martes, 2 de abril de 2019

La soledad y Filomeno Mata


Un nuevo recluso ha aparecido en la crujía “I”. Se trata de un reo voluntario, cuya estatura y volumen le permiten evadirse del penal cuando le viene en gana. Huidizo, lo mismo tierno que agresivo, perezoso, aunque con raptos de increíble actividad, representa una incógnita: ¿es orgulloso, por seguridad en sí mismo, o vive acobardado, cautivo de su propio miedo?

Afecto a los rincones, misterioso como si cargara culpas ajenas, el nuevo compañero, un gato de pelaje pardo, ha dividido a la crujía en dos grandes bandos.

Cuando desciende el atardecer sobre la cárcel y el sol retira la última sensación de libertad, no se sabe dónde termina su cuerpo y empiezan los muros grises del edificio. El animal parece fundirse con todas las tragedias y despierta emociones y recuerdos ya lejanos.

“Veo a mi hermana Lucha hacer los dulces de leche a los gatos que había en casa de nuestros padres y reprenderme, furiosa, cuando pretendía probar algunos de sus platillos:

-¡Igualado! -me gritaba-, ¿qué no ves que es para Napoleón?

En la crujía “I” represento a los partidarios del nuevo compañero. He de enfrentarme sobre todo a don Juan Camacho, don Juanajo, mote de un andaluz que vende billetes de lotería y aborrece al felino con pasión enfermiza, como si viera en él a una rata siempre en acecho. Una vez, de broma, le dije que su odio por los gatos era comparable al del hombre honrado por su calumniador y muy serio me respondió:

-No se burle, pintor, que es cierto.

De niño los mataba por centenares. Ahogan a los recién nacidos y a los de buen tamaño los perseguía con una rama de olivo y los golpeaba hasta pulverizarles la columna vertebral. Tampoco olvida cuando tomó un gatito vivo y sepultó sus patas en gruesa capa semifraguada de cemento y esperó pacientemente hasta que el material endureció como roca. Después, a lo largo de dos días y dos noches, presenció la muerte lenta, la agonía absurda.

Lugarteniente de Juanajo es don Filomeno Mata. Jamás ha golpeado a los gatos, pero piensa que son un símbolo de mala suerte, animales despreciables que no saben de la gratitud, sucios, morbosos, con la misma extrema perversidad del traidor.

De nada sirve que le hable a él, admirador de Italia a un grado tal que se casó con una bella romana, del amor que despiertan en su segunda patria. Le pido que recuerde los millones de gatos de Venecia, protegidos por sus habitantes como dioses, dueños de la ciudad a la que salvaron de la peste bubónica, según se cuenta, acabando con las ratas que la asolaban.

Nuestra crujía vive en guerra. Los pocos momentos en que nos encontramos todos juntos, discutimos sobre el felino. Don Juanajo, naturalmente, propone su sacrificio. Yo me opongo. Algunos me secundan. Otros, como Filomeno Mata, guardan silencio, pero ven con ojos afectuosos al vendedor de lotería.

Una tarde en que el galerón de hierro y concreto que nos sirve de casa se encontraba prácticamente vacío, vi al señor Mata aproximarse al animal, que tomaba el sol con la despreocupación del hastío, de la plena satisfacción o de la inconsciencia. Nuestros compañeros estaban en el campo deportivo, unos, otros en el teatro. ¿Qué iría a pasar? Esperaba un puntapié y un aullido. Pero no. Don Filomeno se inclinó y con la mayor ternura empezó a acariciar al gato.

Sorprendido -y creo que hasta alegre- le grité:

-Muy bien, don Filomeno, ¿con que como en la película de anoche, verdad?: “Te odio, amor mío”.

Pero él levantó la cara hacia mí y con voz que desearía no haber escuchado, pues era la palabra en alas del propio desamparo, de una desnudez espiritual que ya ni siquiera se disfraza, me contestó:

-Es la soledad, David. Acariciaría a las piedras, si tuvieran movimiento.”

(Tomado de: Scherer García, Julio - Siqueiros, la piel y la entraña. Promotora de ediciones y publicaciones, S. A. México, D. F., 1974)

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