martes, 16 de octubre de 2018

Terremoto en la ciudad de México, 1840

Terremoto en la ciudad de México

(Grabado: José Guadalupe Posada)


Ayer comimos en Tacubaya, donde la familia Cortina, especialmente las mujeres, se encuentran en un estado de gran ansiedad.

Acababa yo de escribir estas palabras cuando con tremenda sorpresa, empecé a sentir como si me jalaran para arriba y para abajo, junto con la silla y la mesa. De improviso, todo comenzó a moverse; el cuarto, las paredes y aun el suelo se balanceaba como las olas del mar. Me creí, al principio, víctima de un vértigo, pero casi en el acto me vino a las mientes que se trataba de un terremoto. Todos corrimos, o más bien haciendo eses, alcanzamos a llegar al corredor, donde los criados, arrodillados, rezaban y persignábanse con una celeridad nunca vista. Duró el temblor cerca de un minuto y medio, y creo que no causó más perjuicio que el susto consiguiente y cuarteaduras en las paredes viejas.


Mientras duraba el temblor, todo México se arrodilló; hasta los pobres dementes de San Hipólito, en donde se encontraba Alex de visita en compañía del Señor … Desde ese momento tengo la sensación de mareo. Se espera que se repita el temblor dentro de veinticuatro horas. ¡Qué horroroso debe ser un gran terremoto! Qué horrible es sentir que se mueve la tierra firme y que nuestra confianza en su estabilidad se desvanece, y pensar que los elementos de destrucción que se agitan bajo nuestros pies son aún más veloces y poderosos para destruir que los que están por encima de nosotros.


Todavía me río cuando recuerdo la cara que puso un pobre y joven dependiente que acababa de entrar a la casa con un paquete de cartas para Calderón. Este no se arrodilló, optó por sentarse en los peldaños de la escalera, tan pálido como la muerte, y parecía tener “cara de crema” como el criado de Macbeth, y en terminando el temblor se encontraba el muchacho tan mareado, que sin decir esta boca es mía tomó las de Villadiego para llegar a tiempo a la calle. La guacamaya, lanzando un chillido desgarrador, voló de su percha, y ejecutando un vuelo en zigzag en el aire, fue a caer en las agitadas aguas de la fuente del patio.


(Tomado de: Madame Calderón de la Barca – La vida en México)

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