viernes, 10 de abril de 2020

Río Suchiate, en cuaresma


En cuaresma el Suchiate deja de ser la frontera


Texto: Elizabeth Hanckel
Fotografías originales: Ricardo Mata
Original en inglés. Traducción: Rocío Mendicuti

Imagínese unas fronteras abiertas con afluencia libre de gente y de cosas.
 Imagínese un lugar sin límites en las tarifas, sin agentes aduanales y sin patrullas fronterizas. ¿Es este algún sueño futurista? Por el contrario, este lugar existe una vez al año en el río Suchiate, en la frontera de México con Guatemala.
Desde hace muchos años, antes de lo que el más anciano pueda siquiera recordar, comenzó una fiesta el domingo anterior al Miércoles de Ceniza que no termina sino hasta el siguiente domingo. Esta fiesta gira en torno a una peregrinación anual, o romería, que se hace a Tecún Umán, en Guatemala, pueblo fronterizo con Ciudad Hidalgo, Chiapas. Durante esta semana, más de 100 mil personas de los alrededores dejan sus pueblos para ir a rendir homenaje a la imagen del Jesús de las Tres Caídas. La inmensa mayoría de los peregrinos que llegan a esta fiesta son indígenas guatemaltecos. Hay tzuthuiles, mames, quichés, calchikeles e incluso kechkes, que llegan desde Verapaz, aunque también hay gran cantidad de chiapanecos y oaxaqueños.
Llegan por todos los medios posibles: apretados en camiones, en camionetas, en autos, en trenes y camiones de carga, desde la costa y las montañas. Ahí hay padres, niños, abuelos, primos, hermanos, hermanas, tías y tíos. Esta tradición está tan arraigada que poblaciones como las de Nahuala y Samayac, en Guatemala, se convierten en pueblos fantasmas, ya que la mayoría de la gente que los habita se dirige a Ayutla, nombre más sonoro anterior al nombre de Tecún Umán.
Aunque la romería de Ayutla tiene sus raíces en las costumbres y creencias religiosas, el hecho es que actualmente 100 mil personas convergen en el mismo lugar al mismo tiempo, creando un gran negocio y gran entretenimiento. Los habitantes de Ayutla, aunque tienen igual fervor por el Jesús de las Tres Caídas, no entran a la iglesia durante la primera ceremonia, porque se encuentran preparando todo para convertir su pueblo en una inmensa casa de huéspedes. Alimentos y diversión están a la venta en absolutamente todo el pueblo. El mercado comienza afuera de la iglesia con los predecibles puestos de comida, bandas de música para el baile, juegos de puntería, pajaritos de la suerte y tiendas de chucherías. Pero el verdadero mercado se lleva a cabo en el río, o para ser exactos, adentro del río.
El río Suchiate, que forma parte de la frontera entre México y Guatemala, tiene más de 100 m de ancho y cuando comienzan las lluvias de mayo puede "barrer" a una persona para depositarla justo dentro del Pacífico. Sin embargo, en la primera semana de Cuaresma, el agua sólo llega a la cintura y al corazón del mercado. A la vista del puesto de inmigración en el puente entre México y Guatemala, miles de personas, principalmente de Guatemala, compran a los cientos de vendedores, principalmente de México. Los puestos están literalmente colocados dentro del agua, así que, técnicamente, uno puede reclamar estar en su propio país.
Para la gente que está en el río, tan opuesta a los que están sobre el puente, no hay colas, no hay documentos que sellar, no hay formas aduanales que llenar, no hay derechos sobre los que discutir, no hay impuestos que pagar, ni empleados ásperos con quien tratar. En el río, la gente es libre de comprar lo que quiera, de quien quiera, al precio que quiera. ¿Y qué es lo que eligen comprar? Principalmente lo usual: sombreros, ropa, galletas, comida enlatada, cerámica, zapatos, botas, sarapes e innumerables cubetas de aluminio y tubos del mismo material que flotan por todos lados junto a los puestos, amarrados a los puestos, amarrados unos con otros.
Durante los días que dura la primera semana de Cuaresma, las personas, la mayoría vestidas con trajes típicos indígenas, compran todo lo que pueden en este mercado del río vadeando de puesto en puesto.
Para muchos de los peregrinos que van a Ayutla esta es la única oportunidad que tienen de visitar un país extranjero. Un agitado servicio de transbordador trabaja todo el día entre México y Guatemala: gigantescas cámaras de hule inflado que se cubren con tablas amarradas y juntas que sirven como asientos, y en las que el remero trabaja en el timón mientras vadea el río empujando su embarcación desde atrás. Algunas familias se amontonan para hacer el cruce internacional con la emoción reflejada en sus ojos y sus sonrisas. Para otras, la emoción no está solamente en hacer un cruce internacional, sino en hacerlo sin barco. La mayoría de estos intrépidos viajeros buscan la seguridad en el gentío. Apiñonados en montones o en hileras de 15, atravesados a la manera de una cadena de margariras, cruzan el río lentamente, buscando dar un paso firme cada vez para no empaparse. Muchas mujeres, indecisas entre la modestia y el deseo de que no se les mojen las faldas, arrojan la modestia a un lado y echan sus faldas muy por arriba del muslo, riendo nerviosamente de su propio abandono.
En el río, en la periferia de donde está situado el mercado, los peregrinos aprovechan la oportunidad de bañarse y lavar su ropa, mientras que el pueblo, lleno hasta el "tope", no puede ofrecer mucho en materia de higiene. La gente se amontona cerca de la ribera o alrededor de las salientes de piedra para bañarse; los hombres por un lado, las mujeres y los niños por el otro.
El amanecer y el crepúsculo señalando principio y el fin de la actividad del mercado en el río. En el pueblo, estos son los momentos más fervientes para los devotos del Jesús de las Tres Caídas. Mientras que el mercado en el río duerme, la oscura iglesia se llena, haciendo muy difícil el moverse. La única luz que hay dentro del templo proviene de la veladoras que parecen alfombrar el piso. Conforme uno se acerca al altar, las veladoras se agrandan y se ven más densas, creando casi una hoguera de luz y de color. Un murmullo monótono llena la nave mientras se entonan las plegarias y los cánticos. Las manos suplicantes se mueven constantemente como si le hicieran señales a Dios. Los que van a suplicar tienen que esperar durante horas en largas filas que ocupan calles enteras, para finalmente recibir el consuelo y la bendición mientras besan y tocan la imagen del Jesús que data del siglo XVII.
Para el sacerdote Jesús Rodríguez, la intensidad y el fervor de las masas son agotadores. Aunque ha estado en el cercano pueblo de San Marcos durante un año y sabía de la peregrinación, nos confesó que nada podría haberlo preparado para este evento: "Cuando yo presencié por primera vez este fenómeno en 1979, nos dijo, la emoción, la intensidad y las necesidades de la gente; el reto físico de siquiera poder moverse dentro de la iglesia y en el pueblo; la larga semana de actividad continua, tanto en el día como en la noche, fueron abrumadores." Y cuando se le pregunta si duerme durante esta semana, la respuesta que da el padre Jesús es: "A veces, cuando me caigo de cansancio". Muchos peregrinos tal vez dirían lo mismo si se les preguntara.

