lunes, 29 de abril de 2019

Ángela Peralta


Henriette Sonntag, famosa coloratura alemana contratada por el Teatro Nacional de México para la temporada de ópera, estaba fatigada de los empalagosos homenajes que le rendía la sociedad capitalina de mediados del siglo XIX. Tenía además que soportar interminables demostraciones de talento musical de cuanta aristocrática señorita que estudiaba canto, y cuando el director de ópera Agustín Balderas le pidió que escuchara a su discípula de 9 años de edad, la prima donna exhaló un suspiro de desaliento antes de aceptar.

Cuando vio aparecer a la chiquilla en la sala de su residencia, quedó aturdida por la sorpresa. Pobremente vestida, chaparra y regordeta, de piernas flacas y torcidas, la niña tenía la cara ancha, el cutis de un prieto amarillento, la nariz chata y roma y una boca enorme. Lo más desagradable eran sus ojos, saltones y estrábicos. Acentuada la torpeza de sus movimientos por el miedo a la admirada cantante, saludó con grotesca falta de gracia y sin más preámbulos se puso a cantar la Cavatina de la ópera Belisario.

La diva cambió de expresión al percibir el timbre de increíble dulzura y la voz potente que la garganta modulaba con asombrosa flexibilidad. Desbordante de entusiasmo, en cuanto la niña hubo terminado, quiso probar las posibilidades de una voz que alcanzaba sin esfuerzos el do natural y que, en cuanto a puntos superiores flauteados, parecía no tener fin; trazó un pentagrama, inscribió en él algunos ejercicios con saltos que sólo ella dominaba y los puso en manos de su visitante. Ésta los estudió un momento y en seguida atacó y sorteó fácilmente todas las dificultades.

-¿Cómo te llamas, maravilla? -preguntó Henriette Sonntag.

-Ángela Peralta…

-Si te llevaran a Italia, llegarias a ser una de las cantantes más grandes de Europa.

Oírla sin verla

Poco se sabe de la vida de Ángela Peralta en los años anteriores a su encuentro con Henriette Sonntag. Era de condición evidentemente humilde y se asegura que trabajó de criada en Puebla. lo cierto es que llegó a ser una excelente soprano ligera, y que tenía 15 años cuando debutó en el Teatro Nacional de la ciudad de México, cantando el papel de Leonora en el Trovador de Verdi.

Meses más tarde viajó a Italia con el propósito de estudiar. De paso por Cádiz, la crítica española le tributó grandes elogios y le dio el título de “El ruiseñor mexicano”, que habría de ostentar toda su vida. La Peralta estudió en Milán, donde su maestro exclamaba entusiasmado: -¡Angelical de voz y de nombre! -y debutó en el teatro de la Scala de esa ciudad a los 18 años, el 13 de mayo de 1862, con Lucía de Lammernoor de Donizetti. En su siguiente actuación en Turín, en la que sería su gran creación, Sonámbula, de Bellini, deslumbró materialmente al público. Los contratos menudearon y la Peralta emprendió una gira por Piacenza, Alejandría, Reggio, Pisa, nuevamente Turín, Piamonte, Bérgamo, Cremona, Colonia, Lisboa. Muy pronto pudo jactarse de haber cantado en todas las grandes salas europeas y con los mejores tenores de su tiempo. Su interpretación de Los Puritanos de Bellini le valió una medalla de la Sociedad Filarmónica de Bolonia. En esa época, en la que no abundaban en la ópera los grandes actores, no era tan notoria como lo sería ahora su falta de gracia escénica. Su mímica exagerada rayaba a veces en lo grotesco y no había relación alguna entre la belleza de su voz y la fealdad de su apariencia. Pero era tal su magnetismo que el público, conquistado, se levantaba al terminar cada función para aplaudir gritando a coro: ¡Ángela!¡Ángela!

