas,

se salió por un corral,

cuando supo que Carranza

tomaría la capital.


Ese Victoriano Huerta

era un vil y traicionero,

que asesino al Presidente

por interés del dinero.


La sangre que es derramada

por montes y serranías

es por el traidor de Huerta,

Mondragón y Félix Díaz.


Ora sí, señor Carranza,

hasta aquí puso una raya,

pa'que no corra más sangre

en los campos de batalla.


De ustedes ya me despido

y en Dios pongo mi esperanza.

¡Viva Francisco I. Madero

y Venustiano Carranza!


(Tomado de: Mendoza, Vicente T. – Corridos mexicanos. Lecturas Mexicanas #71; 1a serie. Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1985)

jueves, 14 de octubre de 2021

¿Quién protegió a Fidel Castro en México?

 


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¿Quién protegió a Fidel Castro en México?


Fidel Castro había peleado contra el dictador Batista en el cuartel Moncada en 1953, por lo que tiempo después se asiló en México, quizás bajo la protección tradicional que este país daba a los perseguidos políticos, aunque no está claro si existió un trámite formal para ello.

Una vez en México, donde permaneció entre 1955 y 1956, y donde conoció al Che Guevara, se dedicó a organizar la revolución cubana. Para disimular sus actividades subversivas trabajaba como fotógrafo ambulante, actividad de la que difícilmente podría haber obtenido dinero para mantenerse, adquirir las armas necesarias, los lugares de entrenamiento y el barco Granma que lo condujo hasta Cuba, junto con su cuerpo de expedicionarios.

Para entonces, tanto Batista como el dictador Trujillo, de la Repùblica Dominicana, tenían espías en México que se reunían con agentes de inteligencia del país en el café La Habana, situado en el centro de la ciudad, y en el restaurante Los Pinos, en la colonia Noche Buena, al sur de la metrópoli. Allí intercambiaban información. Parecería prácticamente imposible que, por lo tanto, los espías cubanos no supiesen de las intenciones de Fidel Castro. Vale la pena, por tanto, preguntarse quién o quiénes protegían o protegieron al revolucionario.

Los rumores dicen que a Castro lo protegía el capitán Fernando Gutiérrez Barrios, destacado miembro de la Federal de Seguridad, policía política del gobierno mexicano. De hecho, Fidel Castro y Gutiérrez Barrios mantuvieron una buena amistad hasta que el entonces senador por Veracruz murió, en el año 2000. Ese mismo año, el espía cubano Jorge Maseró señaló a Gutiérrez Barrios, "el sabueso del sistema", como el personaje que avaló las operaciones clandestinas que los guerrilleros llevaron a cabo en México. Y aseguró, además, que éste protegía y apoyaba a diversos cubanos desde la nómina del gobierno mexicano, amén de que se hizo de la vista gorda ante lo que los revolucionarios realizaron durante su estancia en el país.

Don Fernando también aparece en los documentos desclasificados de la CIA como el agente mexicano que apoyó a Castro y al Che, por lo que se puede suponer que trabajó coordinadamente con ellos. Hay quienes llegan a decir incluso que fue Gutiérrez Barrios quien consiguió las armas que fueron transportadas en el Granma.

Castro poco ha hablado de su etapa en México, apenas lo ha hecho de manera anecdótica. Lo que es un hecho es que, en la oficina de Gutiérrez Barrios, hasta el último día de su vida, podía verse, sobre el escritorio del veracruzano, un retrato del ex presidente cubano.

El rumor, señalemos por último, también asegura que las armas con que se hizo la Revolución se guardaban en el fondo de una alberca en una residencia del Pedregal, en la ciudad de México, y que el campo de entrenamiento de los guerrilleros estaba protegido por agentes de la Federal de Seguridad.


(Tomado de: Marcelo Yarza - 101 Rumores y secretos en la historia de México, Editorial Grijalbo, Random House Mondadori, S.A. de C.V., México, D.F., 2008)




martes, 12 de octubre de 2021

Gonzalo Curiel



Gonzalo Curiel (1904-1958)

Nació en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, el 10 de enero de 1904. De niño aprendió a tocar el piano. Estudió la carrera de medicina pero no llegó a terminarla porque decidió dedicarse por completo a la música. En 1935 hizo su debut en la XEW trabajando como pianista. Fue entonces cuando conoció al doctor Alfonso Ortiz Tirado, quien lo contrató y realizó con él una gira por el interior de la república. Poco después dio a conocer su primera composición, titulada He querido olvidar. Luego compuso Dime, que fue estrenada por José Mojica en el Teatro Arbeu de la ciudad de México. Fue autor de más de cien canciones. Entre ellas se han destacado: Tu partida, Son tus ojos verde mar, Tú, Vereda tropical, Un gran amor, Deseo, Confesión, Desesperanza, Di que es mentira, Con mi guitarra, Confidencia, Blanca, Cuando, Calla, Agonía, Adiós, Al fin, Brazalete, Adversidad, Calla tristeza. La canción Tu partida pasó a ser el tema musical de su orquesta. Fue fundador de varios conjuntos, el primero de ellos fue Los Caballeros de la Armonía. Posteriormente, buscando cambios en la interpretación vocal, se unió con Emilio Tuero, Pablo y Carlos Martínez Gil, y Ciro Calderón para formar el cuarteto Ritarmelo (ritmo, armonía y melodía). Más adelante formó el grupo Los Diablos Azules que hizo importantes series de radio en la XEW. En 1931 formó otro conjunto que se llamó Los Trovadores del Ensueño. En 1937 fundó la orquesta El Escuadrón del Ritmo, con la que realizó, en 1940, una extensa gira por Estados Unidos, Brasil, Chile y Argentina, llevando como cancionista a Adelina García. En 1942 regresó a México e ingresó al cine nacional para la música de fondo de más de 126 películas. Ganó un Ariel por la musicalización de la cinta Eugenia Grandet. Participó con su orquesta en las películas: Payasadas de la vida, Cita con la muerte, Dancing y muchas otras. En 1948 fue estrenado su primer Concierto para piano y orquesta en re bemol, a través de la radiodifusora XEW. Su segundo concierto fue estrenado en la misma radiodifusora el 19 de abril de 1951. Fue fundador de la orquesta de la Unión Filarmónica de México. En 1953 fue condecorado en la Feria de Jalisco por el licenciado Agustín Yáñez, gobernador del estado. Fue fundador de la Sociedad de Autores y Compositores de Música y de la Unión Filarmónica de México y perteneció al Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica. Falleció el 4 de julio de 1958 en la capital de la república.


(Tomado de: Moreno Rivas, Yolanda - Historia de la Música Popular Mexicana. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Alianza Editorial Mexicana. México, D.F., 1989)