(Tomado de: Hanckel, Elizabeth - Río Suchiate: en Cuaresma deja de ser frontera. Traducción: Rocío Mendicuti. México Desconocido, noviembre 1991, número 177, Año XV. Editorial Jilguero, S.A. de C.V.)

miércoles, 8 de abril de 2020

José Yves Limantour


Sostengo que con el prestigio inconmensurable del general Díaz, el crédito del país no lo funda Limantour, pues lo único que ha  hecho es explotarlo.

Teodoro Dehesa

José Yves Limantour [1854-1935], amigo y compadre de Porfirio Díaz, ocupó durante dieciocho años ininterrumpidos la secretaría de Hacienda; dirigía a Los Científicos; fue enemigo político de Bernardo Reyes y Teodoro Dehesa y, tras las negociaciones de paz que efectuó con los revolucionarios en Ciudad Juárez, fue acusado de traición a Díaz y de precipitar su caída.
Estaba de moda entonces la filosofía positivista, la cual apoyaba, pero su empeño por una administración práctica y planificada tuvo como costo la falta de una cultura política y de desarrollo social. Secundó la política represiva del dictador pero, al mismo tiempo, fue el gran artífice de la estabilidad y del crecimiento económico que vivió el país durante el porfiriato, y el responsable del primer superávit alcanzado por las finanzas públicas en la historia de nuestro país, que contó entonces con altas dosis de inversión extranjera.
Aunque era un hombre de finanzas, en lo político dio apoyo total a Díaz en todas sus reelecciones; se encargó de remover a quienes le estorbaban, como Reyes y Dehesa, y en 1904 logró impulsar a uno de sus incondicionales, Ramón Corral, como vicepresidente de la República. Pero seis años más tarde su relación con el presidente estaba desgastada, a tal punto que prefirió estar en París que en las fiestas del Centenario de la Independencia. Díaz tomó su ausencia como un desaire personal.
Limantour recibió en la capital francesa noticias del inicio de la revolución y regresó a México con la intención de mediar entre el gobierno y los revolucionarios. Incluso sugirió al presidente, en 1911, adoptar reformas políticas que satisficieran las demandas revolucionarias. El dictador aceptó y, como primera medida, pidió la renuncia a todo su gabinete. Los Científicos, que controlaban importantes capitales nacionales y extranjeros, se vieron de pronto sin en apoyo de Limantour.
El ministro de Hacienda se reunió en varias ocasiones con Madero y sus colaboradores para negociar la paz, que sólo llegó en mayo de 1911 con el triunfo de la revolución maderista y la firma de los tratados de Ciudad Juárez, en los cuales se establecía, como condición para la paz, la renuncia de Porfirio Díaz. A Limantour estas negociaciones le costaron que le llamaran traidor, aunque nunca aceptó ninguno de los cargos que le ofrecieron tanto Madero como Francisco León de la Barra. Su vida política terminó con la caída de la dictadura. Sólo le quedó el exilio.