Fuera del escenario se sentía sola y desvalida. Pero aprendió a desenvolverse en medio de musicófilos parlanchines, perdió la timidez y se transformó pronto en una mujer capaz de ir contra viento y marea.

El regreso a México

Entre tanto, las noticias de sus triunfos conmovían a la patria. Una de las anécdotas que corrían sobre la Peralta se refiere a la gran soprano Adelina Patti, mujer hermosísima, quien se mostraba indiferente y altiva frente a la mexicana. Invitada a cantar, la Patti quiso demostrar su superioridad e hizo prodigios. Al terminar su aria, dijo en voz baja a la Peralta: -Así cantamos en Italia.

Ángela logró que también la invitaran al estrado. Cantó entonces, como pocas veces volvería a hacerlo, la aria de Sonámbula, hechizando a toda los asistentes, que acudieron en masa a felicitarla. La oyeron susurrar a su competidora: -Así cantamos en México -y cuentan que uno de los violinistas gritó: -¡Así se canta en la gloria!

La anécdota, aunque de dudosa veracidad, muestra la simpatía con que veían en México a la Peralta, simpatía gratuita y nacionalista incubada durante los 5 años que duró su ausencia. La cantante tenía 20 años cuando regresó al Teatro Nacional por gestiones que hizo el emperador Maximiliano.

La recibieron tumultuosamente. La muchedumbre desenganchó los caballos de la carroza que la transportaba y tiró del vehículo entre gritos de bienvenida y lluvia de flores. Ángela quiso reaparecer en su papel preferido, la Amina de Sonámbula, y el público le tributó delirantes ovaciones. Durante uno de los entreactos se leyó una carta de Maximiliano, quien la nombraba Cantarina de Cámara de la casa imperial y le enviaba, como regalo especialísimo, un aderezo de brillantes. (En el momento en que la fuerza del emperador declinaba, este gesto despertó comentarios adversos y hasta el ataque periodístico de Ignacio Manuel Altamirano; pero la diva jamás perdió popularidad entre el pueblo.)

Los mejores años

Ángela hizo una gira por todo el país y 2 años más tarde partió de nuevo al extranjero. En 1866, a los 22 años de edad, casó con su primo Eugenio Castera. Al año siguiente debutó en la Ópera de la Habana, donde recibió las primeras críticas adversas por sus limitaciones como actriz. Actuó luego en Nueva York, Módena, Brescia y Florencia. Como todas sus colegas de la época, pasó también, entre 1869 y 1870, por las prestigiadas compañías de opereta y zarzuela de Madrid.

Por aquellos días, la bohemia internacional comentaban en los cafés el mal trato que Eugenio Castera daba a la Peralta. Los compañeros de zarzuela se dieron cuenta muy pronto de que la salud mental de Castera distaba mucho de ser perfecta; poco después, éste tuvo crisis que preocuparon a los doctores, y llegó a empeorar en tal forma que Ángela se vio obligada a regresar a México tras declinar una invitación para cantar en la Ópera de Moscú y en la de San Petersburgo.

El público mexicano la recibió con el fervor de siempre. Esta vez, la soprano incluyó en sus temporadas algunas óperas nacionales, como el Guatimotzin, de Aniceto Ortega, que cantó en compañía de Enrico de Tamberlick, uno de los grandes tenores de su tiempo. Los triunfos de taquilla señalaban que la cantante estaba en su apogeo. Consciente de ello, integró su propia compañía y recorrió todo el país. Pero Eugenio Castera empeoró en tal forma que Ángela decidió retirarse temporalmente para cuidarlo. Con los años y los médicos se esfumaron sus bienes.

El “asesinato” de Ruy Blas

En 1876, a los 32 años, reapareció con una larga serie de óperas. En 4 abonos se pusieron 27 obras diferentes. Poco a poco, la opinión pública comenzó a cambiar. Se comentaban con sarcasmo las intimidades de Ángela con el licenciado Julián Montiel Duarte; los periódicos propagaban noticias malévolas sobre su vida privada; los antimaximilianistas no perdían ocasión de atacarla. En 1877 murió Eugenio Castera en una casa de salud.