(Tomado de: Molina, Sandra – 101 villanos en la historia de México. Grijalbo, Random House Mondadori, S.A. de C.V., México, D.F. 2008)

martes, 7 de abril de 2020

Cultura zapoteca

Los zapotecos, llamados en su propio idioma ben zaa, "la gente de las nubes", constituyen el grupo más antiguo de la región oaxaqueña. Habitaron principalmente los Valles Centrales y las sierras circundantes, desde por lo menos 1400 a.C. En la actualidad, en esa zona viven una gran cantidad de personas cuya lengua materna es una variante del zapoteco, yor todo el editado de Oaxaca habitan miembros de grupos indígenas que han sabido preservar tradiciones y modos de vida similares a los que eran comunes en la época prehispánica.
Los zapotecos son notables por su larga permanencia, en la época prehispánica, como el grupo dominante de una amplia región de Oaxaca en lo político, lo económico y lo cultural. Se distinguen entre otros aspectos por su arquitectura, sus monumentos grabados, su pintura mural y su arte cerámico. Era una sociedad compleja -formada por campesinos, artesanos, guerreros, comerciantes, sacerdotes y gobernantes- que desarrolló uno de los sistemas de escritura y registro más antiguos de Mesoamérica. Monte Albán fue la principal ciudad zapoteca -y una de las más importantes de Mesoamérica- durante varios siglos, entre 500 a.C. y 800 d.C., cuando ejerció el dominio político y económico en la región y llegó a albergar a una numerosa población, para aquélla época, de 35 000 personas. La mayoría de los habitantes vivía en las laderas del cerro en que se situaba el centro cívicos ceremonial, conformado por una gran cantidad de templos, edificios públicos juego de pelota, tumbas y habitaciones para el grupo gobernante. La ubicación de la ciudad seguramente respondía a la necesidad de dar a sus habitantes un refugio ante posibles ataques de grupos hostiles.
Al igual que para otros pueblos mesoamericanos, la muerte era un aspecto fundamental en la cosmovisión de los zapotecos. Es por ello que las tumbas son uno de los rasgos más distintivos de esta cultura; en ellas y en su contenido se expresan con claridad su idea de la religión y la fuerte diferencia que existía entre las clases de la sociedad zapoteca. Mientras más importante fuera o más recursos poseyera el personaje enterrado, más elaborado era el sepulcro y más rica la ofrenda depositada para acompañarlo en su último viaje.
Las tumbas de Monte Albán se encuentran entre los mejores ejemplos no sólo de la región zapoteca, sino del área mesoamericana en su conjunto. En ellas, cuyo número conocido es superior a cien, se observa claramente la diversidad cultural de los habitantes de esta ciudad a lo largo del tiempo.

Cronología
9000-1500 a.C. Los Valles Centrales son ocupados por grupos de cazadores-recolectores que paulatinamente se transformarán en sociedades agrícolas. Hay evidencia de domesticación de plantas en lugares como Guilá Naquitz.

1500-500 a.C. Desarrollo de las primeras aldeas agrícolas, algunas de las cuales muestran signos de estratificación social. Se establece un sistema de intercambio regional de diversos productos. San José Mogote escala población más importante, y en ella se encuentran ya algunos de los elementos que serán característicos de la cultura zapoteca, como el sistema de escritura.

500 a.C.-800 d.C. Surge y alcanza su esplendor Monte Albán, sin duda la ciudad zapoteca más relevante. En su apogeo contó con una población de cerca de 35 000 habitantes, dominaba una parte del territorio oaxaqueño y mantuvo relaciones con otras regiones.

800-1200 d.C. Posclásico temprano. A la caída de Monte Albán se da el florecimiento de un buen número de ciudades-Estado que controlaban unidades formadas por varios pueblos, en regiones menos amplias.

1200-1521 d.C. Varios poblados de la región zapoteca son conquistados por la Triple Alianza. Los mixtecos incursionan en los Valles Centrales y establecen relaciones de dominio o de alianza con los zapotecos. Las dos principales ciudades zapotecas son Mitla y Zaachila, sus capitales religiosa y política, respectivamente.

(Tomado de: Vela, Enrique - Culturas prehispánicas de México. Arqueología Mexicana, Edición Especial #34. Editorial Raíces/Instituto Nacional de Antropología e Historia. México, D.F.,)

viernes, 3 de abril de 2020

Chinaco

(del náhuatl tzinnácatl, andrajoso). Hombre que combatía en grupos irregulares al lado de liberales y juaristas entre 1857 y 1867. Se dio este apodo a los guerrilleros liberales, porque iban pobremente vestidos y equipados; con el tiempo, se extendió a todos los juaristas. La palabra chinaco no es exclusiva de esa época, pues 30 años antes el artista alemán Mauricio Rugendas pintó a un jinete mexicano llamado Chinaco.

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S.A. México, D.F. 1977, volumen III, Colima-Familia)

miércoles, 1 de abril de 2020

Bernardo de Balbuena

En Valdepeñas vio la luz Bernardo de Balbuena, el 20 de noviembre de 1568 [Se ha aventurado la hipótesis de que Balbuena haya sido originario de la Nueva España. D. Victoriano Álvarez en su estudio Un gran poeta mexicano restituido a su patria, sostuvo que el autor del Bernardo nació y se educó en Guadalajara (Jalisco)]. Muy niño fue traído a México, y aquí hizo sus estudios bajo la protección de su tío D. Diego, canónigo de la Catedral. Ingenio precoz, y de natural y decidida vocación por las letras, a los dieciséis años hacía sus primeras armas, saliendo triunfante en el certamen convocado en 1585. en 1607, o sea hombre formado ya, regresó a España, y allá obtuvo el grado de doctor en teología en la Universidad de Sigüenza. En 1608 fue electo abad de la isla de Jamaica, y nombrado obispo de Puerto Rico en 1620. Asistió al sínodo provincial reunido en Santo Domingo; celebró otro en sus diócesis en 1624, y murió en 1627.
Tres obras se conocen de Balbuena: La grandeza mexicana, impresa en México en 1604; El siglo de oro en las selvas de Erifile, colección de églogas (1608), y el Bernardo o Victoria de Roncesvalles (1624), bravo poema escrito nada menos que en cinco mil octavas reales.
Desentendiéndonos de las dos últimas producciones citadas, por no cumplir ellas a nuestro objeto, hablemos solamente de La grandeza mexicana.
Es éste un poema descriptivo de la capital de la Nueva España en las postrimerías del siglo XVI. Los ocho capítulos de que se compone constan de otros tantos argumentos que el autor resume en la siguiente octava:

De la famosa México el asiento,
origen y grandeza de edificios,
caballos, calles, trato, cumplimiento,
letras, virtudes, variedad de oficios,
regalos, ocasiones de contento,
primavera inmortal y sus indicios,
gobierno ilustre, religión y estado,
todo en este discurso está cifrado.

Aspiraba, pues, Balbuena, a pintar a México en todos sus aspectos: el material externo, el espiritual, el social y el político. Y a fe que lo consigue, poniendo a contribución su prodigiosa exuberancia verbal, su extraordinaria fuerza descriptiva, su lujo inaudito de color y su rica fantasía.
Embelesado, discurre por la entonces nueva capital.
La ciudad, "bañada de un templado y fresco viento", se alza sobre las claras lagunas. Percibimos torres, capiteles, ventanajes. Bajo un cielo "que es de ricos", surgen aquí y allá alamedas y jardines "de varias plantas y de frutas bellas". Por caminos y calzadas pasan recuas, carros, carretas, carretones. Y una multitud abigarrada va de una parte a otra: arrieros, oficiales, contratantes, "cachopines", caballeros, galanes, clérigos, frailes, hombres, mujeres; todos de diversa color y diferentes en lenguas y naciones. Las calles son como tablero de ajedrez; el cristal de las aguas "en llamas de belleza se arde". Suben las torres amagando vencer a las nubes en altura, y la ciudad, flor de ciudades, es gloria del poniente.
Dulce es el habla. En maneras la gente es afable y cortesana. Las damas son de la beldad misma retrato, y, además, honestas y recatadas. En los caballeros abundan los sutiles ingenios amorosos.
Al poeta le gustan mucho los caballos. De ellos nos habla copiosamente en el canto III. Bellos caballos briosos de perfectas castas, de diverso color, señales y hechuras; de manos inquietas, de pechos fogosos. ¡Y qué jaeces, penachos y bordaduras realzan su gallardía! ¡Y cómo los jinetes son diestros y de hermosísimas posturas!
En México se hacen primores de cosas: trabajan y trabajan joyeros, lapidarios, relojeros, herbolarios, vidrieros, batihojas, fundidores, estampistas, farsantes, escultores, arquitectos. No escasean poetas raros que todo lo penetran y atalayan. Atenas no vio tal abundancia de bachilleres y pululan, en suma, borlados doctores tan grandes en ciencia como en pareceres graves.
En verano, cuando brotan los jazmines y el deseo, las fiestas no faltan. La ciudad del siglo XVI, que muchos suponen adusta, se llena de fiestas: hay saraos, visitas, máscaras, paseos, cacerías, músicas, bailes y holguras...
Considerando sus efusivos encomios, que, por lo demás, concuerdan con los expresados por los contemporáneos, podría creerse que cuanto pinta, pondera y enaltece Balbuena, tocante a la grandeza de México, haya sido obra de su fantasía y obligado tema de su genuina manera pomposa y deslumbrante. Pero a esto se opone testimonio tan respetable como el de García Icazbalceta. Nuestro gran historiador juzga que el poeta "no había de fraguar lo que no existía", y que su obra -con "las precauciones debidas"- merece, independientemente de su valor literario, ser estimada como documento histórico.
A juicio de Menéndez y Pelayo, "si de algún libro hubiéramos de hacer datar el nacimiento de la poesía americana propiamente dicha, en éste nos fijaríamos". Es "una especie de topografía poética". "Aunque el paisaje, en medio de su floridez y abundancia, no tenga más que un valor convencional y aproximado, y esté, por decirlo así, traducido o traspuesto a un molde literario, todavía en el raudal de las descripciones de Balbuena se siente algo del prolífico vigor de la primavera mexicana."
Casi olvidada por luengos años, desde que salió a la luz la edición príncipe hecha por Ocharte en 1604, La grandeza mexicana no hubo de reimprimirse -aunque incompleta- sino hasta el pasado siglo [siglo XIX], en que tuvo cinco ediciones: tres en Madrid, en 1821, 1829 y 1837; una en Nueva York en 1828, y otra en México en 1860. En 1927 la Sociedad de Bibliófilos Mexicanos publicó una reproducción facsimilar de la edición primitiva, que es la única completa, pues que al poema acompañan en ella la célebre carta dirigida por Balbuena al Dr. D. Antonio de Ávila y Cadena, Arcediano de la Nueva Galicia, y el Compendio apologético en alabanza de la poesía, documentos ambos importantísimos por lo que mira tanto a la personalidad como a la estética del poeta.