Tres años después Ángela reorganizó su compañía. La situación era difícil y tuvo que contratar a cantantes baratos. Ella misma no era más que una sombra de lo que fue. El público se sintió defraudado y su reacción fue violenta. Durante la función de Aída, la mayoría de los espectadores sisearon y un crítico señaló: “Fue un fracaso de lo más extraordinario y colosal que recordamos”. A propósito del Ruy Blas de Marchetti, las crónicas no pudieron ser más crueles: “A las 8 de la noche del viernes de la última semana -comentaban- fue asesinado en el Teatro Nacional, con premeditación y ventaja, un extranjero que según algunos testigos se llamaba Ruy Blas. Fue imposible identificarlo por lo desfigurado del cadáver”. La temporada se suspendió con el pretexto de una enfermedad del director. Esto era el resultado de una carrera conducida con gran imprudencia. Se sabe que Ángela cantó 166 veces Lucía, 166 Los puritanos y 122 Sonámbula. Fue desenfrenada la forma en que explotó su garganta, gastada prematuramente.

La fiebre amarilla

Las relaciones de Ángela Peralta con el licenciado Montiel y Duarte se hicieron públicas y ambos organizaron giras por la provincia, donde la cantante fue recibida con cordialidad. A excepción de un evento oficial en el que se vio comprometida a participar por el año de 1882, la soprano nunca más volvió a cantar en la ciudad de México.

Sus últimos años fueron tristes. Cosechó pequeños triunfos en las ciudades del interior, pero una ceguera progresiva entorpecía su actuación sobre los escenarios; su amante le daba malos tratos, y su situación económica empeoró en tal forma que tuvo que regresar a México para vender sus casas hipotecadas y sus alhajas, entre ellas el aderezo que le diera Maximiliano.

En Mazatlán, cuando los carteles anunciaban el Trovador y la diva en decadencia recibía manifestaciones de cariño que alegraron sus días difíciles, la peste amarilla hizo estragos entre la compañía: en unos cuantos días sólo quedaron 6 de los 80 miembros. El 25 de agosto de 1883 ocurrió primero la muerte del tenor y, casi inmediatamente, la de Ángela Peralta.

Poco antes de morir, ella se había casado con el licenciado Montiel y Duarte; nunca se supo si este matrimonio se efectuó por mutuo deseo o por un posible interés, por parte del desposado, de heredar los bienes materiales de la compañía. El Semanario Independiente de Mazatlán relataba: “Uno de los artistas sostenía a doña Ángela por la espalda. En el momento en que el juez hizo la pregunta sacramental: -¿Acepta a este hombre por esposo? -el compañero de la enferma le movió la cabeza en señal afirmativa. La cantante prácticamente ya estaba muerta y tengo la seguridad de que no se enteró de la importancia del acto…” La Peralta tenía 38 años de edad.

Su deceso causó consternación. Los periódicos recordaron su admirable trayectoria y se declaró duelo nacional. Se olvidaron sus yerros políticos y los fracasos de los últimos años; el balance final era bueno y México saludaba a una artista que tan dignamente lo había representado con su voz.

(Tomado de: Flores, Ernesto - Ángela Peralta, el ruiseñor feo. Contenido ¡Extra! Mujeres que dejaron huella, segundo tomo. Editorial Contenido, S.A. de C.V. Mexico, D.F., 1998)


2 comentarios:

  1. UNA MARAVILLA LA VIDA DE ESTA SOPRANO Y UNA VOZ DESLUMBRANTE --PECADO QUE MURIO JOVEN Y CON LA FIEBRE AMARILLA--ME IMPRESIONO SU MARAVILLOSA VIDA Y SU HERMOSA VOZ

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    1. Una artista que asombró al mundo con el prodigio de su voz. Saludos cordiales.

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