(Tomado de: González Peña, Carlos - Historia de la literatura mexicana. Desde los orígenes hasta nuestros días. Editorial Porrúa, Colección "Sepan cuantos..." #44, México, D.F., 1990)

lunes, 30 de marzo de 2020

Elena Ureña


Su familia fue propietaria de una compañía teatral itinerante que recorrió el país. En esa empresa se fogueó el actor cómico Anastasio Otero (¿?-1924), conocido popularmente en la década de los diez como "Tacho".
El nombre de Elena Ureña aparecía entre las tiples que representaba Manuel Castro en su prestigiada agencia a finales del siglo XIX. En noviembre de 1902, en el teatrillo Riva Palacio, cantó "La Traviata".
Su enorme versatilidad le permitió interpretar a un sinnúmero de personajes populares y, con el paso de los años, se convirtió en actriz cómica. Incorporada al teatro de revista, fue la clásica Brígida en el Tenorio maderista (1911), de Luis G. Andrade, una voluminosa gata en 1913 (1913), e interpretó el papel de la presidencia en La huerta de don Adolfo (1919), estrenada el 7 de julio de 1920 en el Teatro Colón.
Gracias a sus kilos de comicidad actuó de pulquera en La locura nacional (1920), y caracterizó al paquidérmico, polémico y antimaderista tribuno Querido Moheno en La señora presidenta (1923).
En el cine mudo intervino en el melodrama campirano La puñalada (1922), de Rafael Trujillo, en el papel de una compungida madre. Raquel Ruanova y Miguel Wimer la acompañaron en esta historia donde "puñalada" significa traición amorosa.
También participó en las revistas de corte político Águila o sol (1923), La tiple de moda (1925), El otro juicio de la Madre Conchita (1|928), y La ley del trabajo (1931).
En 1928 apareció en una postal de la Compañía Industrial Fotográfica, graciosamente vestida de indígena, con calzón blanco, diminuto jorongo y huaraches, ofreciendo una mueca comiquísima.
En el cine sonoro participó en La Adelita (1937), única cinta dirigida por Guillermo Hernández Gómez; La india bonita (1938), de Antonio Helú, y en Mientras México duerme (antes Ruleteo, 1938), magistral película de Alejandro Galindo.
En noviembre de 1942, al lado de Guadalupe Rivas Cacho, Celia Montalván y Leopoldo Beristáin, Eduardo "El Chato" Rugama, Roberto "El Panzón" Soto y Joaquín Pardavé, fue distinguida en el Teatro Lírico por pertenecer a la farándula pionera del cine mexicano.


(Tomado de: Ceballos, Edgar - Somos Uno, especial de colección, Las reinas de la risa. Año 12, núm. 216. Editorial Eres, S.A. de C.V., México, D.F., 2002)

viernes, 27 de marzo de 2020

Levantamiento guerrillero en Chiapas III

No es la primera guerra que se libra en Chiapas. Tampoco es la primera vez que el obispo de la diócesis de San Cristóbal juega un papel destacado. Ya en 1914 el obispo Francisco Orozco y Jiménez, que después sería célebre protagonista de la guerra cristera como arzobispo de Guadalajara, encabezó una lucha donde los indios, marginados como hoy, fueron utilizados en contra de las autoridades porfiristas [sic].
En esos mismos años los hacendados de Comitán formaron su propio ejército "revolucionario" bajo el mando de Alberto Pineda, quien terminó uniéndose con Tiburcio Fernández, hasta que en 1920 pactaron con las autoridades federales.
La enumeración de luchas guerrilleras, de pequeñas guerras internas en la entidad es larga. En todas ellas hay un patrón de alianzas y enfrentamientos casi chuscos. Los compañeros de una gesta se convierten, poco tiempo después, en enemigos. Todos, sin excepción, quieren repartirse el botín mientras los campesinos y los indígenas siguen viviendo en las peores condiciones.
En los años cuarenta la propiedad de la tierra convoca a enfrentamientos violentos. En Zinacantán una resolución presidencial, para citar un ejemplo, que otorgaba la propiedad de fincas locales a campesinos, sólo pudo ser ejecutada después de un combate, largo y pleno de muertes, donde los campesinos se armaron y ocuparon sus tierras. Pese a ello le tomó 17 años al gobierno federal, reconocerles sus derechos, bajo el mandato del Presidente Ruiz Cortines.

(Tomado de: Arvide, Isabel - Crónica de una guerra anunciada. Grupo Editorial Siete, S.A. de C.V. México, 1994)

miércoles, 25 de marzo de 2020

Félix Díaz

Nació en Oaxaca, Oax., en 1868; murió en el puerto de Veracruz en 1945. Hijo del militar del mismo nombre, se graduó de ingeniero en el Colegio Militar (1888). Fue diputado federal, cónsul general en Chile, jefe del Estado Mayor Presidencial, jefe de la policía del Distrito Federal, gobernador de su Estado (del 1° de mayo al 3 de junio de 1910) y senador de la República. Siendo ya general en 1912, se dio de baja en el Ejército y el 16 de octubre de ese año se levantó en armas en Veracruz. El gobierno movilizó una fuerza que recuperó el puerto y tomó prisionero a Díaz (día 23). Sometido a un consejo de guerra, se le condenó a muerte, pero el presidente Madero le conmutó esa pena por la reclusión perpetua ven la Penitenciaría de México. Sin embargo, el 9 de febrero de 1913, al inicio de la Decena Trágica, las fuerzas sublevadas de Mondragón y Ruiz lo pusieron en libertad y asumió la jefatura del movimiento. El día 18, una vez hechos prisioneros Madero y Pino Suárez, el embajador norteamericano Henry Lane Wilson lo reunió con el general Victoriano Huerta, comandante militar de la plaza, y ambos firmaron el Pacto de la embajada, por el cual se daban por concluidas las hostilidades, Huerta asumía el poder y Díaz lanzaría su candidatura a la Presidencia; sin embargo, en septiembre se le nombró embajador en el Japón, con lo cual quedó inhabilitado para las elecciones, ya convocadas para fines de octubre. A su regreso al país se sintió hostilizado por el usurpador y se exilió en La Habana y Nueva York. Reapareció el 15 de mayo de 1916 en Oaxaca, donde se puso al frente del Ejército Reorganizador Nacional; fue derrotado por los constitucionalistas en Yucucundo (junio) y Tlacolula (julio) y al fin se marchó a Chiapas y Veracruz; en el camino aprehendió y fusiló a Alfonso Santibáñez, el asesino de Jesús Carranza; y se mantuvo alzado hasta 1920. Desterrado, estuvo en el exilio hasta 1937, en que volvió para radicarse en Veracruz.

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S.A. México, D.F. 1977, volumen III, Colima-Familia)

lunes, 23 de marzo de 2020

Leyenda de la calle del Tompeate


La calle del Tompeate


[Juan de Dios Peza, 1852-1910]

I

Don Antonio Casa Abad
nació en Castilla la Vieja
en heredad vasta y propia
con grandes trabajos hecha.

Y sabiendo que las Indias
lugar de ganancias era,
se vino a la Nueva España
en pos de ricas empresas.

Muchos a mal le tuvieron
tan aventurada idea,
más él buscó sin temores
otra gente y otra tierra.

Ya en México radicado,
abrió magnífica tienda,
que fue en la calle del Águila
la más grande y la primera.

Buen cristiano don Antonio
y de relevantes prendas,
con caritativa mano
siempre alivió la miseria.

Y era de verse acoplados
los sábados, en sus puertas,
más de cien pobres que siempre
calmaron sus hondas penas.

Amigos del castellano,
dueños de sus confidencias
fueron tres paisanos suyos
cuyos nombres se conservan.

Muñetón era el más joven,
Duñeto el de edad provecta
y López el que cruzaba
muy cerca de los cuarenta.

Costumbre no interrumpida
en ellos, y muy añeja,
era quedar cada noche,
cuando cerraban la tienda,

con el dueño conversando
en derredor de una mesa
y jugando a la malilla
pasarse las horas muertas.

Cada cual manifestaba
sobre distintas materias
su parecer, respetando
las opiniones ajenas;

y así del gobierno hablaban
lo mismo que de la Iglesia,
cortando al Rey y al Obispo
con unas mismas tijeras.

Casa Abad era un buen hombre
y no concibió sospechas
de que sus tres compañeros
eran malos como hienas.

Cada noche al despedirse,
ellos sin grandes reservas
de su dolo y su perfidia
daban con sus frases pruebas.

--Di, Muñetón, ¿si el tesoro
de Casa Abad lo tuvieras?...
--Calla; entonces no estaría
vendiendo sal y pimienta.
-Mucho dinero escondido
ha de tener este hortera.
-Y que no le sirve a nadie
porque es hijo de las hierbas.
-Tendrá en Castilla familia.
--La de las malvas, babieca,
¿no ves que nadie lo busca
ni le escriben una letra?
---Pues si de un instante a otro
don Antonio se muriera...
-Entre curas y alguaciles
se disputarán la herencia.
-No le hace falta a ninguno.
-¡Vamos hombre! ¡ni a las piedras!
-Y no pierde en la malilla
ya lo véis, ni una peseta.
-Ni nos da un trago de vino.
-Ni un bollo.
-Ni una ciruela.
-Es mentecato.
-Y avaro.
-Y usurero...
-Y yo quisiera...
-¿Qué cosa? dilo sin miedo.
-Es grave.
-Mueve la lengua.
-Pero después...
-No vaciles.
-Y si al fin...
-Larga la prenda.
-Pues bien, dijo López, quiero,
si tenéis valor...
-Y a prueba
de golpes muy repetidos.
-Es cosa de gran reserva.
-No sigas con más ambajes.
-Hombre, al decirlo me tiembla
el corazón, ¿seréis mudo?
-De igual modo que las piedras.
--Vamos sin ningún escrúpulo
en alguna noche de éstas,
torciéndole a Antonio el cuello
¡y a ser ricos por su cuenta!
-¡Hombre!
-¿Qué dices?
-Es chanza
y tembláis como unas hembras.
--La cosa no es para menos;
pero en fin, si bien se piensa.
-No le sirve a Dios ni al Diablo.
-Es la verdad.
-No remedia
el hambre de ningún pobre
ni ampara viudas y huérfanas.
-Y el pan que reparte...
-Es duro, 
capaz de romper las muelas.
-¿Y el dinero?
--El que da es falso,
pues de no ser no lo diera.
-Si no hace falta, ni sirve,
ni deudos que sufran deja,
podremos torcerle el cuello.
-Y aún cortarle la cabeza.
-Hay que no dejar que corra
el tiempo; en tales empresas
lo mejor es lo más pronto
y el retardo caro cuesta.
-¿Mañana?
-Si se pudiere...
-Bien, pues guardemos reserva
y a dormir, pronto seremos
dueños de muchas tabletas.
-Discreción.
-No hay que encargarla,
qué en ocasiones como ésta
bien puede decirse, amigos:
¡la vida guarda la lengua!

Y los tres se despidieron
tomando distintas sendas
y pintando en sus semblantes
sus intenciones siniestras.

II

Muchas gentes que acudieron
a la compra en la mañana,
volviéronse sorprendidas
de no hallar lo que buscaban.

Jamás en los muchos años
que acreditaron su fama,
le dio a nadie en tales horas
con las puertas en la cara.

Absortas de la clausura
las gentes se preguntaban:
-"¿Don Antonio estará en quiebra?
¿Estará enfermo? ¿Qué pasa?"

Y no faltaron curiosos
que por inquirir la causa
de tan extraño suceso
de allí no se separaran.

Por fin logró la noticia
llegar a regiones altas
y los guardianes del orden
tomaron en ello cartas.

Para abrir aquellas puertas
les fue preciso forzarlas,
poniendo un dique a la plebe
con buen número de guardias.

Al crujir los duros goznes
que un quejido remedaban
reflejóse en los semblantes
curiosidad, miedo y ansia.

Y en un instante surgieron
con esplendores de llama,
de los espantados ojos
indagadoras miradas.

Alguaciles y corchetes
penetraron en la casa
hallando en el pavimento
un charco de sangre humana.

Escondrijos y rincones
exploraron sin tardanza
hasta quedar cerciorados
de que nadie oculto estaba.

Y después de las pesquisas
en tal caso necesarias
y de mil consultas hechas
con misterio y en voz baja,

del ensangrentado piso
alzaron las toscas tablas
manifestando en sus rostros
la sorpresa más extraña;

como que en el negro fondo
entre el rango y entre el agua,
de un cuerpo humano esparcidos
los yertos miembros estaban.

Tan espantosa noticia
por la ciudad cundió rápida
que para todo lo triste
los heraldos tienen alas.

Del mutilado cadáver
en tan espaciosa estancia,
no sé encontró la cabeza
por más que fue bien buscada.

Y fueron vanos intentos
encontrar cual se anhelaba
a los que el pueblo supuso
autores de tal infamia.

Dice una crónica antigua
que un rapaz una mañana
por las calles de Mesones
vio en la acequia que la traza,

flotar un bulto pendiente
de una cuerda muy delgada,
y que lo sacó, seguro
de que algo bueno encerraba.

Era una cesta flexible
de esas tejidas de palma
cuyo nombre se deriva
de la lengua mexicana.

Cuando la tuvo en las manos
y la desató con ansia
con inexplicable susto
halló una cabeza humana.

Un curioso acudió a verla
y dijo aquestas palabras:
"Esa es la de don Antonio
el de la calle del Águila".

III

Pronto logró la justicia,
que trabajó con gran celo,
aprisionar en sus redes
a los principales reos.

Pronto a la cárcel de corte
Muñetón y López fueron,
librándose por milagro
de la indignación del pueblo.

El otro marchó a esconderse
en el hermoso convento
que fue con los Carmelitas
Oasis en el Desierto.

No faltó quién descubriera
al alcalde este secreto
y a sacarlo de aquel claustro
marcharon con grande empeño.

Y cuentan las tradiciones
que cuando entraron a verlo
y supo que lo buscaban
para conducirlo a México,

se abrazó de una columna
con tanta fuerza y denuedo
que apartarlo de aquel sitio
ni entre muchos consiguieron.

Entonces los religiosos 
con lágrimas y con ruegos
y considerando el caso
como un extraño portento,

negáronse a que saliera
de aquél recinto, diciendo
que estaba en lugar sagrado
donde lo amparaba el cielo.

Atendiendo a estas razones
logró salvarse Duñeto
sentenciándolo a que nunca
dejara el claustro ni el templo.

Para Muñetón y López 
de salvación no hubo medio
y ahorcáronlos en la plaza
con satisfacción del pueblo.

Con hopa y capuchas negras
al patíbulo subieron,
quedando a vista de todos
hasta que el sol se hubo puesto.

Y agregan los narradores
de tan horribles sucesos
que nunca la rica tienda
se volvió a abrir al comercio.

Y que entre muchas consejas
hubo en tan remotos tiempos
la de que ambos asesinos
de la noche en el silencio

rondaban, andando en pena,
el lugar triste y siniestro
donde por artes del diablo
un gran crimen cometieron.

Y que rumbo a Cuajimalpa
iban en pos del convento,
para presentarse juntos
a su antiguo compañero.

Y así lo dice la fama
y así al lector se lo cuento,
diciéndole como siempre:
"Ni lo afirmo, ni lo niego".

(Tomado de: Peza, Juan de Dios – Leyendas históricas, tradicionales y fantásticas de las calles de la Ciudad de México. Prólogo de Isabel Quiñonez. Editorial Porrúa, S.A. Colección “Sepan cuantos…”, #557, México, D.F., 2006)

viernes, 20 de marzo de 2020

José Vasconcelos, el Negrito poeta

(Anónimo - Cuadro de castas: De español y negra, nace mulata)

El pionero indiscutible del humorismo popular en México, aparece en el siglo XVIII en la persona de José Vasconcelos, "El Negrito Poeta", improvisador inigualable y personaje cuyo pintoresquismo y popularidad no han sido superados hasta la fecha.
"El Negrito Poeta" se desenvolvió en una época y en un medio social adversos a toda liberalidad del intelecto, ya que la Santa Inquisición era dueña absoluta de mentes y de cuerpos, y las audacias del pensamiento se frenaban con escarmientos las más de las veces mortales. José Vasconcelos, sin embargo, logró burlar con su ingenio las barreras que la censura eclesiástica ponía a su paso.
Debido a ello varios ensotanados, heridos en su autoridad por el desenfado del versificador y celosos de su ingenio y popularidad, trataban a toda costa de ponerlo en manos del terrible organismo encargado de la represión espiritual.
Este era el caso de un fraile dominico, enemigo gratuito del poeta, que en cierta ocasión le espetó, frente a numerosos testigos, el siguiente pie:

"Jesucristo en una mierda..."

Otro se hubiera santiguado ante la blasfemia. "El Negrito Poeta" salió airoso del innoble ardid con este desplante:

A proposición tan lerda
sólo acierto a replicar:
Jesucristo en una mierda...
de boca te ha de clavar.

Durante una procesión en honor de Santo Domingo, el mismo cuervo eclesiástico de le acercó a importunarlo con su malignidad. Esta vez le sugirió al oído:

Santo Domingo es un perro...

El improvisador completó el pie así:

En esta opinión no hay yerro,
ha visto usted bien mirado,
pues lo que tiene a su lado
Santo Domingo, es un perro.

En esta forma, largando pie tras pie al paso del ingenioso rebelde, los ensotanados no perdían la esperanza de hacerlo al fin tropezar:
Pie:

Renegar de Dios es bueno...

Poeta:

Azotes, mordaza y freno
tiene nuestra santa fe,
para quien dijere que
renegar de Dios es bueno.

Pie:

Dios en la punta de un cuerno...

Poeta:

Con su saber sin segundo
y su poder sempiterno,
bien pudo formar el mundo,
Dios, en la punta de un cuerno.

Pero en cierta ocasión, sin necesidad del acicate de los frailes, el incorregible versificador compuso ante una imagen de la Virgen y en presencia de testigos, la siguiente cuarteta:

A ésta lo que más le abona
es el haber concebido
sin saberlo su marido
y por tercera persona.

Tales conceptos le redituaron el comparecer ante las autoridades eclesiásticas, que lo conminaron a repetir los versos blasfemos. El poeta, que ya los había olvidado, improvisó estos otros:

Aunque a ese niño ha parido,
siempre Virgen ha quedado;
fue por milagro engendrado,
no por obra de marido.

Mas no sólo con curas lidió "El Negrito Poeta". Gente de todas las clases sociales, atraída por su fama de improvisador genial, se atropellaba por importunarlo. Así, a una vieja pordiosera que en son de burla le pedía un par de medias viejas, le contestó:

¡Pobre de tí que te quejas
a mí, para tu remedio!
Que te partan por en medio
y tendrás "dos medias viejas".

Un día, en presencia del Virrey, el poeta Juan de Mena le pidió un consonante a porque"El Negrito" improvisó de inmediato:

Pido a Vuecencia me ahorque
y me cuelgue de una almena,
si el poeta Juan de Mena
da otro consonante a porque.

Francisco Sandoval, un ricachón que gustaba de escuchar al "Negrito", lo retó cierta vez a encontrar un consonante a Cristóbal, ofreciéndole un puñado de monedas si lo conseguía. Naturalmente, las monedas fueron a parar a los bolsillos del improvisador:

Pues usted, señor Sandóval
(Sandoval quise decir),
me da, sin más lejos ir,
un consonante a Cristóbal.

A un boticario que le tendía un peso a cambio de que completara este pie: "Los cabellos penden de...", le dijo:


Ese peso lo gané, 
si mi saber no se esconde:
Quítese usted, no sea que
una viga caiga, y donde
los cabellos penden, dé.

Una pispireta trató de burlarse de su raída capa de terciopelo, diciéndole:


¡Adiós, negrito poeta
vestido de tafetán,
taralan, tan, tan!

A lo que el aludido, furibundo, replicó:


Cuando nuestro padre Adán
se comió la primera fruta,
ya te tenía por puta
y amante del capitán,
taralan, tan tán.

Un pedante quiso humillarlo con este comentario:

De médico, poeta y loco...

"El Negrito Poeta", sonriente, le espetó:

Acaba el verso, animal;
di, para que sea cabal,
todos tenemos un poco.


(Tomado de: Elmer Homero (Rodolfo Coronado) – El despiporre intelectual (Antología de lo impublicable). Colección El Papalote, #6. Editores Asociados, S. A. México, D.F., 1974)